Reunión de antiguos alumnos o la muerte en vida

Suele aparecer a partir de una determinada edad asociada a niños demandando su ración de leche a la hora de las copas, trabajos que te secan y aportan más bien poco (en todo caso restan) y ciertos ruidos que acompañan a cualquier movimiento del cuerpo y que suponen una variación en nuestro centro gravitacional que no sea estar tumbados: la nostalgia.

Y es que en esos momentos en los que estamos frágiles, simples barcos de arroz a la deriva, se nos ocurre que no habría mejor manera que pasar un sábado rememorando viejos tiempos con tus antiguos compañeros del colegio, aquellos que hace 25 o 30 años eran niños y niñas con las rodillas llenas de heridas y el pelo como los campos de Castilla. Y llegas al punto de encuentro con una sonrisa forzada y saludas uno a uno a esos extraños que se parecen sólo remotamente a tus recuerdos: Rafita, que apenas puede articular palabra a causa de un terrible accidente en coche, pero que abre los ojos en dirección a todas partes; Belén, una señora mayor de derechas con tres hijos, propietaria de un despacho de abogados y que ocupaba tus fantasías más húmedas; Nacho, igual de guapo, aunque lleno de pliegues por toda la cara por una simple cuestión genética; Noemí, la monja; Pedro, el deportista que ahora pesa lo mismo que un marrano de cebo y devora los torreznos que nos sirven de pincho; Miguel, calvo; Fernando, millonario y putero… Y es horrible, una muerte en vida que se torna en pesadilla cuando uno, que se creía en plena forma, mejor que nunca, con su canitas pero hecho un chaval, sufre el mismo escrutinio a ojos de los demás. Pues la verdad es que parecía más joven en la foto, mírale, si se viste como un futbolista del Atleti, ¿quién se habrá creído para cortarse el pelo como mi hijo pequeño, una estrella de Hollywood?, le recordaba más alto, hmm, mala piel…

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Adiós, cuidaos mucho. Cada uno vuelve a casa con la sensación de que en algo nos debimos de equivocar porque no somos aquello que queríamos ser aquella tarde en la que las niñas jugaban a la goma bajo la sombra del castaño y los niños creían ser reyes en sus ramas. Por eso uno debe volver al pasado única y exclusivamente con su cabeza, esa fiel y traicionera compañera que nos hace creer que quizás, solo quizás, lo mejor de nuestra vida esté por venir y que nunca, nunca en la vida debemos asistir a una reunión de antiguos alumnos porque todos estamos muertos.

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