La ansiedad que provocan los regalos

Todos los putos años la Navidad vuelve a nuestros hogares…en realidad, ¡ojalá fuera una vez al año!, pero claro, también se te junta con los santos, los cumpleaños de tus hermanos, el aniversario de papá y mamá, la boda de de ese primo segundo del que no recuerdas ni su cara, con el jodido amigo invisible, la lotería de Casa Paco, la del hospital y las participaciones de la oficina (porque claro, ¿como no vas a jugar si puede ser tu pasaporte para mandarlo todo al carajo?), con lo del hijo recién nacido de Pilar y su bautismo la próxima primavera que ya está aquí…

La lista cambia en función de la ocasión pero la ansiedad que te recorre el cuerpo es siempre la misma. Y comienza la rueda de preguntas en tu cabeza:¿y si le regalo el libro de James Rhodes que me gustó tanto?, pero sí no lee…¿y si le compro una bufanda para el invierno en Asos, para así no tener que subir a la tercera planta del Corte Inglés que parece un campo de refugiados ruandés?, mala idea porque tiene el cuello igual de corto que Elsa Pataki…¡pero si es que este chico no necesita nada!, que gana mucho más dinero que yo y el año pasado me invitó a su fiesta sorpresa y quedé fatal con los tres pares de calcetines del Springfield…quizás este año podría buscar por internet qué es lo que está de moda y no coincida con un I-Phone 1000 Euros.

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Y entonces se te ocurre conectarte con la realidad de los otros, esa que va un poco más allá del contorno que dibujan las curvas de tu propio ser y llegas a la conclusión de que hay que ser original en la vida y sorprender al receptor del regalo con, por ejemplo, unas bragas Cocoro fabricadas en un tejido antibacteriano, inodoro, que absorbe la menstruación (¡es real!) o un altavoz de ducha para él (y que se lo ponga donde quiera), o una tostadora-cabeza de Darth Vader, o mejor, ¡una almohada de viaje Evolution muy práctica!… y tu cabeza da vueltas y vueltas hasta que decides que lo mejor sería escribir un poema, unas palabras sentidas y de agradecimiento porque así entregas algo íntimo y personal y sin embargo te bloqueas con la primera consonante. Vamos, la excusa perfecta para no salir a la calle hasta que no vuelva a hacer calor.

Se lo comenté a mi psiquiatra y y todo empeoró cuando me entregó un paquete cuidadosamente envuelto y con un lazo rojo. Feliz Navidad, dijo el muy cabrón…

 

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