Confesiones de un migrante

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Domingo por la mañana. Una familia. Tres generaciones frente a la roja cruz cuyo color no es casual sino que representa la intersección a veces imposible, otras sangrienta, entre los de un lado: niño, hombre, mujer, adolescente y los del otro: perfiles fantasmagóricos, invisibles, que personifican la promesa de una nueva vida que siempre es mejor. Y en estos tiempos que corren, ya es mucho. ¿De qué estarán hablando?¿Es posible que puedan entenderse si unos pisan suelo mejicano y otros están dentro del “muro de influencia” de los Estados Unidos?

El niño introduce su dedos a través de los agujeros de la alambrada con aspecto de puerta, de puente, de falsa esperanza, y percibe el calor de la yema del dedo de su padre, migrante y trabajador ilegal en San Diego. Papá, papá, ¿quién ha construido esto? ¿Por qué no puedo ir a jugar contigo? Y el padre le mira a los ojos y piensa en quién habrá sido el encargado de establecer las fronteras entre los países, de qué dependerá que el mapa y el territorio se extiendan un poco más hacia el oeste, un poco menos hacia el norte. ¿Podrán verse los muros desde el cielo o solamente se trata de invenciones de los mayores? Si la política es la responsable de la toma de decisiones que afectan a los ciudadanos, ¿por qué ésta responde a motivos que nadie alcanza realmente a comprender, que va más allá de cualquier lógica adulta?

Y mientras nosotros les miramos, involuntarios testigos de una escena que se repite en Tracia, en el canal de Sicilia, en el Pas-de-Calais, otros se dan la vuelta y miran hacia otro lado porque es más fácil vivir con los ojos cerrados y la norma ahora es creer que el mundo es un destino y no un origen. Y además no es de todos.

Es por eso que tenemos que imaginarnos que esa misma mañana, el cielo debe de ser azul a pesar de que solo veamos una pequeña porción de pintura de ese color que todavía se resiste a oxidarse, que aguanta las embestidas del sol y la sal, del hambre y las ganas, de las palmas de las manos de millones de personas, de los sueños y el frío.

Hace mucho tiempo el abuelo del abuelo del abuelo del niño de la foto echó a andar y no paró durante días, meses, años. Él solo, con los pies doloridos y los ojos de sus futuros nietos, pudo comprobar que el mundo no se acababa nunca, que allá donde fuera los muros, las vallas y las alambradas se utilizaban para levantar casas y para evitar que el ganado se escapara. El mundo ha cambiado pero el hambre y la necesidad y por supuesto nosotros, seguimos siendo los mismos y no podemos dejar de caminar, caminar un poco más, aunque a nadie parezca importarle y el dinero fluya en total libertad.

 

 

 

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