Lo que tienes que hacer si no tienes objetivos vitales: ordena tu habitación.

No es raro -de hecho es bastante normal- conocer a gente que estando lejos de la adolescencia pero todavía no demasiado cerca de la madurez, entendida ésta como un enorme pozo con forma de pereza, no tiene ni idea de lo que hacer con su vida, que sufren no solo de falta de motivación sino que se levantan por la mañana y ya están deseando que se haga de noche para volver a la cama. Y no se trata de depresión en sus múltiples formas (a pesar de que la propia existencia puede ser muchos días de lo más triste), no. Es otra cosa.

Dado que una parte de lo que nos hace civilizados viene determinada por reglas o principios morales de carácter prohibitivo muy definidos (no matarás galgos, no desearás a la novia de tu mejor amigo, no escupirás a los turistas desde el puente de Segovia, no ahorcarás a tu jefe con el cable del teléfono fijo, etc, etc…) nos encontramos desde muy pequeños con barreras que nos impiden hacer lo que queramos todo el rato y que al mismo tiempo nos facultan para vivir entre seres humanos, y claro, eso sumado al hecho de que tienes que elegir carrera cuando lo único que te interesa es salir y masturbarte pues genera un enorme bloqueo que en bastantes ocasiones se prolonga durante toda una vida.

Por eso desde aquí recomiendo a todos aquellos que se reconocen en lo mencionado anteriormente que empiecen por su cuarto, que ordenen lo que tienen más cerca, armados con Cristasol, una bayeta azul y mucha voluntad, que limpien el polvo acumulado debajo de la cama, porque lo importante no es que esa leonera esté impoluta y ventilada, no, lo que de verdad importa es la distinción entre el caos y el orden, una forma de meditación que nos emparenta directamente con los dioses, y en ese punto de intersección entre los pies de la cama, la horrible lámpara del techo y las paredes de una habitación, podemos tomar conciencia de que hemos hecho un buen trabajo susceptible de ser mejorado, mañana, pasado o al otro, que podemos ir más allá de ese cubículo, ampliar el radio de acción, el ratio social, mirar desde la ventana a las chicas que van a correr al río, derribar tabiques, y ampliar nuestra capacidad para transformar las cosas y a los demás, que son en definitiva, nuestro propio reflejo.

Ahí en ese punto -el proceso es largo pero fructífero- comenzará nuestra transformación, de muebles a personas con conciencia, músculos y huesos provistas de objetivos personales e intransferibles y con una esperanza como la guitarra de Jimi Hendrix.

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