¿Somos más idiotas cuando tenemos el móvil encima?

Toda la música grabada, toda, información científica de primera mano y sin intermediarios, el porno de Amarna, miles de podcast de historia y los de Cuarto Milenio, las últimas novedades en lo que a noticias diarias y actualizadas al segundo se refiere, el fútbol de bolsillo, guías de viaje, la poesía de Nicanor Parra, la librería más grande del mundo en PDF, los vídeos de Jordan Peterson, las entradas de Wikipedia y Dulceida, nuestra vida… todo eso y mucho más concentrado en un pequeño y mágico gesto: desplazando el dedo sobre la pantalla de tu teléfono, accesorio que se ha convertido en los últimos años ( ¿dónde quedaron el perro y el pintalabios?), en el mejor amigo del hombre.

Se acabaron las discusiones por indisponibilidad de datos, las dudas, la mala memoria, la falta de asistencia a clase, ¡au revoir, ignorancia! Ahora poseemos nubes virtuales en lugar de cerebro, nos hacemos vegetarianos y animalistas porque es lo que la sociedad exige, y lo hacemos sin ser substituidos por autómatas, manteniendo intactos el resto de  nuestros miembros humanos, convirtiendo nuestra experiencia académica en un simple rastro que puede ser modificado o ignorado por los nuevos patrones del siglo 21, los dueños del futuro de masas, el nuestro.

Cada día actualizamos la versión de nosotros mismos y nada se nos escapa porque, al estar conectados, el mundo es un lugar menos inhóspito, menos raro. Sin embargo, el hecho de confluir en una realidad digital en la que los que discrepan son eliminados, nos lleva a confusión: ¿son los de la foto, esos que siempre salen envueltos en filtros, tan felices como parecen?, o por el contrario, ¿nos hacen creer que lo son? O en realidad, ¿somos nosotros  los que nos forzamos a creer para formar parte del mundo y así poder enfrentarnos al sombrío día a día con una permanente sonrisa en la cara? Parece que sí, porque tenemos miles de likes y si gustamos a los demás entonces tendremos que gustarnos. Es evidente, nos recuerda Siri.

Y es ahora, en el momento en que determinamos nuestra realidad en relación a la pantalla del móvil de los demás, cuando nuestro bienestar no fluye desde dentro de nosotros sino de todo lo que nos rodea y de las aspiraciones de un mundo antes lejano que ahora duerme en la mesilla de noche, cuando debemos ser plenamente conscientes de que la comparación es la ladrona de nuestra felicidad, de que ser feliz es un estado que se obtiene restándole a la realidad nuestras expectativas y que nunca nació, nace, ni nacerá del fondo de una brillante pantalla… a pesar de que hagamos las cuentas con la calculadora del iPhone.

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