Músicalzheimer

Enrique ocupa siempre el mismo espacio del centro médico en el que vive desde hace seis años; un rincón cerca de la ventana con vistas al bosque. Ahí se sienta durante horas mientras el tiempo y la luz pasan a la misma velocidad con la que se alternan las visitas de sus amigos y familiares, que se despiden con expresión triste de un hombre que hace unos años no paraba quieto y que ahora permanece suspendido, estático, perdido en su propio bosque interior.

Enrique come bien, cierra los ojos y pega su barbilla al pecho, asegurándose de que su corazón sigue latiendo en alguna parte de un cuerpo menguante, de una mente ausente que algunos días envía pequeños mensajes dentro de botellas de frágil cristal. Porque Enrique es así, un hombre valiente… y ya sabe que los valientes pelean contra la oscuridad, contra la fuerza de las mareas y nunca abandonan una lucha de la que ni siquiera son conscientes.

Es la hora. Esperanza, la enfermera que se ocupa de él, le coloca los cascos sobre los oídos y aprieta el Play: 

It begins to tell ‘round midnight, midnight
I do pretty well till after sundown
Supper time I’m feelin’ sad
But it really gets bad ‘round midnight

Probablemente ésta sea una de las canciones más tristes del mundo, y sin embargo él reacciona abriendo los ojos de par en par y esbozando una sonrisa… y canta, canta al unísono con Ella Fitzgerald, y todos los demás enfermos son testigos de que Enrique, el hombre que no reconoce ninguna cara, que olvidó todos los nombres, que no es y sin embargo está en el mundo, demuestra que sigue vivo por dentro. Y ninguno sabe por qué ocurre pero sienten el amor dentro de su pecho y están seguros de que recuerda las noches de verano en su ciudad natal, sus sueños de infancia, el sabor de la comida de su madre, el olor de la ropa limpia colgada en la terraza…

Así es la música, doce notas que se transforman en flores dentro de nuestro cerebro y con la extraña capacidad de poder despertar a los que duermen contra su voluntad, de ponernos contentos aunque sea triste, de entristecernos cuando es mala y de anclarnos durante unos instantes al milagro de la vida: el único lugar donde nada ni nadie puede hacernos daño.

 

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