Me he obligado a que me guste el fútbol

He decidido motu propio y aprovechando que hace un frío del copón y mi corazón se hiela al ritmo con el que el termómetro desciende, que quiero formar parte de esa gran comunidad que cada día de partido detiene el mundo, el suyo que es su realidad, los problemas en el trabajo, la ropa de invierno, la mala salud de unos padres ya mayores, el peso de una existencia que cotiza a la baja pero que podría beneficiarse de una subida del S.M.I., la cotización al alza de sus acciones y la buena marcha de sus restaurantes, cotos de caza, campos de golf y una aerolínea, para sentarse en el palco, en el fondo sur o simplemente frente a la luz fantasmagórica del televisor de casa y emocionarse. Y lo hago no porque me interese el juego de la pelota y los tíos en pantalones cortos (a priori un escenario bastante atractivo y sexualmente estimulante), ni porque a través de un profundo análisis el fútbol sea una representación a pequeña escala (y de pago) de una día a día en el que nunca se sabe que va a ocurrir pero en el que generalmente los pequeños son devorados por los más grandes, sino más bien por la necesidad de entender el mundo como los otros, de encajar en el molde para asimilar la verdad de aquellos que, ¿por qué no iban a entender mejor que yo el devenir de nuestra existencia en el planeta tierra?

En un principio podría parecer un ejercicio absurdo —¿está usted bajo los efectos del cannabis, señor Vidal?—, una simple maniobra con la que llamar la atención de un público lector harto de soportar esta columna semanal, una cuestión de vida o muerte o simplemente el enésimo intento de un hombre a punto de alcanzar los cuarenta y por lo tanto ávido de nuevas experiencias que le proporcionen esas mariposas (ahora muertas) en el estómago, de sentir ese sudor en las manos cuando el 9 sitúa el balón sobre el césped, apoya las manos ligeramente sobre la cintura acompañado de un leve movimiento de cabeza, fija la portería —ese oscuro objeto del deseo— y chuta… o quizás las cinco a las vez o una tomada al azar. Lo dicho, como la vida misma.

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