Poesía para desayunar

Poco a poco, Instagram comienza a abrirse a otras “manifestaciones” que van más allá de la foto retocada del personaje ficticio de turno, la misma que nos genera grima y furia a partes iguales por lo insoportablemente perfecta que parecen sus vidas, reducidas ahora a la pantalla de un móvil, quizás el único lugar donde fingir implica todavía ser relevante. Y después el olvido. Tenemos vídeos de músicos que muestran niveles desorbitados de talento a edades más proclives al acné o las primeras reglas, fotos de Picasso y Gerhard Richter manchándose la cara, extractos de entrevistas a Joan Didion, Noam Chomsky o Jeff Tweedy, por citar a algunos seres humanos cuya elocuencia se manifiesta más allá de sus respectivas actividades laborales… y también hay poesía.

La cuestión es que la poesía más accesible, aupada en el verso libre y muy del gusto de la población (no) lectora ebria de hormonas, ha encontrado su hueco, y eso, que en principio debería ser una buena noticia para el estado de la cultura y el alma, comienza a parecerse a un combate de UFC. A un lado del octógono, la vieja guardia, asentada sobre los hombros ecuménicos de Ezra Pound, Valente o Lorca —por ceñirme a nombres que generan consenso—; al otro, la ligereza millennial de Elvira Sastre, Marwan o Lae Sánchez —por citar el supuesto “mal” que nos acecha— cuyas cifras de ventas superan en su primera edición a toda la obra poética de la generación del 50 y la nueva camada (supuestamente culta). Sosiego, por favor.

Resulta que escribir poesía, o simplemente escribir, es un gesto sencillo cuando se aborda por primera vez. Después puede mutar en monstruo. Lo contrario sucede con la lectura, ya sea en Instagram, Planeta (tapa blanda) o sobre los pasos de cebra. Será el paso del tiempo el único juez capacitado para echar la vista atrás, espantar a los pececillos de plata y dirimir si los versos lúbricos de los stories equivalen a fisgar entre los recuerdos de juventud de nuestros futuros viejos, compuestos exclusivamente de fotos de desayunos ricos en antioxidantes perecederos.

Hasta el fin del mundo

Ocurrió en el paso de cebra de la glorieta de Quevedo, laberinto sin fauno de jóvenes ardientes y representantes de la tercera edad con un futuro aún más exiguo. Un niño, de esos con gafas y pelo aceitoso, caminaba al lado de sus padres —españolitos de aire triste— cuando de pronto, quizás abrumado por la velocidad de la mañana, dejó escapar el globo que sujetaba con la mano buena. El globo ascendió poco a poco sobre su cabeza, dibujando una línea irregular hacia un destino que por primera vez no era las capas más elevadas de la atmósfera, sino el Manzanares o algún páramo plastificado del sur de Madrid. Soplaba viento del norte, claro.

La cuestión es que este gesto en principio inocuo —a juzgar por la reacción de los progenitores que se ofrecieron a comprarle otro— me hizo pensar en lo difícil que va a ser cambiar ciertas pautas de comportamiento en aras del bien global y la conservación de la única casa para 7.000 millones de personas… con la consiguiente merma en el bienestar individual de cada una de ellas.

Y es que la Tierra tiene 4.500 millones de años, la especie humana acaba de cumplir 300.000, han pasado 200 desde la primera chispa de la Revolución Industrial y 3 desde la firma del Protocolo de París, tiempo más que suficiente para que nada cambie y que, tal vez, renunciar a tirar la colilla al suelo, coger la bici, comer zanahorias en lugar de hamburguesas, confiar en las buenas intenciones de políticos y monitores de gimnasio, reciclar, soñar menos y vivir más solo esté al alcance de otras formas de vida, civilizaciones asentadas en las capas más elevadas de la atmósfera, allí donde el globo del niño nunca consiguió llegar.

Hacer las cosas bien cuesta mucho, y quizás la única manera de salvarnos no sea mediante pequeños gestos, sino a través de una desobediencia civil en masa que avive el fuego y por lo tanto el cambio. ¿Revolución? No; sentido común en un mundo sin pulso.

Semen

La palabra semen es un hálito viscoso entre perla y pedrá, sustantivo amargo con tendencia a deslizarse desde la mano al calzoncillo formando un charco con la forma de un copo de nieve visto a través del microscopio. Su consistencia varía dependiendo de la vida del portador y la santísima estalactita de la castidad se transmuta en mosto light a partir del tercer orgasmo, algo al alcance de Antonio y unos pocos más. En cuanto al olor… ¿huele a nubes, a lujuria, a sudor y victoria? Porque no somos lo que comemos, sino más bien aquello a lo que huele este petróleo blanco, chorrazo compuesto por un 10% de espermatozoides, un 30% de secreciones de la próstata y un 60% de… mejor obviarlo.

Mientras sale a jugar, de día y de noche, nadie lo menciona en las comidas, y alguno protesta al no saber que sabe a gelatina marina, que raspa ligeramente la campanilla, tolón, tolón, como si de pronto, el torrente de la vida se resistiera a desaparecer así como así, en las profundidades de un ser humano que procura un placer altruista, esa gota de más sobre un batido.

Que quede bien clarito: tragárselo no depende de que te guste el chico, ni siquiera de si la polla en la que viaja es perfecta, ligeramente curvada o permanece semihundida estando erecta. Simplemente sucede, en el momento y el espacio, dando lugar a una acción bella, única, perezosa después.

Lo reconozco; solo he catado mi esperma por lo que no soy un experto en la materia, pero insto a todos aquellos a los que les de asco o grima que se animen, incluso que prueben a tener un Red Bull en la mesilla, y así pasar el mal trago. Solo en ese momento, frente al crucifijo y entre las sábanas con olor a sexo comprenderán que somos la materialización del espermatozoide que llegó primero… y que el “cream pie” no es una cosa de comer. ¡Abre la boca y di ahhhh, carapolla!

La última foto

La fecha se incluye en el pie de foto: 22 de agosto de 1969. Aquella mañana, un tanto gris con algunos claros de sol entrecortados, los Beatles realizaron su última sesión fotográfica. Todavía juntos, pero ausentes y con la mirada apuntando hacia cuatro puntos cardinales discordes, se prestaron al juego desesperado de seguir intentándolo cuando es evidente que el cuerpo no respira. Se trataba —como declaró John Lennon en una entrevista años más tarde— «de algo natural, no una catástrofe. La gente habla como si fuera el fin del mundo, cuando solo éramos una banda de rock. No es nada importante. Si queréis recordar el pasado ahí tenéis todos los discos».

Al igual que sucedió con el grupo importante de la historia, los amigos atraviesan diversas etapas ligadas a una edad furtiva, con la chispa del enamoramiento inicial seguida de esa canción atronando el interior de un coche prestado en dirección al mar, cientos de noches eléctricas con sus respectivos comprimidos de Ibuprofeno, la pérdida de pelo y esperanzas, y el ruido de campanas de boda que, de alguna manera agridulce, marcan el inicio de una interrupción con mimbres de capítulo final.

A veces no es necesario pasar por el cuchillo de la tragedia, ni convivir con el feo hábito de la muerte y el daño; simplemente ocurre. Se extingue una estrella, nace un niño, la vida continúa a su ritmo imparable y al escuchar aquel disco repleto de surcos y recuerdos el silencio nos golpea la cara. Antes de cerrar los ojos lanzamos una pregunta a ese amigo ahora (in)visible: si yo supe quién eras y tú supiste quién fui, ¿quién de los dos sabrá que será de nosotros en nuestra ausencia?

Let it be, let it be.

Ahora Greta Thunberg es el enemigo

Al sector de los poderosos —usuario acérrimo de “Just for men” con tendencia a escorarse hacia la derecha blanca y conservadora— le ha salido un enemigo con tres particularidades especialmente irritantes: es menor de edad, mujer y además tiene el síndrome de Asperger, forma de autismo caracterizado por afectar a la interacción social y la comunicación.

Imbuidos en una espiral de emisiones de CO2 que avanzan al ritmo de un oso polar varado en el mar, este grupo de escépticos —encabezados por Trump y su jauría propagandística en Fox News, The Daily Wire y Breitbart— no solo consideran equivocadas las conclusiones de más del 90% de la comunidad científica en las que se apunta a la actividad humana como uno de los factores del calentamiento climático, sino que ven en esta niña de mirada vidriosa un ejemplo perfecto de manipulación parental, la reencarnación de los niños del maíz en modo Generación Z, el canto del cisne de una izquierda empeñada en dar voz a una “retrasada” —palabras textuales— con pretensiones de mesías en impermeable caro.

Porque Greta Thunberg representa a viejos y nonatos, a políticos y surferos, al presente gris y su futuro negro, y esas críticas hacia la única influencer necesaria ponen de manifiesto que la cuestión ambiental se ha llevado hasta el ámbito de la creencia, ignorando los indicios estadísticos que apuntan hacia un intento del machismo por seguir siendo relevante en un mundo exacerbado por el aliento fétido de sus dueños.

Es curioso, pero si el lugar de la pequeña hubiera estado ocupado por un madurito, afroamericano y sin ningún trastorno neurobiológico, estaríamos hablando de Obama. Por supuesto, las críticas seguirían siendo feroces, y sin embargo, nunca llegarían hasta tal extremo. Quizás lo que les jode no sea la extinción de toda forma de vida en la tierra; más bien que el cambio climático posee la cara de una super guerrera al grito de «aquí y ahora».

El día que nos empezaron a gustar las señoras

Pasamos gran parte de nuestra vida asistiendo a cambios corporales inexplicables, contradicciones existenciales que nos convierten precisamente en aquello que siempre nos resistimos a ser, copias defectuosas de nuestros padres sin hipotecas, hijos y, por supuesto, mucho menos dinero en el banco.

De entre todos esos golpes bajos con los que castiga el paso del tiempo —dejando a un lado las tragedias personales— destaca la afición por coleccionar gatos, perros o relojes de arena, el intercambio de valores revolucionarios por otros de corte más capitalista, la renuncia a aquellos planes que dibujábamos sobre una hoja en blanco con un lápiz Alpino… y nuestros gustos por un determinado tipo de mujer.

Y es que de pronto, como si un espíritu crepuscular se hubiera colado en el interior de una psique en busca de nuevas emociones, muchas de las mujeres a nuestro alrededor nos resultan demasiado niñas, o directamente son las hijas de aquellos que decidieron renunciar a su existencia a cambio de entregárselas a los cachorros; y en esa encrucijada de uniformes escolares ampliamos el rango de frecuencia hasta llegar a sus madres, o como lo definen las mujeres de cierta edad, comenzamos a sentirnos atraídos por las señoras.

Su belleza nos descompone, abruma y nos plantea preguntas, ¿pero no se suponía que la naturaleza debía arrastrar inexorablemente el instinto hacia tierras fértiles?, desvía nuestra mirada en dirección al tríceps braquial o esos encantadores pliegues en torno a los ojos, los nervios del cuello, su paso firme y a otro compás, el de la certeza de florecer pasados los cuarenta. Resulta que no solo se puede, sino que debemos serle infieles a la vida, recuperar la inocencia del voyeur jubilado, enterrar los estribillos del puto Bertín Osborne y asumir el hecho de que ser adulto no implica ser un niño muerto. ¡Joder, cómo me gustan las señoras!

¿Cuál es tu excusa para no votar?

Poco a poco, los españoles vamos familiarizándonos con los procesos electorales. Algunas de esas votaciones se caracterizan por las trabas interpuestas para su celebración; otras, en cambio, por las múltiples excusas esgrimidas por los propios votantes: «es que todos los políticos son iguales», «que si el sistema es una mierda y me quedo en casa viendo “Callejeros viajeros“», «es que ya no hay políticos como los de antes»,…

No es cuestión de falso optimismo, pero quizás después de treinta y seis años de dictadura no nos vendría mal un poco de práctica participativa, despertarnos otro domingo de resurrección, lavarnos la cara, atravesar la ampolla de mediocridad imperante en el ámbito político mundial y, por quinta vez en un mismo año, aceptar el abismo entre un personaje tan casposo como Iván Espinosa de los Monteros y el tullido de Pablo Echenique, establecer varios grados de separación entre la flatulenta ambición de Pablo Casado y la mentira teñida de socialismo de Pedro Sánchez.

Sí, es verdad, el sistema posee el fétido halo de un Javier Ortega Smith de resaca, favorece a los fuertes frente a los invisibles con DNI en regla, y sin embargo, destruirlo por vía de la violencia o mediante alternativas como el federalismo y la democracia directa resultan inviables a medio plazo. Con estas premisas no votar se antoja la opción más razonable porque en ella se congregan el hastío y la rabia, la impotencia y la certeza de que, pase lo que pase, mañana será peor.

Ahora imaginaos a Albert Rivera como futuro presidente del gobierno. Lo sé, la imagen resulta insoportable, tanto como un disco de Malú, pero os ayudará a entender que un voto es una voz silenciosa desprovista de emoción, una casilla tachada sobre papel traslúcido con el poder de cambiar la realidad de las pequeñas cosas. ¿Vas a dejar pasar una oportunidad así?