La necesidad de lo inútil

Decía Diego Bardón, torero mágico y maratoniano arrestado por negarse a matar a un novillo, aquello de «me siento feliz porque me considero absolutamente innecesario. Para mí, no he hecho nada relevante. Soy tan innecesario como podría serlo el presidente del Gobierno si no lo fuese: un señor más». Y así también nos sentimos muchos, aunque no son tantos los que se niegan a reconocer el escasísimo valor de editar un disco o un libro, y más en 2020. Soles y lunas trabajando, incluso domingos de guardar, dinero y conservas, algún que otro desvelo y, nada más publicarlo —salvo alguna excepción como la de Rozalén que nos ataca en sueños—, el resultado pasa completamente desapercibido, un producto más en la estantería algorítmica de Spotify o Amazon.

Y es que lo primero de todo, antes de comenzar a moldear, debemos de ser conscientes de la inutilidad del arte más allá de las necesidades inherentes al binomio creación-creador, proceso de pérdida en el que la obra finalizada (o abandonada) poco o nada se parece al boceto. De ahí que resulte sorprendente hablar de éxito, más bien un malentendido consensuado a base de formateo industrial y cientos de cuestiones relativas a la venta de productos perecederos. Y sí, tu nueva canción tiene 50.000 visitas, un millón y un cuarto menos que cualquier vídeo de perros o el Baby Shark Dance. Allá cada uno con sus mierdas.

A pesar de todo, desde aquí reivindico lo inútil y la utilidad de lo innecesario como manera no sólo de respirar, sino como acto de rebeldía en un mundo absorto más que nunca en la “neoindividualidad” rampante que implica salir adelante cada día. Eso sí, renunciar a lo bueno por intentar rozar el lado de la mayoría carece de sentido porque la mayoría está a otras cosas. Además, ¿a quién le importan las historias de éxito si no es a los más inútiles? Pensadlo. De esta forma lo innecesario se convierte en el pan de cada día… hasta que la vida fracase ante la muerte.

Ilustración: Andrea Ucini

Los Franco no roban…

Mientras el mundo miraba hacia el oeste, un poco en búsqueda de nuevos aires, otro poco por ver perder a Trump, los Franco fletaban una caravana de camiones para continuar con su expolio colectivo. Y es que esta familia modelo, indigna heredera de un dictador que, por mucho que se empeñen sus detractores, sigue vivo y coleando dentro de una cripta de lujo en El Pardo, se ha acostumbrado a salirse con la suya. Siempre. A pesar de manifestar con actos subrepticios ese patriotismo tan plus ultra, su destino es inversamente proporcional al del resto de españoles, nostálgicos o progresistas, que observan cómo el clan “cazadotes” se queda con el contenido íntegro del Pazo de Meirás, continente público y ajardinado que desde el domingo resuena como un cuarto de baño.

Pero así funcionan ellos, entre la impunidad de la justicia miope y la pasividad de un pueblo que en estos momentos tiene cosas más importantes en las que pensar, quizás en las cristalerías, cuadros, tapices, armas, bargueños, trofeos de caza y cuadros de Álvarez de Sotomayor o Zuloaga que, próximamente, terminarán decorando el salón del chalet de Carmen Martinez- Bordiú o apilados en alguna de sus 85 viviendas, 264 plazas de garaje, tres fincas, la Casa Cornide de A Coruña y un sótano con vistas al pasado más tenebroso.

A falta de operación salida no hay nada mejor que una operación mudanza de objetos ajenos en nombre de la superviviencia de ¡España! Ante semejante panorama y aprovechando que a partir del 10 de diciembre el Pazo de Meirás pasará a ser propiedad de cuarenta millones de compatriotas, la mejor manera de celebrarlo sería visitar la finca en cuestión, bajarse la bragueta y apuntar bien alto mientras pensamos que Franco no era un dictador, aunque ejerciera la dictadura y esto no es un robo, aunque sea a mano a armada.

Ilustración: Daniel Stolle

Jon Biden: la senda de la pérdida

Amanece y, aunque lejano, se percibe en el aire un murmullo procedente de la calle. Quizás no aquí, pero sí al otro lado del Atlántico y por tanto en la pantalla de nuestros móviles, caracolas pasadas por el filtro de la tecnología. Resulta que habrá un nuevo presidente a la cabeza de un mundo con cuatro polos convertido en antesala del frío y los días cortos. Pero así son las cosas y, pesar de la victoria, hay una gesto de tristeza en la pupila de Joe Biden, hombre-saco de 77 años incapaz de burlar el desgaste sufrido para ocupar el número 46 de una lista que incluye a algunos hombres buenos y otros detritos con la consideración de humanos.

Hijo tartamudo de un vendedor de coches y Catherine, Joseph Robinette Biden Jr. se licencia en Derecho y poco después, con apenas 29 años, alcanza el puesto de senador más joven del estado de Delaware, cargo que ostentaría hasta el 2002. Entre medias perdería a su primera mujer y a su hija en un accidente de coche y a otro hijo, también abogado, a causa de un cáncer de cerebro. Partidario de la guerra y de limitar la venta de armas ha tenido que enfrentarse a varias demandas por tocamientos inapropiados y a una denuncia por acoso sexual.

A pesar de todo, ha conseguido un sueño con tientes de pesadilla, por lo vivido con ojos abiertos y confrontar a un adversario que representa todo lo que la mitad de la población mundial detesta y venera a partes iguales. Al menos lo hace acompañado de Kamala Harris, probablemente la única razón para creer en el futuro, sea lo que sea que signifique una palabra que este 2020 se ha encargado de silenciar. Por esa razón hoy cualquier murmullo es recibido con una sonrisa rasgada. Me pregunto si le habrá merecido la pena tanta pérdida…

Ilustración: Daniel García

¿Habemus POTUS o qué?

No sé a vosotros, pero la espera por la elección del nuevo jefe de este orden mundial venido a menos se me está haciendo insoportable. A mí y a Rafa, claro. Y es que la fumata blanca no sale de la Casa idem, y el tiempo pasa, nos vamos haciendo pequeñitos pequeñitos como la amígdala de Trump y nuestras súplicas son ignoradas por los astros y unos pocos estados con nombres intercambiables en el papel y el rosario: Georgia, Omella, Arizona, Nevada, papa Francisco… Da igual lo que recemos o a quién, porque han pasado 24 horas desde la última vez que lo miré y Biden sigue a seis votos, seis Gólgotas como seis hermanos de un padre carpintero, inamovibles, suspendidos en un tiempo sin autor y con un nudo más que probable en forma de protestas masivas. Entonces qué, ¿habemus POTUS?

Para aquellos a los que estas siglas les deje fríos como una noche con toque de queda, decirles que se trata de la manera vaga con la que referirse al President of The United States, vamos, un cargo religioso repleto de connotaciones domésticas que al menos nos está sirviendo para pensar en cosas menos mundanas. Sobre todo cuando vemos a una parte de los habitantes de la nación más poderosa del mundo comportándose peor que Macarena Olona en un día aciago.

Pero así estamos, en este vilo con la cara chusca de dos hombres blancos, viejos y heterosexuales que aspiran al trono para dominar la Tierra, Jesucristos del Twitter y la trifulca mediática empeñados en dar esperanza a un pueblo extenuado que, sin embargo, se niega a renunciar a la lucha. Será porque es verdad que en ese país cualquiera puede ser presidente. This is America, palabra de Dos.

Ilustración: John W. Tomac

La puntilla del 2020 se llama Trump

Hoy la incertidumbre es tal que incluso los habitantes de Valdevacas de Montejo se han levantado antes de que aúlle el gallo para comprobar el resultado de las elecciones de Estados Unidos, un país cada vez más alejado del sueño que convierte nuestro paso democrático por la tierra en una pesadilla con tintes republicanos. A estas alturas de la broma, todos vivimos un poco entre Los Ángeles y Nueva York, ya sea por una lengua infiltrada en cada conversación de oficina, con sus meetings y afterworks, o porque la tienda de ultramarinos se desangra con cada pedido en Amazon. Y, aunque nos joda admitirlo, causa más desvelos que Trump vuelva a ganar que Abascal se ponga la chaqueta talla S de futuro presidente.

La cuestión que sobrevuela este plebiscito mundial, el de continuar con la política de las vísceras o, por el contrario, apelar a la mesura para calmar unos ánimos a flor de cactus de piel, es la de una profunda decepción por haber llegado hasta aquí. Porque si un canalla de lomo blondo es capaz de mantenerse en el poder durante más de un mandato, entonces eso significa que su elección no se trató de un accidente, sino más bien del óxido de valores universales como la razón ante el insulto, de los apretones de manos por encima del matonismo.

Para añadirle más gasolina y una píldora de insomnio al asunto, sólo será posible conocer al vencedor cuando le salga de los cojones a Trump, como si la soberanía del pueblo se hubiera convertido en mera observadora de esta civilización en horas bajas. Sea cual sea el resultado, esperemos que favorable al superviviente Biden, nos quedará la sensación de haber perdido y eso, con el presente virando hacia la broma infinita, es garantía de una celebración silenciosa, algo muy 2020.

Ilustración: http://evavazquezdibujos.com/

¿Arderán las calles?

Resulta conmovedor asistir a la escena: grupos de adolescentes limpiando Logroño después de las revueltas contra el toque de queda. Precisamente ellos, una generación no sólo privada de futuro, sino también de presente, se ven en la obligación de desmarcarse y poner el foco en un malestar social que corroe los cimientos y bohardillas de esta sociedad enferma. Y es que del cabreo y hartazgo nadie se libra, ni siquiera los que siguen llevando la misma vida, al menos hasta las 12 de la noche. La cuestión ahora, 24 horas antes de que Estados Unidos decida inmolarse o alejar la cerilla del bidón de gasolina, es saber si es posible, de seguir así las cosas, que terminen ardiendo las calles de todas las ciudades, pero no a causa del fuego, sino de las desigualdades internas.

Como siempre en estos casos, los gobiernos nacionales lanzan mensajes apelando a la unidad y el sacrificio, mantra repetido desde tiempos inmemoriales y que sólo tiene sentido en un porvenir que va a peor a pesar del tiempo. Porque las cosas pasan, pero mientras pasan se nos va acabando la paciencia y un poco también la vida. Poco importa si es la ultraderecha quien está detrás de los disturbios, o los negacionistas negados o el anarcoliberalismo trumpista con capuchas de la izquierda radical… Si no se toman medidas para reforzar la sanidad y los hábitos básicos de la población los siguientes en rebelarse serán los del Imserso.

Hay que reconocer que la imagen de miles de incendios recorriendo la faz de la tierra al caer la noche es muy potente, que incluso algunos puedan desear arder en un momento de debilidad, cuando el sueño se aleja de los párpados. Pasados esos momentos de calor a discreción la única idea a la que aferrarse, pequeños, grandes y medianos, es que es «algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta». ¡Evitemos a toda costa caer en la tentación de la derrota, invoquemos al agua como fuerza motriz del cambio!

Ilustración: caja de cerillas

Siempre se van los mejores

Resulta macabro comprobar cómo la muerte de los mejores nos saca de este atocinamiento en bucle de cuyo nombre no queremos acordarnos. Así van cayendo, en fila india, y hoy, como no podía ser de otra manera, le ha tocado el turno a un tal Son o Sin o Sean Connery, probablemente el único calvo hirsuto con la consideración de estrella intergaláctica y transgeneracional. Da igual si no te gustan las películas de espías, las de aventuras o con rusos torpedeando el mundo, las de gánsters en franela y caballeros que comen con las manos, las de héroes tristes y curanderos en tratamiento, las de dragones sin hambre…, ahí estaba él a una voz pegado protagonizándolas todas, aunque solamente apareciera 007 segundos, tiempo más que suficiente para perdurar en el espacio-tiempo de una memoria que ansía regresar al futuro. Es extraño que los que forman parte del mundo de la cultura sean siempre los más llorados. Será porque sin Sean y todos los que cierran los ojos para siempre este mundo no estaría ni mezclado ni agitado, simplemente dejaría de hacer pie. ¡Slán leat, querido Sean! 

Ilustración: Robert McGinnis

Arreglarse para quedarnos en casa

Cada viernes la escena se repite en cada barrio, en cada espejo de cada casa, aquí, en París o a las afueras de un lugar llamado Tierra. Y el sol se esconde a pesar de nuestra negativa a que lo haga, y las farolas iluminan la calle vaciada y el silencio se transforma en código morse. Es en ese momento, ni antes ni después, cuando uno se hace el loco y abre el armario, elige la mejor combinación posible, el azul con un toque de blanco, quizás un traje sin corbata o aquel vestido que teníamos reservado para una ocasión estelar, brillante como la promesa de una noche. Pasamos la cuchilla bajo el agua caliente, gel en cada recoveco, labios carmín, algo de rímel, rociamos perfume en la intersección del cuello y las muñecas y nos sentimos bien. Hoy es viernes, el mejor día para arreglarse y quedarnos en casa.

Con esta liturgia —impensable hace apenas un año— no pretendemos ignorar lo que sucede ahí fuera. Bueno, quizás un poco, pero se trata más bien de prestar atención a nuestro núcleo íntimo, sentir que estamos aquí y ahora sin estar en otro lado, jugar a ser terratenientes de una vida en pausa en la que todavía es posible vibrar sin hacer daño a los demás. Porque aspirar a impresionarse a uno mismo debería ser el mantra de este tiempo alambrado, lejos de miradas y gimnasios, de códigos y etiquetas. Cada uno la suya y todos en el sofá viendo alguna de los hermanos Cohen.

Algunos pensarán que se trata de un acto de inmadurez, pura frivolidad en el fragor del hospital. Nada más lejos, precisamente porque vernos guapos entre tanta muerte y cerrojo nos hace valorar en su justa medida el hecho de seguir respirando. Y así un reflejo se convierte en el mayor acto de resistencia frente al desastre de desaparecer ante nuestros propios ojos.

Ilustración: http://www.rikiblanco.net/portfolio/

Volver a los tiempos de la serie “Patria”

En momentos de restricciones horarias y gorros de alpaca lo mejor es refugiarse en un párrafo, un polvo largo o en millones de fotogramas. Y es que cualquiera de estas tres opciones se convierten en ungüento susceptible de ser aplicado a nuestra psique, acuciada por la falta de movimiento y una certeza: se acerca el invierno. En ese espacio, el que uno quiera y cuando pueda, es posible disfrutar de la serie “Patria” y ser testigo de los horrores que por aquel entonces desangraban un país en llamas. La herida, todavía sin cicatrizar, no fue solamente infligida por bombas escondidas en maleteros, el sonido de gatillos y nucas o cartas con un bietan jarrai a modo de despedida, sino que el trato entre los vivos levantaba la costra de una violencia aún más cruel, precisamente porque contenía aspiraciones de libertad.

Por supuesto, ser libre, entonces y ahora, lo entiende cada uno a su manera. Los hay que, bajo la lluvia perenne de ese pueblo pena, están dispuestos a retirarle el saludo a los amigos de toda una vida, dejar de pasear juntos en bici, negarles un cuarto de jamón de York, convertir la convivencia en un fruto marchito, pasar el tiempo negando el peor de los temores: a veces, las guerras se libran en casa, al margen de vecinos y balas.

Al igual que los personajes-personas de la novela de Fernando Aramburu, aquellos que la consuman, de una tacada o con moderación, sacarán sus propias conclusiones. Algunos preferirán “Antidisturbios” o directamente el libro, otros se pasarán al magreo lúbrico de “La isla de las tentaciones”, y los menos comenzarán a entender que la única manera de rebelarse contra cualquier forma de violencia, invisible o rotunda como un ¡Gora Eta!, es a través del perdón. Palabra y obra de Bittori y Viscarret.

Ilustración: Félix Viscarret

Unidos por la pérdida

Últimamente resulta imposible esquivar el tema de marras, como si todos los caminos condujeran al virus, y el día a día, con sus consecuencias y a destiempo, orbitara alrededor de una enfermedad que, poco a poco, adopta múltiples formas. Y es que por un lado, proliferan aquellos que expresan su incapacidad para acatar del toque de queda, manifestando que muchos sufrimos un ataque de ceguera, ansiando declarar la insurgencia y salir a quemar la noche en nombre de la libertad individual. En frente y con mascarilla, otros más pacientes o quizás entumecidos por la manera con la que algunos reclaman ese derecho a vivir, un verbo que roza la supervivencia, pero que implica al conjunto de la sociedad. En definitiva; polos opuestos unidos por la pérdida.

Porque mientras nos enzarzamos en discusiones sin final cierran los cines y los bares, la tienda de instrumentos y el único restaurante con menú a precio de ciudad habitable, espacios y tiempos en los que solíamos jugar. Desprenderse de ellos y su recuerdo significaría borrar un pasado que perfila este presente gris, de igual manera que siempre guardamos el número de padres y amigos fallecidos por miedo a no poder llamarlos cuando nos hagan más falta, quizás en un futuro de espuma y playa.

Así estamos, entre el duelo y la memoria, un poco deshilachados, aunque con el dedal y la aguja preparados para tejer puentes y algún que otro acuerdo que nos aproxime un poco, al menos lo suficiente para evitar perderse de vista desde la otra orilla. Es en ese punto geográfico, con el viento despeinándonos y las orejas frías cuando seremos conscientes de que lo que se pierde nunca se va y, si se va, nunca termina de perderse.

Ilustración: https://robbailey.studio/