Iñaki Williams, el silencio como réplica

«El silencio es la réplica más aguda». Esta frase, atribuida a Chesterton, refleja como pocas la necesidad de callarse cuando lo único que hay a nuestro alrededor es un olor a orín desprovisto de origen y cuyo final se antoja, cuanto menos, lejano. Y es que ayer, un futbolista vasco, negro y de mirada acuosa dejó en evidencia el discurso de este fascista blanco y de mirada gamada empeñado en convertir el racismo y la xenofobia en su principal arma para obtener votos. Ante las palabras de Santiago Abascal «el que entra ilegalmente en nuestra casa, en España, en nuestro suelo, debe abandonar toda esperanza de trabajar legalmente», Iñaki Williams se rascó el párpado izquierdo y se limitó a responder «si te dijese lo que pienso realmente creo que me metería en un problema». Y así un deportista se convierte en una figura política, necesaria, universal.

Porque raras son las veces en las que, en cuestiones tan relevantes, se tira de la antipalabra, de la reflexión callada, de evitar abrir la boca para contarlo todo, quizás debido a que la sabiduría siempre es taciturna, quizás a que callarse no implica silencio. En cambio es tan fácil rajar que cualquiera puede dar un mitin o un concierto y dejar en el aire una sensación de agresión, de tarjeta roja y vítores. Así, Abascal, nacido en Bilbao, representa la amenaza desde dentro; Iñaki, también bilbaíno como bien indican sus colores, la esperanza traída de fuera.

Por fin un chico que se dedica a correr y dar patadas a un balón deja en evidencia a todos aquellos que apuntan al enemigo más débil, a ese que salta la valla en búsqueda de algo que se parece a la dignidad, tan fácil de deletrear, tan difícil de obtener en vida. Para aquellos a los que se la suda lo que pueda decir un futbolista decirles que no dijo nada. Para aquellos a los que sí les importa decirles que lo hizo con un silencio. Y por fin las dos Españas se reconcilian sin querer. Athletic 1— 0 Vox.

Ilustración: andrecarrilho.myportfolio.com

¿Es el reguetón basura sonora?

El debate sobre el reguetón ha conseguido desplazar al fin del mundo, y más aún cuando Santiago Auserón comparte sus doctas palabras en El País. Y es que lo que parecía una broma, líquido preseminal del dembow y el reggae, ha cumplido treinta años y una década de dominación mundial. Por primera vez en la historia del negocio de la música confluyen en un solo género lo más comercial y lo más popular, dejando al rock—por enésima vez—, la EDM e incluso el rap en el banquillo. Será porque en canciones como “Despacito“, “Hasta el amanecer” y “Yo perreo sola” quedan reflejadas algunas de las obsesiones del humano con pocas canas: inmediatez, el baile como Alfa y Omega y la imperiosa necesidad de oír en lugar de escuchar, dos verbos utilizados indistintamente, quizás por conveniencia, quizás porque el segundo implica hacer una sola cosa y solo una.

Cuando el negocio, y en ese sentido el reguetón es su rama más lucrativa, domina la música ésta pierde su consideración más abstracta, se convierte en cadena de montaje sin Berry Gordy al mando, lo que por otro lado tampoco descarta la posibilidad de hacer grandes canciones con la caja registradora a mano. ¿Os suena Michael Jackson o Whitney Houston? Entonces, si no son sus letras —igual de machistas que las de Guns and Roses o Mötley Crue—, ni su homogeneidad rítmica o armónica —las canciones de David Guetta incluyen cuatro acordes y una chupadita de M por tema—, ni el acceso masivo a contenidos de todo tipo, ¿por qué los viejos lo consideran basura sonora?

La cuestión generacional y el rechazo a lo fresco pueden explicarlo en parte. Sin embargo, y dejando de lado los gustos de cada uno, la respuesta queda en manos de la posteridad. Más que nada porque con toda certeza, el sucesor del reguetón será una variante pobre, otro error de lo que hoy en día tiene la consideración de horror. Bad Bunny, J Balvin y Maluma han obtenido muchos tintes de pelo y reconocimiento siendo jóvenes, sin embargo, su impacto cultural sólo puede ser valorado a largo plazo. Es ahí donde un creador obtiene la verdadera medida del éxito. Como dice el maestro Barenboim «la música no es una profesión, es una forma de vida» y a veces, entre la basura crecen flores.

Ilustración: martinkrusche.de

Pablo Hasél: el silencio como condena

Poco o nada ha sucedido desde la condena del rapero Pablo Hasél por enaltecimiento del terrorismo e injurias a la corona y las instituciones del Estado. Desde el 29 de enero, fecha oficial del golpe, he contabilizado una pancarta en la sede del Partido Socialista de Lleida, cuatro menciones en Facebook y algo cercano a la total indiferencia. Es comprensible tal y como andan las cosas por la superficie, con la palabra responsabilidad convertida en género no binario y los usuarios de la ¿libertad? de expresión entre la espada y el hambre. Algo tendrá que ver que los hechos, siempre sujetos a la interpretación personal y transferible de unos y otros, manden y que el silencio, a veces, sea «la peor mentira».

Por algo el mono Iwazaru se tapa la boca con las manos, el sordo gana millones con su música y los demás miramos hacia otro lado cuando los macarras nos escudriñan en el metro. ¿Pero qué sucede cuando se emplea el término parásito para referirse a un organismo que vive sobre otra especie o en su interior, ladrón para el que oculta una fortuna en la isla de Jersey y mafioso por darse paseos con los bolsillos llenos de euros recién planchados? Que te meten en la cárcel.

Al igual que Unamuno se enfrentó a Millán Astray bajo los gritos de ¡muera la inteligencia!, nos debe de quedar muy claro que «vencer no es convencer», que los malditos y mil veces malditos intelectuales, teniendo cultura y medios bastantes, tampoco envenenan a nuestras masas haciéndolas creer que la felicidad está en el crimen, sino que intentan —muchas veces sin éxito— desenmascarar el ardor de la mentira. El verdadero crimen reside en el engaño, nunca en la ficción de las palabras, aunque éstas contengan la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Contigo siempre, Pablo.

Ilustración: Jordi Calvís i Burgués

Métete tu opinión por donde te quepa

Vengo del hospital. Pero estoy bien, al menos de salud. Solamente quería ver con mis propios ojos una realidad que se ha convertido en un juicio de valor en boca de todos. Incluso estas palabras, testimonio directo de una vivencia son, hasta cierto punto, una opinión. Porque si hubiera llegado antes o una hora más tarde a la clínica “La Milagrosa“, ese hecho, en principio superfluo, hubiera hecho brotar en mí otra idea, quizás menos lúgubre, quizás más esperanzadora. O tal vez la hubiera enterrado. Había taxis y muchos viejos, supongo que como un día cualquiera. Incluso una monja con la mascarilla a juego con el hábito. Tres ambulancias se detuvieron. Comparten sílabas con esperanza.

Es raro encontrarse al otro lado, en la acera de enfrente, fuera de esos fríos muros sabiendo que en el interior, y cada día, mueren dos de cada diez. Mientras sucede, los sanitarios nos lo imploran —olvidamos la solidaridad antes de las Navidades—, y el resto opina. Que si la libertad por aquí, que si la economía por allá, que si los culpables son los políticos, que cómo vamos a renunciar a los pequeños placeres cotidianos, que si nos están enterrando en vida… Si uno se detiene, prescinde del ruido y la rabia, nada de eso resuena en los pasillos. Puede que el ritmo acompasado de unas constantes vitales.

Quizás haya llegado el momento de callarse, de dejar de decir en voz alta lo que pensamos, últimamente algún tipo de queja, insulto o malestar. Hacerlo durante unos meses, por ver qué pasa. En esa inacción activa hay implícito un enorme respeto por los caídos, por los que no pudieron despedirse de los suyos y por los que, a todas sombras, se irán. Resulta que la opinión es «la enemiga directa de la verdad», pero en “La Milagrosa” se obran milagros todos los días. Qué silencio más extraño el de la muerte…

Ilustración: Giulia Rosa

Las cosas no cambian, cambiamos nosotros

«Las cosas no cambian, cambiamos nosotros», decía un Henry David Thoreau presumiblemente desnudo en su cabaña con vistas al lago Walden. Y es que tampoco hace falta abandonarlo todo —Thoreau recibía visitas casi a diario— para darse cuenta de la extraña relación que mantenemos con nosotros mismos a lo largo del tiempo. Así nos enfrentamos a esas fotografías en papel brillo, instantáneas en las que nos cardábamos a la última, y no podemos más que rendirnos a la evidencia: cómo hemos cambiado y cómo se nos ocurriría salir así a la calle. Lo mismo ocurre con el libro que leímos siendo críos y retomamos con arrugas. Las palabras son las mismas y, sin embargo, resuenan de tal manera que uno se pregunta si la edición fue adulterada mientras dormíamos, es decir, mientras vivíamos.

Es curioso porque, a pesar de estar en guardia y ser conscientes de una realidad que muta para mantenerse, también nos aterrorizan las actualizaciones del iPhone y el Logic, la nueva indumentaria del equipo de turno y la posibilidad de montarnos en un coche que conduce solo. Y si al final todo lo que hacemos se hace para mejorar, vamos, cambiar lo que somos, pues tampoco sabemos si el cambio del cambio nos deja como antes o si renunciar a él viene a confirmarlo.

Mientras nos perdemos, basta con mirar fijamente a la montaña, nunca estática, o al jardín adquiriendo las tonalidades marcadas por la trayectoria del sol. Ambos, y a diferente altura, representan un oasis al margen de lo que arrastramos desde marzo de aquel año borroso, mientras que nosotros existimos igual, pero de otra manera. Dentro de cinco cumpleaños miraremos con los ojos de este miércoles 27 y podremos decir que el mundo era otro por aquel entonces, que nosotros nacimos un día como hoy, como mañana. Cambio y corto.

Ilustración: https://andreykasay.com/

Confíname o apriétame más fuerte

Ahora que las cosas se están poniendo peor que en marzo, quizás porque hemos avanzado en la criba, quizás porque somos un año (en blanco) más viejos y eso duele, comienza a percibirse en el ambiente otra variable hasta ahora oculta, aunque no por ello inexistente: la indignación de aquellos que hacen lo que tienen que hacer. Y es que, superado el momento en el que el mal de muchos deja de ser consuelo para nadie, comenzamos a preguntamos por qué unos continúan con su vida sin modificar rutinas sociales y otros llevan meses sin ver a sus familias, ¡comprando por Internet en las rebajas!, sin bares, metro ni revisiones médicas, en definitiva, suspendidos por una cuestión de conciencia cuyo premio parece aún lejano o, en todo caso, implica resignación.

Hay en este enigma un elemento de responsabilidad, palabro casi extinto en los cánones modernos. De igual forma que los padres prescinden del sueño por el futuro de los vástagos, los hijos son siempre reacios a dejar el iPad para disfrutar de los padres, como si la escala de prioridades vitales comenzara a adquirir forma y color con el paso del tiempo, el mismo que siempre nos sobra siendo críos, el mismo que siempre se escurre siendo viejos. Eso y que somos inmortales hasta cumplir los 40.

Hay, por tanto, cierta épica en el hecho de “sacrificarse” sin gloria ni recompensa, hacerlo por el simple hecho de hacerlo, prescindiendo de reproches a terceros o desahogos que sirven para confirmar nuestra desconexión con el mundo y sus derivas, las del yo, mi, me, conmigo y la ignorancia de los que lo pueblan. La valentía, hoy más que nunca, consiste en saber que, a veces, es imposible ser compensados por la pérdida, ya sea de vida, ya sea de tiempo. Perder un poco de ambos… el mayor acto de amor.

Ilustración: http://www.alberttercero.com

La vacuna de la vergüenza

Manuel Villegas. Consejero de Salud de Murcia (PP) junto a otros 400 elegidos (a dedo); Esther Clavero. Alcaldesa de Molina de Segura (PSOE); Jesús Fernández. Alcalde de El Guijo (CDEI); Sergi Pedret. Alcalde de Riudoms (JxCat)… y la lista continúa, con amplía mayoría de PP y PSOE. Pues bien, se trata de los políticos que han decido vacunarse, suponemos que por formar parte del grupo prioritario: residentes de centros para ancianos, personal sanitario y sociosanitario. Lo peor son las excusas, «sobraban vacunas y por mí y todos mis compañeros», ¿sus compañeros? En realidad fue para dar ejemplo y dedicarle los 365 del año a la gestión de una larguísima pandemia que ha demostrado la inutilidad del ser humano, excepto en lo relativo a la ciencia. Ahí hay que reconocer que el algoritmo de Facebook sorprendió a cronopios y magas con la invención del remedio.

Es curioso, pero solo hay que mirarles a la cara para darse cuenta de que muy listos no son. Lo que nos lleva a inferir que por eso decidieron entrar en política, el arte de vivir en una sociedad de clases y clases, siendo ellos meros servidores públicos. Así miran a cámara entre despreocupados y carroñeros, convencidos de que un perdón publico a tiempo entierra la vergüenza y de paso pasamos a otra cosa, quizás a una fase en la que los únicos ciudadanos ejemplares sean ellos. «Vivir, dormir, tal vez soñar» que decía el príncipe de Dinamarca.

Ahora habrá que volver a pincharles, no sea que desperdiciemos dosis en personas desperdiciadas para la sociedad. ¿Sirve de algo que dimitan? En todo caso por feos. Al final después de estos vendrán otros, y después otros, y el mundo seguirá pensando que los mayores deberían de estar muertos. Ya vivieron lo suyo, es hora de sangre de Tik-Tok. Ante semejante vileza uno llega a varias conclusiones que en realidad son dos: ser político podría considerarse una ocupación a tiempo parcial, como poner copas y, no serlo es, sin duda, todo menos «un dilema intentado salvar sus dos caras a la vez».

El cumpleaños de David Lynch

Hay que aprovechar que Joe Biden toma posesión del cargo más denostado del mundo para mirar en dirección contraria, hacia mundos extraños dentro de uno aún más extraño todavía, siempre con la facultad de aplanar la curva de la congoja cotidiana. Es, por tanto, una obligación dedicarle un homenaje al hombre que cambia de número el día en que Madrid se inunda: David Lynch. A juzgar por ese pelo tallado y pluscuamperfecto nadie sería capaz de afirmar que cumple 75 años, y 44 desde que estrenara “Cabeza borradora“, una película tan difícil de enmarcar como de digerir, quizás por los folículos de su protagonista, quizás porque las obras de arte adquieren nuevos e inesperados significados a medida que uno se difumina en el tiempo.

Escribía Foster Wallace: «Una definición académica de lynchiano podría ser algo que alude a un tipo particular de ironía donde lo muy macabro y lo muy rutinario se combinan de tal forma que revelan que lo uno está perpetuamente contenido en lo otro». El director deja claro desde el inicio de su carrera —música y “Dune” aparte— que la intuición es la que manda, y el espectador, por tanto, no puede más que limitarse a experimentar un viaje en el subconsciente ajeno para llegar a una conclusión denostada por todos: nada tiene sentido.

Y es que en sus manos, siempre sosteniendo un cigarrillo, nuestra cabeza tampoco tiene la sensación de estar pasando un buen rato, o de presenciar algo particularmente conmovedor o emocionante. Al contrario. Una canción de death metal interrumpe la conversación poscoito entre Sailor y Lula; Fred Madison habla por teléfono con un enano sin cejas escondido en su casa y que le tiende el teléfono en una fiesta; Jeffrey se encuentra una oreja en el césped… ¿No es maravilloso sentirse incómodo, un poco hueco, más humano sin carne a la que culpar? Que cumplas muchos más, querido David. Gracias por jodernos la vida en el buen sentido de la palabra cine.

Ilustración: Etsy

Blue Monday, el día más triste del año

Me entero hoy, lunes prediluvio y poshelada, que allá por 2005, Cliff Arnal desarrolló una fórmula matemática para demostrar que el tercer lunes de enero era el día más triste del año. Compuesta de variables tan absurdas como el clima, la deuda tras las Navidades y el tiempo que uno tarda en asumir la improbabilidad de los propósitos del tiempo entrante, sirve para recodarnos dos cosas: una, que nunca hay que dejar el algoritmo de la felicidad en manos de psicólogos y dos, que reducir el bajón de la existencia a un sólo día es, cuanto menos, una temeridad. Lógicamente, este hombre poco o nada sabría de pandemias, del futuro —ahora presente— convertido en una indeterminación mayor de lo que viene siendo ya de serie, y por entonces tampoco se habría muerto el productor Phil Spector. Porque la tristeza es un término tan líquido que ni siquiera cabe en la canción “Blue Monday”. Y eso que dura siete minutos y medio…

Así nos encontramos con que lo que para uno es motivo de gozo a otro le produce urticaria, incluso dentera. En mi caso, la música para bailar rima con parálisis y el llamado “muro de sonido” del señor Spector es, en realidad, una manera de difuminarlo aumentando el número de capas, contradicción implícita en las lágrimas que lloramos para sentirnos mejor o la pena como «valla entre dos jardines».

Es por tanto necesario reformular la fórmula, empezarla y acabarla con silencio, más que nada porque la ausencia de sonido resulta en una muerte en vida. De hecho, una canción tan aciaga como “Tears in heaven” tiene la capacidad de arrojar luz, e igual sucede con “Hurt” o “Al Alba“. Al final el día más triste del año es aquel en el que no suena música, ni diegética, ni dentro del torrente sanguíneo, ni en el patio de vecinos. Dime, ¿cómo me siento?, preguntaba Bernard Sunmer. Pues más triste si no te escucho, eso seguro.

Ilustración: Peter Saville

C. Tangana es el puto amo

A veces uno tiene que rendirse a la evidencia. Resulta que, a día de hoy, en España se hace mucha mala música popular, buena música absolutamente irrelevante para la inmensa mayoría y sólo un pequeño porcentaje, pequeñito pequeñito, combina la alta y la baja costura de la peineta de una plañidera. En esa encrucijada improbable que es ver a Bárbara Lennie comiéndose el tocino de un cocido madrileño se encuentra Antón Álvarez Alfaro, Pucho para los amigos, C.Tangana para sus críticos y húmedos seguidores, el único capaz junto a Rosalía de monetizar notas encumbrando un personaje de ficción. Y es que por mucho que nos cueste entenderlo la única manera de “conseguirlo” a lo grande pasa por diseñar el personaje antes que las canciones, precisamente porque es muy probable que los buenos estribillos lleguen en el intento. Resumiendo: «Hacer dinero es un arte y los buenos negocios son el mejor arte». Pues hay un tío de Carabanchel que aplica al pie del cañón las profecías del Warhol ese.

Así y en cada fotografía, en cada plano recurso de cada uno de sus vídeos y apariciones televisivas hay referencias a todo tipo de ámbitos artísticos, desde la arquitectura brutalista de Javier Carvajal Ferrer al bigote de Aznar antes de ser imbécil, a la ropa interior de Los Sopranos colgada al sol, las cadenillas y los camareros del Lhardy... por supuesto, todo debidamente aderezado con la españolidad LGTBI del Niño de Elche, el ritmo playero de Toquihno o la producción crema de un Alizzz convertido en el Midas de lo que no se ve, pero se siente y hace pum.

Sirva por tanto este artículo para expresar mi más absoluto respeto por las canciones de un extrapero adicto al Auto-Tune, de un bailarín de cintura cementosa, de un boxeador con párpados de Sócrates que ha salido indemne en su intento de rimar “en tu forma de hablar” y “en tu culo al pasar”… y también algo más rico. Sé que estas cosas no le gustarán nada a algunos catedráticos del dogma, otros pensarán que se trata de un producto cárnico con ínfulas de comida gourmet, pero para no saber hacer nada este chico lo hace mejor que nadie. Lo reconozco, soy Tanganista. Lennienista ya lo era desde que nací.

Ilustración: autor desconocido