Juan Diego, el maestro sin apellidos

Nadie tiene muy claro quién es. Tampoco el papel que le ha tocado interpretar, ni en el proscenio ni en la placenta de los días. Por eso, Juan Diego, un sevillano de voz de yunque a punto de fundirse decía que «dentro de mí está ese hijo de puta y ese homosexual y ese nudista y ese comunista y ese tipo amable y ese violador. Dentro de nosotros está todo lo bello y lo hermoso, todo lo horrible y despreciable».

Quizás por esa razón su ausencia pesa tanto, moja, porque, a veces, los actores se olvidan de la vanidad y transmiten historias, nos cuentan en ellas siendo otros, interpretan el difícil arte de comunicarse sin intermediarios. Después hay un director cansado que grita «¡corten!» y un actor sin apellidos, con carnet y una pistola lanza un obituario al aire: en Rusia nieva y borracho se está mejor que sobrio.

Resulta que Juan Diego era su nombre, de ahí que los apellidos los aporten Landa, Fernán Gómez, Pávez, González, Rabal y el resto de una estirpe que, poco a poco, va dejándonos un poco más solos, un poco más perdidos. No puede haber gente más triste que nosotros hoy, eso seguro. Descansa en paz, Juanito, te llevas a la tumba una parte del cine que nos queda en la retina y tu memoria.

Arrepentirse de lo que no hicimos

La pregunta «¿te arrepientes de algo?» viene con un truco y dos cepos. Porque el arrepentimiento alimentado por errores, un gesto o aquello que hubiésemos hecho de otra forma poco tiene que ver con la fístula crónica que provoca lo que pudo haber sido… y nunca fue. Sí, muchos aspiraron a terminar Caminos, perfeccionar el regate con la zurda y el plié, que su matrimonio fuera otro, sin embargo, a todos nos atraviesa el rayo del pasado en 2022 por culpa de aquel momento de la verdad en el que no hicimos absolutamente nada. Bueno, seguir dándole vueltas a la misma mierda años después. ¿Por qué, Dios mío, por qué?

Pues bien, las acciones tienen consecuencias. El arrepentimiento y su pesar llegan segundos después de haber invertido todos los ahorros en Bitcoins o haber perdido el domingo viendo «Cobra Kai». La velocidad actúa en dos sentidos: primero el latigazo y poco después el consuelo que mitiga el dolor que desaparece pronto si nos perdonamos o somos perdonados. Las secuelas de una acción suspendida en el tiempo —aquel chico que te sonrió de perfil o esa oportunidad perdida— son infinitas para nuestra psique, sobre todo porque vienen asociadas a un viaje frustrado, un destino de arena, quizás prosperar en el presente.

Así la inacción nos martiriza antes y después de la Semana Santa, de ahí que los recuerdos relativos a procesos dejados a medias se almacenen mejor en la memoria. Vamos, que los mortales amamos el suspense, las espinas y el misterio, aquel mundo en el que pudimos reinar y acabó como Pompeya. El consuelo pasa por tener algo muy claro: el miedo que nos frena es temporal. En cambio, ciertos arrepentimientos duran una vida que pudo ser soñada de otra forma, quizás con los ojos abiertos, aquí y ahora, nunca.

Ilustración: https://thomasdanthony.com

Mi primer día de gimnasio sin mascarillas

Todo a buelto y sigue igual de raro, aunque lo recibamos con un entusiasmo de superación, virgen. Entre las novedades, el gimnasio sin mascarillas ni perímetro en las elípticas. Otro mundo de interiores, el mismo que se va ajustando con cada pedaleo y cada gota de sudor. En ese tránsito —dos años de parón activo— algo falla, como si la mitad de la cara, antes a medio tapar, se hubiese quedado atrás y el cuerpo siguiera a lo suyo, brazos para ellos, culo para ellas, físico contra el deterioro de la mente para todos. Se salvan los monitores, todavía enganchados a una mascarilla-lapa. El resto ha alcanzado la completud facial y, sin embargo, les queda una mancuerna para el kilo. Otra serie, mismos batidos asquerosos.

La mayoría pasa por alto este detalle y prefiere entrar corriendo por la puerta grande. Por fin les reconocen en la entrada. Muy bien. Es más, alguno lo celebra y se desenamora de la chica de las mallas y las pajas, antes una diosa de carne y piedra… hasta que llegó el presente. Resulta que la belleza se concentraba en unos pocos centímetros. Otros, igual de cortos, son felices y respiran fuerte en una cara más pequeña de lo normal y a la que le falta trabajo. A las 17:05 comienza la clase de zumba. Ni rastro de la rehabilitación facial y las neuronas.

Tampoco faltan los que se atragantan con el agua, los que se suenan los mocos y esas chicas que hacen un FaceTime sin caer en la cuenta de su error. ¡No, por favor! ¿Y qué decir de la hostilidad que reciben los que siguen llevando mascarilla? El asco era eso. Tan sólo los mayores pueden darse el lujo y ducharse con un neopreno de barbilla. Será porque la edad provecta trasmite más ganas de vivir a pesar de la falta de humedad. Ahora que la filosofía desaparece de las aulas podemos retomarla en el gimnasio. Así, la cara a pelo aporta intimidad, delata, prescinde de diálogos, acapara chismes y «se convierte en un pez que trepa por error al nido de un pájaro». Raro.

Ilustración: Guy Billout

La insistencia

Insistir no ya como modo de vida, sino como norma o plegaria sin dioses de por medio. Persistir, mantenerse firme. Instar reiteradamente. Repetir o hacer hincapié. Hacerlo muchas veces mucho con la intuición de que, detrás de la puerta, no habrá nadie, que estás solo y, sin embargo, algo se despierta en ti si la golpeas. Cuidado. Repetir un mismo acto esperando diferentes resultados supone jugar con la locura. Esto es otra cosa y además es muy cansado. Ayuda el prescindir de expectativas, castillos en el aire, sueños a lo ancho de un trayecto en el que te crecen amapolas en los nudillos y la dictadura de lo imprevisible acota y noquea. Es así, nada sucede a nuestra voluntad, más bien todo lo contrario.

Cuesta verlo. Alguna cosa se le concede al que insiste bien y ama mejor, casi nunca al que se la merece. Hay en ese movimiento cíclico y hacia delante un elemento de perseverancia que en ocasiones pasa por obstinación. Se observa en la naturaleza y la falta de talento, única garantía de que continuar con la práctica diaria, escalas, versos, bocetos, brochazos, conduce al fracaso en sus múltiples formas y colores. Seguir, seguir y seguir. Y luego sigues.

Nada puede intimidarnos, quizás ese amigo íntimo que nos mira con pena por continuar en el error. ¿Quién acierta? ¿Cómo saber que los demás lo hacen bien respecto a uno? Hay que compararse con el que fuimos ayer o hace dos días, diez años, un segundo. También con una hormiga. Quisimos incendiar el mundo y, sin embargo, cuesta tanto encender una cerilla… Reitero: de tanto porfiar encontramos la manera. Hacer un poco más, recuperar el trazo y saltar desde el alambre. No se vive, se insiste. Y así.

Ilustración: Guy Billout

Un poco tardías estas nieves

Ha nevado al otro lado del túnel, flojo, sin despertar a los lobos de un sueño sin hombres. Porque la nieve trae silencio, ruido blanco, desentierra las palabras que cuajan en un corcho de pisadas, de inviernos de primavera y polen. A estas alturas, 657 sobre el nivel del mar, nadie la esperaba, quizás algún paisano de piel de cauce seco y la fábrica Bezoya, empeñada en convertir manantiales en botellas de plástico, milagro de copos, migajas y algún pez. Ese es el problema del agua en su versión menos líquida, que mientras unos maldicen la falta otros hacen cuentas. El resto añora el retraso del verano. Cae su nieve, nos desharemos todos.

Hace tiempo que dejamos de mirar al cielo. La tierra ocupa los párpados de los viejos y nieva para dentro en cada niño. De ahí que la noche descorra las cortinas desvelando un paisaje que es otro, quizás mejor porque resuena en su blanca perfección. Luego está el frío que nos cose al fuego de las palmas, a la piel del que llena la cama de ausencia. Resulta que la nieve es un incendio bajo el sol a contraluz y por eso arrastra nubes con olor a leña, cálidos roces, un secreto bajo capas de dermis y agua en el estado que se le niega a los humanos.

Nieva al otro lado de la acera, pero el 28 de mi calle se despereza con los ruidos de siempre: el ascensor, una que tose y los regueros de los paraguas rotos. Las hojas dejaron de caer y la mujer del tiempo pregunta si la borrasca vino para taparnos con su colcha y su candelabro al carboncillo o para quedarse. Ya sabemos la respuesta, pero podemos seguir creyendo que el mundo es un globo en el espacio, ahora blanco, frígido, un fantasma. Y además es nuestro.

Ilustración: Guy Billout

Pajas entre colegas

¡Extra, extra! ¡Acaban de abrir un club de pajas en Madrid y por grupos, una hermandad fálica, democrática y no discriminatoria! Todos son bienvenidos a cambio de una membresía y respetar el código deontológico: prohibido golpes de calor por debajo de la cintura e introducir. Así es, las pajas son ocio y esparcimiento desde la prehistoria, una forma líquida de conocer gente y crear vínculos que nada tiene que ver con el sexo. Y añado, hay más erótica en el café con leche acompañado de churros que en la calle Sierra de Alto de León, epicentro de un mundo de hombres que copia nuestra infancia, o al menos la de una generación muy pajillera en el buen sentido del orgasmo.

Las buenas costumbres se han perdido y ahora la masturbación es cosa de uno y un móvil, dos como mucho y qué pereza. Sin embargo, hubo un tiempo en el que los amigos hacíamos melés alrededor de un «Private» con las hojas pegadas, la party comenzaba en el salón de Juan con una película porno muy alta y el juego de la galleta sustituía la merienda de los campeones. Es más, si no había plazas —algunas tardes aquello parecía el cine de verano— siempre se recurría al amigo cuentacuentos, el mismo que aprovechaba su talento para gozar y gozarse. Vamos, lo mismo sin cuotas ni cuestionar la orientación de nadie, puro amor y gracias, Pablo.

Así son las cosas del capitalismo y la modernidad, sistemas y ficciones donde un acto diario —a veces caen dos o tres— pretende adquirir cierta trascendencia. El resultado viene envuelto en un charquito de nostalgia y gotas en el calzoncillo, como si lo vivido se tratara de un sueño húmedo y el presente un día a día seco. Por esa razón quiero romper una lanza por las que nos hicimos juntos, la mejor forma de conocernos y quedarnos ciegos, un invento que no podrán arrebatarnos nunca porque congrega en una mano la física de estar vivos, «el sexo con alguien que amas y te ama». ¡Pajas de calidad y gratuitas siempre!

Ilustración: Jean-Michel Tixier

El miedo a la Semana Santa

La Semana Santa nos devuelve el miedo a todo lo inventado, con sus procesiones a paso de oruga, incienso y saetas en el aire, con esa fe de ultrasur tan típica del nazareno patrio. Así, el centro de la ciudad congrega a mucha gente y pocas personas, un tiempo de coronas de flores y espinas que, en el pasado, anticipaba nubes negras. Las cosas cambiaron este año. El tormento de verdad ya se acabó y los capirotes son las nuevas mascarillas, brilla el sol y, en alguna parte, alguien volverá a ser crucificado sin motivo. Cosas del hipervínculo. El agua… pa’ lavarse las manos, chiquillo.

Nadie puede escapar de su influencia, ni los carpinteros ni los que comen carne roja. Tampoco los que buscan la paz en el monte, porque fue ahí, precisamente, donde se consumó el mayor de los pecados: matar a un jipi a cambio de su gloria. Desde entonces, pagamos la factura, arrastramos una culpa que los más píos drenan con su propia sangre. Eso es cultura, la nuestra y se compensa con vino y la sensación de que Judas es el tapado de esta historia, de ahí que muchos sigan su ejemplo a rajatabla.

No todo es malo. Se irá rápido, Madrid es todo Zona Azul y por una vez se está mejor en las aceras que en la playa. Algunos han aprovechado para volver a casa. Se despertaron en otro país, vistieron a los niños y cogieron un avión de los baratos. Al aterrizar y ya en el un autobús, apoyaron la cabeza en la ventanilla, incapaces de contener la emoción en otro atasco de la A-6. El camino, la verdad y la vida están lejos de los pasos de Semana Santa, cerca de lo que late en nuestro pecho.

Ilustración: https://www.manshenlo.com

Las posibilidades

Hace tiempo que nuestras posibilidades se redujeron a aspirar y ya. En realidad, aquellos planes de vida no eran más que una forma rara de lidiar con una incertidumbre que, con el paso del tiempo, se ha convertido en precariedad, costra. Sí, vamos tirando gracias a nuestros estudios, a aquellos viajes a Irlanda, a los másteres para clase pobre y a una lista de logros que engordan el conjunto vacío de la sociedad. Y es que se prospera tan despacio que al final uno termina por reconocer que la casilla de salida era la única. Quizás fuera también así para nuestros padres, sin embargo vivían sabiendo a dónde iban. En 2022 se sobrevive. Y gracias.

Nos prometieron que con esfuerzo podríamos tenerlo todo: un despacho con vistas, vacaciones en Ibiza y descensos en invierno, nuestro diésel y hasta un chalet con piscina comunitaria. Al despertar del sueño, comprobamos que nunca quisimos esa mierda y las jornadas dan para un táper, escaparse al camping del Sonorama y desayunar un vaso de leche semidesnatada con compañeros de la edad de nuestros padres… ya viejos. Así nos pasamos el resto de nuestra vida, en aquel futuro inalcanzable, el presente.

A pesar de todo, algunos insisten en la cultura del esfuerzo: ¡la vida te pondrá obstáculos; los límites los pones tú! Arcada. Nos queda meter mil euros en Bitcoins, emprender como forma de pérdida, encomendarnos a la Virgen de la Lotería y traicionar al azar para que nos traiga un Luis Medina estas Navidades. Luego llegarán las hostias, la vuelta a la casa de la infancia y esa sensación de que nos han estafado con casi todo. Ya lo decía Ángel González: «Te llaman porvenir porque no vienes nunca». ¿Posibilidades? Me parto y por eso las busco.

Ilustración: Guy Billout

Guillotina para Luís Medina

Luis Medina es un pijo. Su naturaleza extractiva le lleva a pasear en bata al perro y a cobrar, supuestamente, comisiones millonarias mientras el pueblo muere en masa. Entonces surge la conciencia de clase que poco tiene que ver con el odio al rico, sino contra los parásitos que prosperan con un par de llamadas. La alta suciedad gobierna por detrás y dando, sonríe más blanco y mejor, genera riqueza a costa del currito y además se la queda. Lo llaman libre mercado, de ahí el anhelo de la guillotina.

Su mecanismo era muy simple: el reo se arrodillaba ante la báscula y encajaba el cuello dentro del cepo. Acto seguido, un verdugo gordo y desbordado por el curro accionaba un resorte y la cuchilla descendía sobre la cuarta vértebra cervical. Rápido, poco higiénico y la mejor manera de garantizar la igualdad ante la muerte tras la desigualdad en vida. Maldita nostalgia. De momento habrá que conformarse con que la injusticia siga su curso y el abogado de Medina le libre de cualquier condena, de ahí el privilegio.

Tanta fantasía deja al margen a Alberto Lucero, su socio en esta empresa caracterizada por el altruismo y las ganas de sentirse útiles. De él fue la idea de convertir las comisiones en barcos para surcar los canales de Sotogrande, mirar la hora en relojes carísimos y dormir en suites a 10.000 euros la noche. Se limitaron a poner en práctica las aspiraciones de tantos, los mismos que miran el cuerpo sin fijarse en la cabeza. Resulta que cuando odiamos a alguien, odiamos algo que está dentro de nosotros. Qué cosas…

Ilustración: Riki Blanco

Mi nombre es Coque Malla

Y es que todas las giras acaban en Madrid, a pesar de que lo haga mañana en A Coruña. Así hemos ido avanzando en el oficio del teatro, un poco inconscientes y otro poco con ganas de librarnos —durante un mes solamente— del ¡un, dos, tres, cuatro! y ese rayo enviado desde el cielo por Chuck Berry. Porque lo que sucede en esa cámara oscura permanece suspendido en la mirada y la memoria, también cuando la luz se apaga. Quizás por eso deseamos regresar al único punto cardinal desde donde es posible matar a un león y verlo renacer con otras caras. «Extensión de la vida», dicen; también de la de un Coque Malla que se confiesa él mismo y al mismo tiempo todos los muchos contenidos en él.

Siempre solo, alumbrado y en penumbra, de negro hasta las botas, con Gene Kelly de telonero y West Side Story en las aceras del barrio de Las Ventas. Así vive un desarraigado que mira a América. Al volver a casa sólo piensa en irse otra vez, dejarse caer en los brazos de los suyos, que también son los del público, familia de cómicos todos ellos. Entre medias hubo varios naufragios, carne de serpiente y la soledad que contagian las calles inundadas de gente que sonríe.

Algo ha cambiado a lo largo de estas semanas de trabajo. Se instaló un ritmo, el del escenario, claro. Y sí, el nombre, el talento y el esfuerzo del autor son los que llenan las butacas cada tarde, sin embargo el hilo invisible de Patxi, Txisko, Fernando, Jose, Valentín, Beatriz, Miquel, Felipe, Javi, Isa, Pat y Morgan sutura las bambalinas, acota la escena y sirve de telón de fondo y forma. Todo fue accidental, que no accidentado, y por eso fue un privilegio formar parte de la mentira más maravillosa. Gracias, Coque; bienvenidos al teatro.

Ilustración: Valentín Álvarez