Distanciamiento social de por vida

A veces, la vida se interpone y otras nos da la clave. El caso es que ahora que el distanciamiento social es necesario y parece integrado en el sentido común de la mayoría hay una conversación que se multiplica en mis escasas interacciones diarias con la mal llamada ciudadanía: ¿y si mantenemos ese alejamiento para siempre? En realidad, tampoco perderíamos tanto porque, mal que nos pese, desde el momento en que nacemos, comenzamos a tomar distancias, a enrocarnos en nuestros prejuicios, a ser, en definitiva, más nosotros sin rastro del resto.

Por supuesto, nada de lo expuesto anteriormente va en contra de seguir cuidando de amigos, novios y parientes, de las plantas que florecen en los balcones, del podenco y la hormiga, pero siendo más conscientes de que necesitamos menos contactos y más personas. Al fin y al cabo, ¿era necesaria una pandemia para llegar a esta conclusión tan líquida?

La respuesta varía en función de cada uno. Sin embargo, teniendo en cuenta que vivimos una media de 78 años e interactuamos con 3 nuevos seres humanos cada día, y un año equivale a 365 días —a excepción del 2020 que viene de bajón—, obtendremos un total de 80.000 encuentros. Pueden parecer muchos. Otra cosa es cuántos de ellos dejan huella en nosotros. O mejor aún; ¿qué es lo que dejamos nosotros? Historia. Escoria.

Ilustración: https://www.quintbuchholz.de/

Madrileñofobia

La madrileñofobia no es de ahora. Madrid siempre ha ‘sufrido’ las consecuencias de ser la capital de un país repleto de capitales de provincias, un honor que, en términos reales, no significa nada más que mayores índices de contaminación, contagios y la creencia —a veces infundada— de ser el sitio en el que dormir si queremos soñar en 3D. Y es que siendo niños íbamos al pueblo y los locales ya nos recibían con un sonoro «¡madrileños de mierda!», quedando inaugurada la temporada de Frigopies y Aftersun.

La cosa tampoco mejoraba en mi ciudad natal, pedanía con olor a purín en la que cada fin de semana los hosteleros contaban billetes a la velocidad de animadversión hacia el de más afuera, como si venir del otro lado implicara llevar la letra escarlata del chulo en la frente. Yo miraba a esos madrileños y no les veía nada raro, aunque siempre se movían bajo una nube de inseguridad hecha boina y la certidumbre de que por cada mil personas hay diez gilipollas. Como en todas partes.

Ahora la España herida tampoco los quiere. Quizás porque está frágil, quizás porque la enfermedad nos ha hecho ahogarnos mar adentro, entre el trigo y el táper, olvidándonos de que cuando la ciudad termina, ahí empieza el campo, su némesis y también complemento. Es extraño que, precisamente, en los espacios más abiertos se siga apelando a una diferencia que no es más que miedo en descomposición. Nací en Segovia, pero soy madrileño con acento de la rue des Maraîchers. Y así pasa con todos, aunque se nos olvide en esta nueva anormalidad.

Ilustración: Marigundez

Día de la música sin conciertos

Así es. Este 21 de junio de 2020 es un día atípico por lo de ser domingo de música y sol… sin conciertos. Porque así son las cosas ahora y, mientras seguimos buscando una solución presencial para los actos que se nutren de la congregación de masas, la música florece en interiores, bajo la atenta mirada de oídos pintando melodías, de un nuevo disco de Bob Dylan, del silencio hecho canción de tres acordes y un recuerdo.

Hablé con Santa Cecilia para preguntarle cómo está. Me respondió que bien, progresa adecuadamente en su refugio, entre liras y lirios, y ve con buenos ojos los conciertos enterrados en el coche. Aunque sea un poco fúnebre. Será porque la música para ser música solo necesita de una persona al otro lado, una caracola, un motor y un técnico capaz de hacerle justicia.

Hoy es el día del arte de combinar los sonidos en una secuencia temporal atendiendo a las leyes de la armonía, la melodía y el ritmo, «de la arquitectura del sonido», de «la gimnasia del alma», de esa «máquina de matar fascistas», de «aquello que empieza cuando acaba el lenguaje», de lo que tú quieras que sea. ¡Que vuelva pronto al escenario triste de este mundo raro!

Ilustración: https://martinawald.com/

Mi nueva adicción: el gel hidroalcohólico

Fue una señal. Ahí estaba, solo entre una multitud enmascarada y expuesto en el pasillo del Carrefour, junto a los desodorantes que abro y no compro y el champú anticaída tamaño familiar. Recipiente cilíndrico con el tamaño justo, aderezado con aloe vera. El más caro y, por supuesto, inflamable. Lo introduje en el carrito como si se tratara de nitroglicerina y desde entonces, y como he dejado la Voll-Damm, se ha convertido en mi obsesión. Así es, lo reconozco; estoy enganchado al gel hidroalcohólico.

A diferencia de las reclusas de la prisión Brians 1 de San Esteban de Sesroviras, no me conformo con mezclarlo con Coca-Cola, sino que en mi afán de estar desinfectado 24/7 lo utilizo a modo de lanzallamas para depilarme los brazos, limpio el parqué de roble canadiense con una solución salina de Don Limpio y un dedal de pantenol de quemar para después, una vez seco, olerlo como un perrete en celo. ¡Y cómo me quedan las gafas! Incluso he descubierto que disuelve el Super Glue adherido de por vida a las yemas de mis dedos mustios.

Y no solo está el vicio y el hecho de que aspirarlo profundamente relegue a un pegote de wasabi en las fosas nasales a una broma del Este, no. Además ahorro agua y protejo el medio ambiente; vivo una vida ebria; la gente es más interesante; hay menos imbéciles en las terrazas y por fin estoy intoxicado de juventud oliendo a lo que huele el codo de una enfermera. Atravieso el espacio. Por fin hago caso a mi madre y me acabo el hígado. Soy hidrofeliz.

Ilustración: https://weheartit.com/

Tomar el sol en el ano no es bueno

De todos es conocido —y si no ya es de dominio público— que tengo una fijación extrasensorial por el ano y sus derivas. Lo considero un órgano básico a la altura del pelo y la amistad, un elemento relegado a espacios que no le corresponden, entre el calzoncillo de oferta del Springfield y el pudor a asumir que está más cerca del corazón de lo que en principio podríamos creer. Así es como, gracias al tiempo extra cortesía de Bill Gates, esta mañana he decidido incorporar a mis baños de sol una nueva práctica: el saludo al astro con el culo en pompa.

Tengo que reconocer que la experiencia ha sido muy decepcionante. Dolor lumbar al situar mis piernas en uve minúscula y mi barbilla sobre un esternón convertido en cilicio, movimiento errático del helicóptero de la Guardia Civil y la sensación de que la luz no puede penetrar allá donde la penumbra palidece. No sé, según Ra of Earth, gurú de las terapias absurdas, la luz solar posee excelentes cualidades germicidas… y yo soy un aventurero.

Por lo demás nada de lo que preocuparse. He tomado precauciones para evitar convertir el perineo en un asado argentino y con practicarlo una vez me da para toda la vida. Eso sí, quería aprovechar estos momentos de confusión generalizada para recomendar a los usuarios de vitamina D que lo hagan tumbados sobre la hierba, montando en BiciMAD o simplemente siendo responsables diez minutos en un mundo que cada día se parece más a un agujero negro. Feliz día mundial de la lucha contra la desertificación y la sequía anal.

Ilustración: https://www.kineandersen.com/

El recurso del demonio

No podía ser de otra manera. El cardenal Cañizares, Jorge Fernández Díaz, José Luis Mendoza —en realidad son la misma persona con distinto hábito—, sin olvidarnos de Bunbury o Miguel Bosé en plena menopausia. Todos ellos han terminado recurriendo a la figura del demonio. La trilogía del Opus en su forma más sulfurosa; los dos cantontos en su versión más fieramente humana. Y es que cuando la vida alcanza nuevas y sobrenaturales cotas con cada café, el demonio sirve para contar estrellas. Vamos, que es el único que nos permite darle sentido a esta película con cara de mal sueño.

Siento decepcionarles y mucho menos llevarles la contraria, pero por desgracia la realidad resulta algo más complicada. De hecho, la fascinación por Belcebú, Satanás, Bill Gates, Lilith o simplemente diablo cabrón viene de lejos y llevó a la hoguera a Juana de Arco y a miles de personas —muchas de ellas mujeres— acusadas de brujería, portadoras de un mal fario que no es más que un torpe intento de acomodar en el raciocinio el pensamiento mítico, cargado de dogmas, versículos y misas de doce.

Así el Maligno nos manipula para conseguir sus oscuros fines. Está claro que como montaje es inapelable. Los humanos se equivocan porque toca, rezan un padrenuestro para purgar la pena y buscan un culpable ahí fuera que les sirva para aliviar una dolorosa carga, la inevitable certeza de que «el mal no es lo que entra en la boca del hombre, sino lo que sale de ella».

Ilustración: http://1000dessins.com/

Por un viernes sin piropos callejeros

Desde hace semanas se ha instalado en muchos hombres la creencia de que la vuelta a las calles significará tres cosas que en realidad son dos: disfrutar del verano a tope de gama, el regreso de la piel y los escotes en aceras y terrazas y un montón de mujeres ávidas de sexo tras un tiempo de encierro y castidad P2P. Pensar en ese posible escenario les brinda la oportunidad de encontrar el paraíso perdido en la tierra, aunque ahora exija llevar mascarilla a todas horas. Incluso durante el coito.

Así es como en mis paseos vespertinos del despacho al Carrefour vengo observando determinados comportamientos entre la facción masculina que afloran con más fuerza que nunca. Los «oye, guapa, ¡cómo te quedan esos shorts!» se alternan con un «¡joder, qué bien hueles, reina!», y los viejos que se dan media vuelta y resoplan ante el paso de una estudiante de psicología proliferan al ritmo con el que las calles recuperan el aspecto de siempre, el de espacios comunes donde muchas mujeres no parecen sentirse nada cómodas.

Por fin es viernes. La promesa del fin de semana nos alegra un poco esta semana zombi y quizás sea el momento idóneo para recordar a todos esos usuarios del piropo callejero que se abstengan o utilicen las normas de distanciamiento, precisamente para dar rienda suelta al verdadero sueño húmedo de ellos y ellas: el halago siempre sobra y más si no es pedido; en la cama también se folla con palabras. No seas imbécil y cállate.

Ilustración: https://www.redbubble.com/

La señorita Escarlata en el fondo del río

Ha sido un efecto dominó de fichas segregacionistas. Comenzó con una rodilla blanca en el cuello de George Floyd seguida de varios grafitis en el monumento de Robert E. Lee en Virginia y en la estatua de Frank Rizzo en Nueva York. Después las protestas saltaron el Atlántico y la versión en bronce de Edward Colson terminó en el fondo del río, el rey Leopoldo II decorado con un “perdón” en letras góticas, hasta llegar a la retirada de “Lo que el viento se llevó” del catálogo de películas de HBO. Dicen que eliminar estos símbolos implica la evolución de la sociedad. No estoy de acuerdo.

La búsqueda de justicia social se impone al juicio y, de pronto, confundimos tótems con patrimonio, monumentos en honor al pasado con la retórica del presente y sus ideas. De esta forma, es necesario sustituir las recreaciones de regímenes dictatoriales o racistas por otras en consonancia con una sociedad líquida y que hoy demuestra que los trucos de magia y furia no son la solución. Mejor buscar otros emplazamientos, cerca del cementerio o en un baño público.

Y es que todo pasa por la creación de nuevos espacios en los que no exista el debate, sino una contextualización del ayer con las miras del 2020, en las que un negro muriendo ante millones de personas pueda convertir el Valle de los Caídos en un recuerdo del horror y no en lugar de peregrinación para nostálgicos. Lo mismo sucede con el cine. Resulta que Hattie McDaniel, la sirvienta de la señorita Escarlata, fue la primera actriz afroamericana en ganar un Oscar. Y así se cuenta la historia.

Ilustración: http://www.vanityfair.com

Mirada y locura pospandemia

Ahora que las aguas de la enfermedad comienzan a bajar de nivel y un cocodrilo navega por el Pisuerga es el momento idóneo para sacar conclusiones respecto al estado mental de nuestros parientes, amigos y rivales más cercanos. Y no nos dejemos engañar por las manifestaciones contra el racismo y esas terrazas gang-bang convertidas en la nueva fórmula del ocio moderno. No. Como decía Sartre, «el infierno son los otros», y solo aquellos que han pasado un confinamiento similar al de los últimos días del rey emérito en República Dominicana son capaces de ver todo el daño… sin ser vistos.

Gracias a esa mirada cargada de prejuicios nos damos cuenta de que ya nadie publica fotos con perros o erizos, Pelayo y su jauría de ‘influencers’ parecen menos necesarios todavía, las dietas son un invento del pasado respecto a un verano sin brindis playeros y las cacerolas dejaron de sonar al ritmo con el que los percusionistas consiguieron sus objetivos. Será porque la libertad es ahora un concepto impersonal y transferible.

En cuanto a mis amigos hay de todo. Algunos han salido a la calle más botijos pero con calma en los ojos, otros se abrieron una cuenta en Tik Tok o siguen creyendo en su avatar de Facebook y una gran mayoría simplemente son más viejos. Ahora bien, si la locura es la norma en las grandes ciudades, las redes y la política, ¿por qué es algo raro en uno mismo? Lo descubriremos en el próximo rebrote… de demencia.

Ilustración: Daren Thomas Magee

Maldito cáncer

Hoy ha muerto Pau Donés. De cáncer. Una vez más. No le conocía. Tampoco me gustaban sus canciones a excepción de aquel verso ahora profético en esa canción única: «Puede que hayas nacido en la cara buena del mundo, yo nací en la cara mala llevo la marca del lado oscuro». Sin embargo, conozco bien los estragos de una enfermedad que reduce la carne y las ganas a un hilo de voz, que termina convirtiendo a los miembros de la familia en otro paciente, en casa, en el hospital, durante las horas de espera en vida. Por eso su muerte me entristece. Mucho.

Hace una semana lanzaba un vídeo en el que se mantenía en pie con la ayuda de un taburete. A pesar de los efectos devastadores del tratamiento parecía empeñado en seguir dando conciertos, mostrar el rostro amable de una prueba contra el tiempo que es inventado, como si seguir dando cuerda a un sistema perfecto y defectuoso fuera razón suficiente para reír y respirar. Y eso es digno de admiración. Máxima.

Recuerdo que todos supimos que padre se moría en el momento que dejó de tocar la guitarra. Hoy se va Pau Donés y lo hace como vivió, quitándole hierro a una vida bien usada porque quien canta sus males espanta. Has sido un buen ejemplo para muchos sin quererlo. Buen viaje, compañero.