La ¿canción? más fea del mundo

«Dios se lo debe todo a Bach. Su música es la única razón para pensar que el universo no es un desastre total». Con estas palabras —certeras como pelotas de goma chocando contra córneas chilenas—, Emil Cioran enhebraba la capacidad de ciertas obras para hacernos sentir la epidermis que envuelve el secreto, cosmos en las fronteras de un cuerpo que necesita creerse inmortal para seguir latiendo.

Lo que nadie pudo prever entre tanto latido y polvo de estrellas (sin condón) fue la existencia de un reverso tenebroso, ejército malvado de canciones que, paradójicamente, son aceptadas por el gran público, como si de alguna manera el horror también fuera inherente a la música… con posibilidades de éxito masivo. ‘Sopa fría’ de M-Clan, ‘Mi persona favorita’ de Alejandro Sanz, todas las de Bisbal y Bustamente, tal vez ‘Yo no debí enamorarme de tu madre’ sin tal vez…, y sin embargo, un solo “cansautor“, con esa pinta de modelo de LISTERINE® y la muñeca envuelta en oro de 24K, ha conseguido dividirse en dos: Príncipe de las Tinieblas y Embajador del Miedo Asturiano. Hablamos, como no podía ser de otra forma, de Me-lendi y su ‘Sara-luna‘, la ¿canción? más fea del mundo.

A los que no hayan escuchado les recomiendo huir y no parar de mover las piernas hasta el próximo planeta, a poder ser uno con atmósfera anecoica. A los que la corearon en pabellones querría preguntarles si la mejor parte es la de «Sara con grandes esfuerzos conseguía a duras penas cursar una enfermería», el stacatto de violines, el coro gospel seguido de solo de guitarra muy eléctrica o lo de «mientras Luna y sus excesos acababa con sus huesos siempre en la comisaría». En resumen: un tema escrito por un carbayón iconoclasta con el coraje suficiente como para terminar mezclando a Manowar con la sintonía de “Hospital Central“, el único bebedor de sidra capaz de aceptar que «al final, cada uno se agarra como puede a su mala estrella». Y el orbe sigue girando a pesar de los esfuerzos de Melendi para acabar con él.

Fuck Vox, trátrá

Con estos dos palabros —un acrónimo anglosajón seguido de un eructo— Rosalía no solo ha conseguido irritar a las milicias del tercer partido más votado en las elecciones, sino que de manera diáfana vuelve a blandir sus uñas de grizzly en un momento en que la mayoría de músicos prefiere guardar silencio, quizás por precaución, quizás porque eso les impediría firmar contratos veraniegos en los ayuntamientos más fachas del país.

Porque ahora, y de una vez por todas, es necesario cerrar filas contra la intolerancia, tarea titánica para un colectivo con el individualismo como bandera, antítesis de un modelo a seguir —reconozcamos que los músicos, y por ende la música, importan más bien poco— pero al que se presupone una mayor sensibilidad, ciertos valores inclusivos rubricados en estrofas de tonalidades mayores, estribillos que riman con algo parecido al amor, puentes “da capo al coda”, y esa necesidad de compartir con muchos el fruto nacido en soledad, pequeño fuego, chispa brillante, la única casa del barrio con las puertas abiertas de par en par.

Repite conmigo; Fuck Vox por seguiriyas y al “traptrán”. Y de pronto uno se queda más tranquilo. Escríbelo en tu muro acompañado de una sonrisa, con la seguridad que confieren las palabras cuando sirven de muralla frente al odio; píntalo en los pasos de cebra, justo al lado de esos poemas tan chungos a lo Elvira Sastre; propaga el “whatsapp” que sofoca el incendio; disipa el humo negro soplando contra el viento. Y recuerda: las palabras curan el miedo, la música y la razón fueron, son y serán la muerte del fascismo.

Pelo

El pelo es un misterio. Y no solo porque su importancia sea inversamente proporcional a la función físiológica que cumple, sino porque poco a poco —los turcos son los principales responsables de esta deriva— ha ido adquiriendo una dimensión que lo envuelve todo, portería de Casillas incluida, superando al falocentrismo e incluso al amor o la amistad. Ahora un pelo vale un euro y cuanto menos tienes mayor es la pena que arrastras, como si de alguna manera su pérdida diaria implicara despedirse de la testosterona y por lo tanto de la dignidad humana. ¿Un presidente del gobierno calvo?… ¡Dios, qué asco!

Y la cuestión capilar viene de lejos: Sansón humillado por Dalila y la tijera, Medusa y sus siseantes víboras pilosas, Jesús de Nazaret a la diestra del padre con vello largo e hirsuto, Lady Godiva compitiendo con Rapunzel para dirimir quien de las dos lo tiene más largo y brillante, el de Brad Pitt y Coque Malla a los veinte, treinta, cuarenta, y los cincuenta… en fin, que si pretendemos proyectar confianza en nosotros mismos todo rima con cabellera. Además una hebra de carbón, oxígeno, nitrógeno y sodio nos aferra a la juventud, incluso si blanquea, impone respeto, levanta sospechas entre los envidiosos y se infla como un pulpo al darle con el secador… bien caliente.

Coco Chanel lo sabía mejor que nadie al afirmar aquello de que «una mujer que se corta el pelo está a punto de cambiar su vida» y a nadie se le escapa que los pelirrojos son castaños cuando sus ingresos superan los 50.000 euros al año. El puto pelo es alegría, salud por la privada, dinero, sexo tirante y ardor, y entre el bebé que fuimos y el viejo que seremos solo hay un espacio de tiempo con peinado a la última. Palabra de Oscar, mi peluquero, mi confidente, mi bastón, mi vida.

Ser facha está de moda

De todos los gustos, costumbres o usos, o conjunto de ellos, propios de un grupo, amplio como un país cansado o marginal como club de intercambio, hay uno que arrasa en los escaparates más casposos de la sociedad española: ser facha está de moda.

Primero porque ya no sabemos muy bien si un facha es una persona-bestia de derechas, o si en cambio debemos incluir en el intento a los admiradores de un régimen autoritario, aunque no todos ellos sean regímenes fascistas, o reducir el espectro y considerar a aquellos que se masturban con banderas y el rostro del dictador mudado, y que si Primo de Rivera no lo era pero a veces Rivera se comporta como uno… en fin, un puto lío. En segundo lugar, y dado el grado de confusión inherente al término, es habitual aplicar la palabrota a los veganos, a las feministas de pelo en las piernas y pubis rapado, a Mario Vaquerizo en su versión menos lúdica, al albañil desencantado y al director de empresa con agendas de bolsillo en lugar de tablas de Excel, o simplemente a todo porque, admitámoslo, hasta las plantas y las estrellas del reguetón son fachas por negarnos el oxígeno y la luz por las noches.

Escribo estas estupideces un día antes de conocer el resultado de las elecciones y sin ningún ánimo de predicción, pero no hay nada que me gustaría más que despertar el lunes y descubrir una sociedad que diferencia, sin un atisbo de duda, a aquellos que desean el bien común para la mayoría de los que promueven la desigualdad como motor del cambio. Ojalá ensalzar las diferencias que nos hacen únicos sea la nueva moda a partir de ahora. Ese sería el voto útil; la garra suave de un país apagándose lentamente.

Canto de amor y odio a España

En los próximos días nevará en las cotas más altas de la península, cientos de promesas morirán bajo fuego enemigo y los españoles seremos llamados a la reflexión. Cada uno en su casa, quizás en algún bar y Dios en el de todos, nos ofreceremos unos instantes de recogimiento antes de esquivar las hojas amontonadas en las aceras… para elegir al menos malo del distrito.

Lo curioso de este pilar gaseoso sobre el que se sustenta la tan manida democracia —invento que, al contrario de la dictadura, nos permite elegir antes de obedecer órdenes— es el imperativo de posicionarse contra el otro bando, avalar con votos las diferencias entre candidatos que emplean la crispación y el desencuentro como táctica frente a la razón y la esperanza, pensando para sus adentros que si amamos todos a una quizás sea posible odiar también.

Mientras tanto, y a pesar del empleo de corazones dibujados junto a los logos de cada partido —sean de la ideología que sean—, asistimos a la confirmación última de que la concordia no hace ganar elecciones y que, poco a poco, el gasóleo inflamable de medios de comunicación, la “posmentira” y la escasez de políticos íntegros han hecho me(tra)lla en todos los españoles. Los viejos dispararán a los de siempre, los de siempre no irán a votar porque es domingo y el voto se tornará en arrepentimiento al comprobar que España está en guerra sin empuñar las armas. ¿Dónde queda el amor en todo esto? ¿Cuánto cuesta entender que el odio no es una opinión? ¿Es posible depositar la paz en una urna? La respuesta no llegará el domingo. Y así nos va.

Venga, un capítulo más y ya…

Con este mantra tan falso como el abrazo de un músico comienza la experiencia más parecida a ingresar en un convento de clausura que se pueda experimentar en el mundo moderno. A partir de ahí la vida adquiere la forma de una carretera perdida, el aislamiento se sobrelleva con la ingesta irresponsable de alimentos procesados y el tiempo es entelequia, ocio en vena.

Llegan los títulos de crédito y la duda se apodera de nosotros mientras iniciamos la cuenta atrás: 9 segundos y las sienes nos palpitan; 8 segundos y percibimos en las fosas nasales los dos días sin ducharnos; 7 segundos y los propósitos del tipo «este es el último, ¡lo juro!» se acumulan en la cuenta de usuario; 6 segundos y bueno, tampoco pasa nada por echar otra hora delante del ordenador, solo son las tres de la mañana… así hasta perder la guerra una vez más. La diferencia se encuentra en el adversario, y al sargento Hartman le substituyen ahora Carrie Mathison y John Selby, Eleven y el monstruo baboso, Jon Nieve, un enano y el reactor número cuatro de Chernobil.

Porque es imposible renunciar a ver seis temporadas de golpe cuando el horror campa a sus anchas ahí fuera, porque mejor soñar mientras la incertidumbre de la crisis y el desamor amenazan con despertarnos de la siesta, porque nunca fue más fácil convencerse de que empalmando series en streaming llegaríamos a alcanzar una felicidad que parece poder estirarse mientras haya conexión a Internet, hasta el infinito y con manta. No nos engañemos; tener el poder de elegir no significa ser capaces de imponer nuestra voluntad… y así comienza un nuevo capítulo. PRINCIPIO.

Nadie lo va a petar

De entre todos los malentendidos que experimentamos cada día, penurias cíclicas entre el despertador de las 06:45 mañana o esa infructuosa búsqueda del amor por miedo a morir solos, el éxito ocupa un lugar de excepción, la última habitación con vistas a la sombra de la montaña. Y con esto no me refiero al escurridizo origen de la palabra en sí —exitus en su versión latina y traducida como fin o salida—, más bien a la imagen proyectada por aquellos que parecen haberlo tocado con los dedos… como si triunfar viniera de la mano de una horda de palmeros y un filtro “Rise” en Instagram.

La cuestión es que cada día escuchamos aquello de «buah, esos tíos están arrasando» o «son el grupo del momento», hipérboles que ponen en evidencia la realidad de las cosas. A partir de ahora nadie lo va a “petar”, precisamente porque en la era del 5G la fama dura menos que los 14:59 minutos establecidos por Warhol y, debido a los infinitos canales de propagación, ni siquiera da tiempo a disfrutarla por considerarse, en cualquier caso, merecida. ¿Y qué decir del daño que provoca o del olvido al que son sometidos los eternos aspirantes?

Es muy probable que la clave del fracaso sea agradar a todo el mundo, intentar forzar el encuentro entre preparación y oportunidad, olvidarse de que, excepto la fealdad, al final todo termina precipitándose contra el suelo y sea necesario enseñar en los colegios la única lección de veras importante: “triunfar” —sinónimo de castillo en el aire— conduce a la senda del perdedor, aterrizaje forzoso de ese rayo que no cesa.