Recuerdo mi primera fiesta en la Mansión Playboy

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Fue una mañana del  6 de junio de 2015. Mi amigo B (mantendré su nombre oculto para evitarle problemas: está casado y tiene dos preciosos niños color moqueta del Ministerio de Fomento) me recogió con su Porsche 911 Carrera descapotable de “alquiler”  frente al muro de piedra de UCLA, justo en mitad del cruce de Veteran Avenue con Sunset Boulevard.

-What’s up, bro!! Ready to bunny bunny?- gritó desde el asiento del conductor mientras yo me aseguraba de que aquello no era una broma.

Se había puesto pelo para la ocasión y su piel brillaba como el anillo de boda de la mujer de Messi. Yo iba vestido de raro, mitad Jared Letto pero con gorra de los Dodgers y mitad millonario excéntrico con problemas de vestuario: PURO USA MADE IN L.A.

Recorrimos Sunset Boulevard escuchando “Bad Blood” a toda hostia y a la altura de South Beverly Glen Boulevard, B dio un volantazo, casi nos ponemos a dos ruedas, miramos a los ojos del sol y en Charing Cross giramos a la derecha. En el 10236 estaba el centro del universo que, para los que no lo sepan todavía, tiene forma de conejo: LA MANSIÓN DE PLAYBOY, repito, LA PUTA MANSIÓN DE PLAYBOY.

A partir de ahí comenzó un viaje que es una mezcla de cloro, champagne del caro, bronceador, conversaciones con un Brett Michaels que hablaba perfectamente español mientras tocaba el culo de la diminuta pero espectacular Shelby Chesnes, “Playmate Julio 2012″ (en plan colegas, claro, porque en esta jurisdicción el sexo oral no es sexo sino entretenimiento…como hacerte una piña colada, vamos), el stripper negro Maximus Playboy tocaba el piano sin manos y con botas de cuero hasta la rodilla, 50 Cent me miraba de manera sospechosa (es gay) al tiempo que buscaba el teléfono de inmigración en su bolsillo tejido con cristal Swarovsky y mi amigo B desaparecía bajo la cascada de la piscina con un par de mujeres que flotaban sin la ayuda de colchonetas. Muy extraño todo. A eso de las 16:00, tras horas bajo el sol angelino, me comí con ansia un cocktail de gambas con palitos de cangrejo escondidos en montañas de salsa rosa y me sentó fatal. Resultado: pasé tres horas sentado en uno de los diez baños de mármol decadente de la casa de Hugh. Ahí pude reflexionar y fijarme en varias cosas:

  • Había cestas repletas de tampones de colores sobre el lavabo.
  • Todo era viejo y el papel higiénico raspaba.
  • Esta era la casa de un viejo que vivía con rubias de bote en un espacio que parecía un piso grande de estudiantes.

Ahora que Hugh ya no está con nosotros puedo hablar de ello abiertamente: nunca tiré de la cadena.

Ahora descansa, querido. Allá donde estés. Mi vida sexual comenzó con una revista tuya entre las manos con Sharon Stone en la portada y acabó en esa baldosa en la que Isabel Preyler nunca pondría un pié  (y eso que le van los mayores y decadentes…)

 

 

 

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