¿La selección nos representa a todos?

La verdad es que Uribes, flamante ministro de fútbol y toros, es un genio. Después de castigar al sector con una sucesión de declaraciones dignas de un portero (de discoteca), ahora se desmarca con otras que van más allá del fuera de juego. Primera perla: «No estamos vacunando a los futbolistas, sino a los jugadores de la selección española». Para entender semejante titular tuve que recurrir a mi amigo Jaume Gelabert, lingüista y filósofo funky, que señaló la importancia de la pragmática, es decir, cómo el contexto influye en el significado. Para evitar la confusión lo más recomendable hubiera sido balbucear: «No estamos vacunando a los futbolistas, sino a los representantes de la nación». Se entiende mejor, ¿no? Otra cosa es estar de acuerdo. Pero es que este hombre piensa lo justo. Será por las zapatillas de tacos.

Segunda perla tras la confirmación de la vacunación exprés: «Lo hacemos porque nos representan a todos». En este punto cabría preguntarse por la palabra todos, pronombre indefinido masculino plural que indica la totalidad de los miembros de un grupo. En un primer vistazo, podría parecer una exageración, que lo de hacer patria con el deporte ya está muy visto. Aquí dejé en paz a Jaume y llegué a la conclusión de que es verdad. A los españoles nos gusta la juerga, saltarnos las colas, que nos eliminen pronto para seguir con las vacaciones y hacer de nuestro himno una bandera. ¡Oeeoeoeoeoeoeeee!

Mas allá de la semántica y el deporte algunos siguen empeñados en agrandar la brecha, privilegiar unas actividades sobre otras y convertir la vida en la Tierra en una broma infinita. Entiendo que, al final, los españoles se representan a sí mismos y el fútbol es mensaje, mensajero y pistola. Ya se encarga Uribes de hacer blanco donde más nos duele.

Ilustración: http://www.1000dessins.com

Gambito de dama

Hay que inventarse pasiones. Y da igual si éstas duran un bostezo o te entierran. Ahora, con eso de que Netflix propone entretenimiento masivo a precios de sillón-manta, le ha llegado el turno al ajedrez. Porque a pesar de que el gambito de dama hace referencia a los movimientos 1.d4 d5 2.c4 en los que el peón de alfil dama se ofrece para dominar el centro del tablero, la ficción lo anuncia como una de las series más populares de la plataforma. Para resumirlo y pasar a otra cosa: una chica prodigio con la cara de Willy Wonka encuentra la redención en el único deporte donde se suda para adentro, en plan Sánchez Dragó, pero sin dejar embarazado a nadie. De repente, lo viejo es tendencia y las partidas en línea compiten con los matchs de Tinder. No todo está perdido en 2020.

Solamente conozco a un amigo que juegue al ajedrez. Se llama Luis, gasta porte a lo Bobby Fisher versión gimnasio y me recomendó en su día comprar un tablero de madera, de esos que producen un ruido de cáscara de huevo cuando arrastras las fichas sobre la superficie. La cosa no termina ahí. De hecho, acaba de empezar. Declarada la guerra nos zambullimos en un universo extraño, socio del cálculo y las probabilidades y la vez sujeto a la impredecibilidad de las tormentas. Los más pequeños derrotan al todopoderoso, la reina impone su ley frente a un monarca estático, la torre antes que el alfil, y mientras tanto los caballos cabalgan por la galaxia de nuestra cabeza. Eso sí, el mundo se detiene al mover.

Es a base de jugar partidas cuando comienzas a entender que el ajedrez se parece mucho a meditar, una suerte de hipnosis con accesorios. Simplemente intercambiamos la nada del ser consciente por el todo dinámico, los pranayamas por el último aliento, el reino en juego por el juego del día a día. Así son las pasiones de la vida moderna, exactamente las mismas del siglo VI; así es el ajedrez cuando le extirpan el cine e imita a la vida y la muerte, al blanco y al negro, a esa promesa que burla el algoritmo de la carne. ++.