La calle de Fernando Simón

Porque las cosas cambian. Así es como, después de meses tan raros, comienza a instalarse sobre Madrid un halo de vuelta a lo de siempre, con sus tiendas repletas de artículos inútiles, sus peleas entre ‘ubers’ y taxis y esa nube tóxica atravesada por un rayo de sol en dirección a un dry martini. La transformación no solo se aprecia en las calles, sino que le acompaña la nueva percepción de todos aquellos que estuvieron en primera línea. De esta forma, el efecto de Fernando Simón transfigurado en mosaico, obra del artista Basket of Nean, se replica en la política.

Ahora Almeida es una figura monumental tamaño madroño, Isabel Díaz Ayuso un mal sueño que genera pesadillas y el ministro Illa, con ese aspecto de funcionario de Administraciones Públicas, un hombre de acuerdos alejado del mal inherente al poder. ¿Y dónde está Gabilondo, aquel discípulo de Platón perdido en el foro? Será que Yolanda Díaz habla con la contundencia de un filósofo moderno y Javier Ortega Smith, madrileño de pro, solo sale para darnos pena. Y muchos añoramos a Carmena.

Ese parece ser el único premio del paso del tiempo: convertir a las buenas personas en obras de arte. A veces situadas en esquinas invisibles, otras junto a San Simón, el zelote dispuesto a entregar la vida por sus creencias, un poco como algunos de los nombrados sin la sombra de la religión. Por fin el doctor tiene su calle, por fin nuestra ciudad está a la altura de dos mayúsculos en este barrio de lágrimas: Simón y Nean. Amen. Sin tilde.

Ilustración: Basket of Nean

El escupitajo

Cuatro días a la semana salgo a montar en bici por Madrid. Antes me ajusto los vaqueros que convierten mi trasero en un melocotón, reviso el estado de mi camisa recién planchada y el casco regalo de Pablo Sotelo, y observo a la gente desde mi atalaya, una que se desplaza a la velocidad de esas motos eléctricas con dos ocupantes. En movimiento soy capaz de percibir otro ritmo en la ciudad, con sus peatones daltónicos, la ira de los conductores que vuelven a casa y el invento de una anormalidad más incómoda que la mascarilla que nos cubre la mitad del rostro.

El recorrido alterna el bullicio sordo del centro y termina siempre en la Castellana. Así es como el otro día, un Mercedes CLA azul me pasó a escasos centímetros del pedal para después salir disparado… hasta detenerse en un semáforo. Cambié de plato, me acerqué para increparle y el conductor que lo hacía rugir mientras jugaba con el móvil se bajó del coche.

Casi dos metros, ciento diez kilos de eslora, calvo con nuca poblada, camisa azul a rayas abierta hasta el ombligo, bandera de España en la muñeca y mezcla de sudor y Álvarez Gómez. Me enseñó una placa de la Policía, le dije que era falsa, lo era, me insultó, le llamé fascista, se quitó la mascarilla, di dos pasos hacia atrás por precaución, me escupió, no pude esquivarlo y desapareció de mi vida. El ciclismo es así. Como el amor y la distancia.

Ilustración: planetlanzarote.bigcartel.com

Madrileñofobia

La madrileñofobia no es de ahora. Madrid siempre ha ‘sufrido’ las consecuencias de ser la capital de un país repleto de capitales de provincias, un honor que, en términos reales, no significa nada más que mayores índices de contaminación, contagios y la creencia —a veces infundada— de ser el sitio en el que dormir si queremos soñar en 3D. Y es que siendo niños íbamos al pueblo y los locales ya nos recibían con un sonoro «¡madrileños de mierda!», quedando inaugurada la temporada de Frigopies y Aftersun.

La cosa tampoco mejoraba en mi ciudad natal, pedanía con olor a purín en la que cada fin de semana los hosteleros contaban billetes a la velocidad de animadversión hacia el de más afuera, como si venir del otro lado implicara llevar la letra escarlata del chulo en la frente. Yo miraba a esos madrileños y no les veía nada raro, aunque siempre se movían bajo una nube de inseguridad hecha boina y la certidumbre de que por cada mil personas hay diez gilipollas. Como en todas partes.

Ahora la España herida tampoco los quiere. Quizás porque está frágil, quizás porque la enfermedad nos ha hecho ahogarnos mar adentro, entre el trigo y el táper, olvidándonos de que cuando la ciudad termina, ahí empieza el campo, su némesis y también complemento. Es extraño que, precisamente, en los espacios más abiertos se siga apelando a una diferencia que no es más que miedo en descomposición. Nací en Segovia, pero soy madrileño con acento de la rue des Maraîchers. Y así pasa con todos, aunque se nos olvide en esta nueva anormalidad.

Ilustración: Marigundez

¿Qué harás después de esto?

Lo invisible nos ha despojado de lo superfluo. De pronto, caminamos desnudos, desde la salida del sol hasta el alzamiento de la luna, y nuestro día a día no es más que una solución acuosa en la que se disuelven varias ingestas de comida casera, tres botellas de vino y esa videollamada a casa de tus padres. Somos un experimento masivo; la placa de Petri es nuestra casa —conectada con el mundo 24/7— y su contenido un microorganismo de anhelos sin máscara.

A la pregunta «¿y tú qué vas a hacer cuando esto acabe?» todos los encuestados respondieron sin dudarlo, casi con prisa, anticipándose a un instante que fluctúa entre paisajes, pero cuyo es perfume es imitación de la vida en libertad. «Yo iré a ver el mar… sola» dijo Elena; «creo que me pondré las zapatillas de correr y bailaré toda la noche» suspiró Aida; «pedo de farlopa y birras» escribió en mayúsculas Mateo; «¡qué pereza salir de casa!» respondió Antonio con ese gesto suyo tan característico, entre peninsular e isleño.

Pensar en estas cosas con las UCIs en temporada alta puede sonar a blasfemia. Sin embargo, emancipados a puerta cerrada de todo inútil, la vida despliega su brillo de estrella vespertina entre las cenizas de un cuerpo inerte. Se acabaron los caprichos, la droga cortada, los grupos de música mediocres y los brindis. El futuro es una noche de agosto atravesando Madrid en bicicleta. Y la sangre huele a tequila, y el aire es una caricia, y la calle traspasa nuestro fino tejido de algodón… Todo llegará.

Madrid le costará la vida a Sabina

Hace años que Joaquín Sabina solo es noticia por sus problemas de salud. Desde el 14 de septiembre de 1999, fecha de publicación de un monumento sonoro bautizado con la antítesis “19 días y 500 noches”, el vecino más célebre de las noches de Madrid hace frente a la única enfermedad sin cura de la mejor manera posible: escribiendo canciones y cancelando conciertos ante el imparable efecto de la gravedad.

Los demás, inmersos en el mismo proceso, pero con algunos años de retraso—y por lo tanto de ventaja—, asistimos al declive de su voz preguntándonos si la culpa en realidad no será de él, sino de esta ciudad en permanente huida hacia el amanecer de la Gran Vía, con sus barras en las que se alterna un sol y sombra con la leche de soja, sus jóvenes (sin calcetines) en búsqueda de un mar convertido en anhelo inmortal con la muerte en ambulancias amarillas. ¡Y qué decir de sus servilletas por el suelo!

A pesar del lento progreso, “Pongamos que hablo de Madrid” suena distinta en 2020, precisamente porque la ciudad es perfectamente intercambiable por cualquier otra (pequeña) gran capital anuncio, de la misma forma que Joaquín es la inabarcable sombra de un hombre fino que continúa haciendo eso que ama por encima de la blanca y el tequila, de los colchones y el olvido… para no darle la razón a los espejos. Madrid le costará la vida a un tal Sabina. Mejor que nuestro héroe no se entere qué ha sido de ella.

El holligan que se hizo una paja en la Puerta del Sol

Hace apenas una semana, el oso que abanicaba con sus garras al madroño de la madrileña Plaza del Sol decidió abandonar la ciudad por razones políticas. En vista del giro brusco a la derecha de la derecha lo mejor era poner tierra de por medio, buscar un lugar recogido en la Casa de Campo, algo más silvestre en la futura destinación de todos los eventos progresistas que se celebrarán en Madrid a partir de ahora… excepto el fútbol.

En su lugar, y de grasa, cerveza y huesos, ha nacido un símbolo casi universal (ahora lo masivo dura menos que la primera mitad del LiverpoolTottenham), un símbolo de lo que el deporte rey puede conseguir cuando se lo propone gracias al rastro de dinero y destrucción que deja a su paso: Tom Hard, el calvo seguidor inglés que celebró la victoria de su equipo haciéndose una paja en el lugar más concurrido de la nueva colonia inglesa al sur de Londres y al norte de Despeñaperros, muy cerca del piso donde antes vivía un oso amante de la botánica.

Pude localizar a su madre, una ama de casa del mítico barrio de Childwall que se enteró de la noticia gracias a una vecina que ahora le ha retirado el saludo. La pobre Emily me explicó con lágrimas en la garganta —la conversación se limitó a un frío intercambió de notas de voz— que el chaval había estado esperando este momento desde 2005, y que claro, hacía calor, la gente se quitaba la ropa, había música, alcohol, alguna droga de diseño, la calle era un fiestón, los vecinos no podían echar la siesta y que bueno, que son jóvenes y enérgicos…

Resulta que el fútbol es un juego que inventaron los ingleses, que los brasileños practican como si se tratara de un coito y en el que el domingo perdieron los madrileños que viven en el centro y en las inmediaciones del Wanda. Eso sí, si para defender los derechos y las libertades te tienes que hacer una pajilla, pues te la haces y punto. Todo en el nombre del fútbol.

Carmena perdió Madrid porque estábamos de terrazas

Madrid ha sido siempre, desde su nacimiento como puesto de vigilancia construido por el emir cordobés Muhhamad I a orillas del Manzanares a su actual reconversión en metrópolis con maneras de pedanía, una ciudad vibrante, de luz amarillenta y avasalladora, pero principalmente una ciudad de todos.

Mira a tu alrededor y encontrarás piernas y brazos tatuados, universitarios en chandal, hombres maquillados como Ru Paul de resaca, viejos en traje increpando a las bicicletas que no paran en rojo, patinetes rapidísimos, gente ruidosa y con la capacidad de hacerte sentir uno más sin dejar de ser uno menos… en el caso de que decidieras marcharte a Alpedetre y bajar solo durante la semana del Orgullo Gay, bares, mujeres que sonríen sin razón aparente, más bares, bolsas del Primark, más bares con terrazas en lugar de aceras, y una sensación de precariedad encubierta por nubes de risas y dióxido de carbono en los días sin viento.

Bueno, pues sus habitantes, entre los que hay un 4% más de mujeres que de hombres y que sobrepasan los 6 millones y medio con un predominio evidente de edades comprendidas entre 35 y 50 años, han votado mayoritariamente a Carmena que a su vez debe de abandonar la alcaldía porque la derecha unida jamás será vencida. Y este resultado, una carambola más de un invento imperfecto llamado democracia, ha sido alentado por el optimismo que se vivía en la ciudad desde las elecciones generales del 28A. Desde entonces nos hemos venido relajando, saboreando una cerveza con giro a una izquierda fracturada que veía posible impregnar las instituciones públicas con el espíritu de la calle, entre influencer y con boina.

El domingo lo pasamos genial en una terraza de Lavapiés, con los colegas, brindando y de buen rollito, haciéndonos fotos, todo temazos, hablando del Tomavistas y de las ganas que tenemos de que llegue el Mad Cool… y hoy, lunes, Madrid es de derechas, tierra de mercenarios y fascistas, un poco como siempre, pero más triste… ¡Ay, Carmena!

El único consuelo es que a partir de ahora podremos ir con “pistolita” por el centro.

Vecinos de Madrid: ¿de verdad os gusta la calle Ponzano?

Vivo horrorizado. Y no precisamente por vivir en Madrid, una ciudad que comparte muchos puntos en común con un pueblo —tipo Zamarramala—, con sus comercios de proximidad, sus paisanos de barra fija que te saludan con la cabeza al pedir café con torreznos en el bar de abajo, sus aceras anchas y ese aire puro e inconfundible procedente de la Mujer Muerta.

Malasaña es un desfile de modernos clónicos y crónicos, el barrio de Salamanca una marca de dentífrico con efecto blanqueador extra, Moncloa un hervidero de hormonas en cuadriga y carpetas forradas de fotos de Taburete, Vallecas el centro del universo, Arganzuela, Chamartín y Tetúan ni idea porque nunca he ido, Retiro es ideal para el cruising y sin embargo todos ellos son maravillosos en comparación con la calle Ponzano, en el desmilitarizado barrio de Chamberí.

Venid a comprobarlo. En esta calle no solamente hay bares prefabricados en serie y un supermercado, con la excepción de La máquina, El Decano y El Fide, sino un movimiento especulativo dedicado a la apertura indiscriminada y diaria de agujeros —se rumorea que el hijo de Aznar está metido en el ajo— que proporcionan mala música y entretenimiento todo a cien para gente de aspecto muy definido: no son pijos, ni de derechas, visten chalecos y buenos vaqueros, mocasines sin calcetines y perfumes de cuarenta euros, fuman en la calle, se tragan el humo y tiran las colillas al cenicero, hablan separando poco los dientes y entregan sus llaves al aparcacoches y sin embargo, ninguno de ellos parece ser consciente de formar parte de un plan malévolo para saturar el mercado, desterrar las tiendas de toda la vida e implosionar, dejando una estela de nada, un rastro de humo, un cráter.

No lo sé, quizás sea la edad, y que la palabra ponzaning me produce la misma grima que ver a Rivera, Abascal y Casado copulando juntos pero no revueltos, y sin embargo yo quiero un barrio con gente un poco menos de mentira, lo justo para no perder la esperanza en el género humano, ese que se divierte, disfruta y se levanta con resaca pero que sabe que las cosas de verdad merecen si no mantenerse al menos no ser olvidadas.

Qué pereza, ¡que me devuelvan el dinero que nunca tuve!