Las mujeres y el vello: historia de una manipulación

Resulta que la turbulenta relación de hombres y mujeres con el vello se remonta a épocas previas al afeitado brasileño. Ya en la era de los mamuts, ellas se cortaban el pelo con piedras para evitar tirones inoportunos en los enfrentamientos entre clanes y minimizar así el riesgo de congelación. Deberían pasar algunos años para que se intercambiaran cantos por conchas y, siguiendo la tendencia prêt-à-porter impuesta por Cleopatra, surgieran las primeras ceras para eliminarlo completamente, a excepción de las cejas y la perilla del dios Amon.

Y el tiempo pasa, las civilizaciones se destruyen y con los romanos se imponen los conceptos de limpieza y clase… asociados a la depilación. Por supuesto, ellos podían elegir entre el estilo Don Draper o comando, hasta tal punto que el emperador Lucio Vero Antonino lucía el mismo aspecto que Jared Leto un domingo cualquiera. Era hombre, y además Dios. Primera gran contradicción.


Con el siglo XV se impone la libertad en pubis y piernas por la simple razón de que el cuerpo no se viste, sino que se decora con largos jubones, casacas mangas abullonadas y colas que convierten a las mujeres «en animales fangosos en verano y polvorientos en invierno». Por supuesto, las cejas al cero. Las de ellas, claro.

1700 y las primeras cuchillas para hombres; 1915 y un tal King Camp Gillete cambia la piel del mundo incluyendo a las esposas en su “Milady Decolleté”; la primera campaña contra el pelo en las axilas; la humedad y Betty Page; Marilyn y sus piernas de seda; la minifalda, el bikini y el bañador carne de Bo Derek, y adiós al pelo y a la libertad de mostrarse a los demás como a una le venga en gana

Mujeres del mundo, celebrad vuestra belleza, con o sin vello. Ha costado, pero es un hecho: por fin donde hay pelo hay alegría.

Los gatos de las mujeres con gatos

Desde tiempos inmemoriales, los gatos y las mujeres han formado parte de la mitología secreta del ser humano. Representaciones del misterio, reinas sumergidas en leche de burra, criaturas de mirada huidiza, guardianes de un espacio vital que no siempre obtuvo la visibilidad que merecía; resurgen ahora en todo su esplendor, bajo la luz de un prisma nuevo, más humano, menos raro.

Y es que allá por donde mire veo mujeres y mujeres con gatos. Están por todas partes: en las stories de Instagram, en las fotos de poetisas y directivas de empresa, sin pelo y con morros chatos, entre mantas de vivos colores y bebederos de acero inoxidable.

A pesar de ello, los hombres siguen insistiendo en que no hay manera de entenderlas. Ni a ellas ni a su relación con esos felinos imprevisibles que se alegran de verte a su manera, sin mover la cola pero contando una historia enredada entre maullidos. Dicen que están locas, que por eso están solas y encuentran en los gatos la compañía que la vida les niega.

Quizás sea una cuestión de mirar despacio, de leer los pie de página de unas señales que, a pesar de clavarse como uñas afiladas sobre la piel, terminan relegadas a los confines de reinos bajo la cama. No sé, no me gustan los gatos —tampoco los perros ni las palomas— pero observándolas a ellas los entiendo mejor. Joseph Mery tenía razón: «Dios creó al gato para darle a los hombres el placer de acariciar a un tigre.»

Y la luz de los gatos ilumina mi vida de hombre triste.

El Real Madrid pierde, las mujeres ganan

Parece ser que la vida, una sucesión de acontecimientos con tendencia a repetirse, siempre ha sido un juego de hombres y mujeres. Y no empleo la preposición contra porque creo que en ese partido —que se libra todos los días en un terreno de juego llamado mundo—, el protagonismo lo comparten los dos… pero tan solo los primeros acaparan la luz de los focos.

A pesar de la evidencia, en el deporte, las letras, cerca de las estrellas y a pie de calle, muchos hombres consideran que todas estas reivindicaciones feministas están fuera de lugar porque, si el sistema funciona, ¿para qué cambiarlo?

Resulta que la otra mitad, exactamente 3712 millones de mujeres, no comparte esa visión. Y no solamente eso, sino que sienten que deben de dar un paso al frente y decir bien alto que no les gusta lo que ven, que ya está bien de ser las guardianas de la clandestinidad, y que a veces, el todopoderoso Real Madrid, Victor y Victoria del deporte rey, tiene que aceptar la derrota y recapitular.

Es un hecho; las mujeres, «esas que se quedaban en casa con los niños», comienzan a ser una “amenaza” porque ya no tejen jerseys blancos para el invierno, sino que tejen cambios, algo que es percibido por el macho competitivo como una amenaza.

¡Hombres!; ignorad la realidad del 8M o si preferís parad un segundo, escuchad sus reinvindicaciones y —si así lo sentís— secundad la huelga. Pero estad tranquilos porque ellas no reclaman vuestras cabezas o dominar el mundo (tienen cosas más importantes que hacer), ni siquiera desean ejercer el poder sobre vosotros… sino sobre ellas mismas.