Pezones

En pleno proceso de “normalización” de las identidades de género resulta difícil entender por qué los pezones masculinos y femeninos siguen recibiendo un tratamiento desigual en las redes sociales, es decir, en el mundo real. Vistos de cerca, más o menos a la distancia recomendada para chupar, nadie es capaz de distinguirlos. A pesar de compartir forma plana, invertida, clara, más negra, puntiaguda y asimétrica —tantos como personas pueblan la Tierra-teta—, los de ellas se cubren con una estrella, una letra escarlata o un trozo de cinta americana. En cambio, ellos los lucen en libertad, por pares. Queda claro el mensaje: terminantemente prohibido que las mujeres exciten a los hombres (como si esa fuera su intención) en lugar de recordar a los hombres que se comporten cuando vean uno o dos.

Con la polémica del cartel de la nueva película de ese genio de la promoción apellidado Almodovar regresan los viejos fantasmas empeñados en impedir el disfrute del cuerpo como defecto y en un marco que convierte cada poro de piel en objeto pero que, paradójicamente, permite mostrar pezón acompañado de un bebé con hambre o una mastectomía. La soledad de esta protuberancia implica que todavía, con una nueva ola de calor incendiario, seguimos empeñados en aunar desnudos y sexo.

El pie de foto de las políticas de Instagram o Facebook proclama que lo hacen para proteger a las mujeres, cuando en realidad alimenta el tabú y los fetiches en torno a una aureola. La pregunta que debemos hacernos, en un convento o una playa nudista, va más en la línea de saber si es posible lograr la igualdad social si todavía existe discriminación entre pezones. Al final y como siempre, la censura existe porque algunos siguen haciéndose ricos con ella. Nos queda el consuelo de saber que «no hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedan imponer a la libertad de nuestras mentes».

Ilustración: Marco Melgrati

Cuando te gusta alguien que te cae mal

Pasa mucho. De pronto, conoces a alguien que te hace perder la cabeza. Es mirarle y te pones como una moto de polígono, física y química nuclear a punto de caramelo, y claro, boca, subconsciente y genitales necesitan echarle un polvo salvaje que genere el hongo de Hiroshima en La Mancha. El único detalle es que te cae mal. No sólo eso; te parece gilipollas, insoportable. De hecho, jamás se te pasó por la cabeza acercarte a un tío así ni por asomo. ¡Aj! Representa la reacción a todas tus aciones, lo contrario de lo que quieres ser. Y ahí estás, tumbada en la cama junto a ese desafío, fruta prohibida invadida por gusanos… y ya estás lista para echar otro, y otro, y otro. ¡Qué asco, pero qué rico!

Hace tiempo que la ciencia estudia este fenómeno de andar por casa (en pelotas). Los hombres con personalidad más desagradable, extrovertida y que optan por cambiar de pareja cada dos días suelen ser los mas codiciados. La razón se resume en la curiosidad por lo desconocido y el odio, el mejor catalizador para que el sexo trascienda el intercambio de fluidos y bombee litros de hormonas y azotes por todo el cuerpo. Ojo, nada que ver con amar.

Así surge una forma de rencor, un odio pasivo que explota al roce porque ese tipo de sentimiento, aunque sea turbio, concentra una forma de conexión a la que resulta imposible resistirse, formas crueles de alcanzar aspectos de tu personalidad que permanecen enjaulados o en hibernación y, sin embargo, te representan. Y mucho. Lo más curioso de todo este despliegue de fuegos artificiales, cohetes despegando y aspersores a la máxima potencia es que terminan hundiéndote, incluso por debajo del tío en cuestión. Cosas de los humanos.

Ilustración: http://www.championdontstop.com

¿Todavía no sabes por qué se celebra el 8M?

Todo comenzó con un «y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos y deseable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto y comió y dio también a su marido, el cual comió así como ella». Y a partir de ahí, tres pasos por detrás. Nefertiti trastorna a Akenatón; la reina de Saba pone en duda los dones del rey Salomón y va en busca del oro y sus ovejas; Aspasia de Mileto construye Atenas junto a Pericles pero se olvidan de incluirla en la placa conmemorativa; Cleopatra era la víbora que picó a César y Marco Antonio; Agripina se deshace de su marido para entronizar al pirómano Nerón. Y se señala a Pandora y su afición por las cajas de muerte y destrucción, a las sirenas y las mujeres de los deportistas cuando corren menos, a la Helena de Troya de las guerras en nombre del amor, a Melibea incitando a Calisto a hacer el mal…

¿Quién se acuerda de Emmeline Pankhurst, Ada Lovelace, Rosalind Franklin y Mary Wollstonecraft? La primera se empeñó en votar, Ada programó la máquina calculadora allá por 1842, la tercera fue pionera en el estudio del ADN y Mary se atrevió a dejar por escrito que «las mujeres no son inferiores al hombre por naturaleza sino porque no reciben la misma educación». ¿Y cuántos anónimos son mujeres? Jean Austen firmó “Sentido y sensibilidad” como By a lady, “Cumbres borrascosas” lo escriben Currer, Ellis y Acton Bell en nombre de las hermanas Brontë. Y por supuesto, la culpa de todo la tienen Yoko Ono y Corinna.

En el 2021 están cansadas de volver a casa con miedo, de ser juzgadas por querer una carrera profesional además de tener hijos y otro trabajo en casa, de ser consideradas una amenaza por atreverse a decir “no” y “yo también”, de ser tildadas de violentas al proclamar el feminismo como alternativa al capital, de esos «esa es puta-puta, seguro» en la alfombra roja y las aceras, de ser acuchilladas. Si con todas estas razones sigues sin entender que cada 8 de marzo se celebre el “Día Internacional de la mujer”, entonces eres el ejemplo perfecto del que ostenta un privilegio y aún no lo sabe. En realidad, todos los días lo son.

Ilustración basada en fotografía de Francesca Tilio

Prohibir la manifestación del 8M es una victoria

Madrid es la Sodoma de Europa. Aquí todos los días puedes brindar sin mascarilla mientras lo hagas en una terraza; coger el metro para sentir ese calor humano casi extinto; ir al gimnasio y confraternizar con el vulgo y de paso hacer culo; escoltar a negacionistas y excomisarios y fomentar la libertad de expresión de los que se escoran hacia la derecha de la derecha… eso sí, cuando ellas deciden salir a la calle para reclamar su derecho a caminar tranquilas de día y de noche se encuentran —¡qué casualidad!— con la prohibición de la Delegación del Gobierno. Y es que el 8M, Día Internacional de la mujer, siempre ha sido percibido como una amenaza para esa facción dueña de un miedo congénito a la fuerza de las mujeres y que se llena la boca con la tan denostada responsabilidad.

Porque las cosas cambian, sí, y además resulta que ahora lo hacen gracias a su empuje, siempre de manera pacífica, contra la distinción de géneros y manteniendo la distancia de seguridad. Es por tanto, que esta medida se percibe como una provocación, pero también como una victoria, precisamente porque implica razón y derecho en la lucha. Ya se sabe que, cuando la ley se sustenta en la parcialidad, algo huele a podrido en la Puerta del Sol y alrededores.

Resulta que las chicas buenas van al cielo y las malas a todas partes menos en la capital. Lo que parecen ignorar las autoridades es que el silencio tampoco lleva a ningún sitio y silenciar sin razones de peso sólo conduce a la ira. El feminismo será capaz de transformarlo, como viene haciendo desde el siglo XVIII, y encontrará la manera de ir más allá de la igualdad. Mientras llega, su eco se deja notar en los pasillos, en los colegios y en la vida al pasar. Este tren no lo para nadie.

Ilustración: http://www.lauraberger.com

De tetas, museos y censura

Así es como, en pleno 2020 “que se pase pronto, por favor”, un escote o unos pezones siguen causando revuelo en cualquier parte del mundo. Incluso en el Museo de Orsay, meca de la alta cultura y que incluye en sus paredes, entre otros, “El origen del mundo” de Courbet, “Almuerzo sobre la hierba” de Manet, o “Torso, efecto de sol” de Renoir. Para todos aquellos con memoria visual y mala para los nombres, recordarles que se trata de cuadros de coños, pezones, luz y algo parecido a la vida en su versión al óleo. Eso sí, a una muchacha con un vestido díscolo que dejaba al descubierto un brochazo entre dos senos cubiertos se le deniega la entrada. Y vuelta a empezar con la misma mierda de siempre.

Y es que resulta que, cuando creemos tener superado el tema de marras, un agente de reservas nos vuelve a sorprender. Será porque simplemente estaba cumpliendo órdenes relativas al código de vestimenta —nada de tejidos sintéticos entre tanto pastel, cochina—, porque sigue escudriñando el canalillo cuando debe asegurarse de que el visitante ha comprado una entrada olvidándose de los ojos, o simplemente porque los idiotas cachas se pavonean cada día sin camiseta cerca de mi casa y a las mujeres se les exige desnudarse exclusivamente en una habitación estanca y a oscuras, por si hay niños cerca. Hombres, vamos.

Normal que el colectivo Femen convierta el cuerpo de sus guerreras en eslogan y se encabrone una vez más, escupiendo el mantra machirulo titulado la obscenidad está en vuestros ojos. Pues resulta que sí, y que la inmoralidad está en la muerte y poco más, aunque siempre es más sencillo echarle la culpa a la piel y la naturaleza de la carne entendida como existencia. Resulta que lo peor de nosotros nunca se encuentra a plena vista, pero no nos entra en la cabeza.

Ilustración: Gustave Courbet

Las mujeres y el vello: historia de una manipulación

Resulta que la turbulenta relación de hombres y mujeres con el vello se remonta a épocas previas al afeitado brasileño. Ya en la era de los mamuts, ellas se cortaban el pelo con piedras para evitar tirones inoportunos en los enfrentamientos entre clanes y minimizar así el riesgo de congelación. Deberían pasar algunos años para que se intercambiaran cantos por conchas y, siguiendo la tendencia prêt-à-porter impuesta por Cleopatra, surgieran las primeras ceras para eliminarlo completamente, a excepción de las cejas y la perilla del dios Amon.

Y el tiempo pasa, las civilizaciones se destruyen y con los romanos se imponen los conceptos de limpieza y clase… asociados a la depilación. Por supuesto, ellos podían elegir entre el estilo Don Draper o comando, hasta tal punto que el emperador Lucio Vero Antonino lucía el mismo aspecto que Jared Leto un domingo cualquiera. Era hombre, y además Dios. Primera gran contradicción.


Con el siglo XV se impone la libertad en pubis y piernas por la simple razón de que el cuerpo no se viste, sino que se decora con largos jubones, casacas mangas abullonadas y colas que convierten a las mujeres «en animales fangosos en verano y polvorientos en invierno». Por supuesto, las cejas al cero. Las de ellas, claro.

1700 y las primeras cuchillas para hombres; 1915 y un tal King Camp Gillete cambia la piel del mundo incluyendo a las esposas en su “Milady Decolleté”; la primera campaña contra el pelo en las axilas; la humedad y Betty Page; Marilyn y sus piernas de seda; la minifalda, el bikini y el bañador carne de Bo Derek, y adiós al pelo y a la libertad de mostrarse a los demás como a una le venga en gana

Mujeres del mundo, celebrad vuestra belleza, con o sin vello. Ha costado, pero es un hecho: por fin donde hay pelo hay alegría.

Los gatos de las mujeres con gatos

Desde tiempos inmemoriales, los gatos y las mujeres han formado parte de la mitología secreta del ser humano. Representaciones del misterio, reinas sumergidas en leche de burra, criaturas de mirada huidiza, guardianes de un espacio vital que no siempre obtuvo la visibilidad que merecía; resurgen ahora en todo su esplendor, bajo la luz de un prisma nuevo, más humano, menos raro.

Y es que allá por donde mire veo mujeres y mujeres con gatos. Están por todas partes: en las stories de Instagram, en las fotos de poetisas y directivas de empresa, sin pelo y con morros chatos, entre mantas de vivos colores y bebederos de acero inoxidable.

A pesar de ello, los hombres siguen insistiendo en que no hay manera de entenderlas. Ni a ellas ni a su relación con esos felinos imprevisibles que se alegran de verte a su manera, sin mover la cola pero contando una historia enredada entre maullidos. Dicen que están locas, que por eso están solas y encuentran en los gatos la compañía que la vida les niega.

Quizás sea una cuestión de mirar despacio, de leer los pie de página de unas señales que, a pesar de clavarse como uñas afiladas sobre la piel, terminan relegadas a los confines de reinos bajo la cama. No sé, no me gustan los gatos —tampoco los perros ni las palomas— pero observándolas a ellas los entiendo mejor. Joseph Mery tenía razón: «Dios creó al gato para darle a los hombres el placer de acariciar a un tigre.»

Y la luz de los gatos ilumina mi vida de hombre triste.

El Real Madrid pierde, las mujeres ganan

Parece ser que la vida, una sucesión de acontecimientos con tendencia a repetirse, siempre ha sido un juego de hombres y mujeres. Y no empleo la preposición contra porque creo que en ese partido —que se libra todos los días en un terreno de juego llamado mundo—, el protagonismo lo comparten los dos… pero tan solo los primeros acaparan la luz de los focos.

A pesar de la evidencia, en el deporte, las letras, cerca de las estrellas y a pie de calle, muchos hombres consideran que todas estas reivindicaciones feministas están fuera de lugar porque, si el sistema funciona, ¿para qué cambiarlo?

Resulta que la otra mitad, exactamente 3712 millones de mujeres, no comparte esa visión. Y no solamente eso, sino que sienten que deben de dar un paso al frente y decir bien alto que no les gusta lo que ven, que ya está bien de ser las guardianas de la clandestinidad, y que a veces, el todopoderoso Real Madrid, Victor y Victoria del deporte rey, tiene que aceptar la derrota y recapitular.

Es un hecho; las mujeres, «esas que se quedaban en casa con los niños», comienzan a ser una “amenaza” porque ya no tejen jerseys blancos para el invierno, sino que tejen cambios, algo que es percibido por el macho competitivo como una amenaza.

¡Hombres!; ignorad la realidad del 8M o si preferís parad un segundo, escuchad sus reinvindicaciones y —si así lo sentís— secundad la huelga. Pero estad tranquilos porque ellas no reclaman vuestras cabezas o dominar el mundo (tienen cosas más importantes que hacer), ni siquiera desean ejercer el poder sobre vosotros… sino sobre ellas mismas.