Y la calle fue Jumanji

Los vecinos se recluyen entre muros de gigabites y, mientras tanto, ahí fuera, en ese sueño húmedo de asfalto y sirenas, las bestias toman las calles. Ciervos en las rotondas de Segovia y Nara, garcillas bueyeras decorando los semáforos en verde del Poblenou, babuinos de botellón en Lophuri, delfines ‘fake’ bajo el Puente de los Suspiros…, ¡incluso es posible escuchar los gemidos del sapo partero en el silencio de la noche estanca!

Se trata de un intercambio (im)probable de papeles. Nosotros enjaulados, nuestros amigos los animales pisando una ciudad que les pertenece por derecho propio —esa palabra inventada por el hombre blanco—, precisamente porque los amigos pródigos siempre regresan a casa. Resulta que muchos de ellos vienen solamente a llenar el buche, atraídos por el recuerdo de una mano y un mendrugo de pan, símbolo de la necesidad convertida en hábito alimenticio. ¡Qué delgadas están las palomas del sexto!

Por desgracia, todo es un dulce espejismo. Cuando termine la cuarentena, la ciudad será otra vez ese nido de víboras, dulce madriguera controlada por y contra el individuo, una oficina que se desparrama por territorios Discovery alejados de sus fronteras. ¿En qué momento nos emancipamos de la naturaleza? En el momento en que nos separamos de nuestra madre. Esperemos que el encierro nos sirva para aceptar los límites de nuestra propia debilidad, del equilibrio convertido en fábula.

El día que mi despertador fueron los pájaros

La ciudad nos ha devorado. Tanto es así que ni siquiera somos conscientes de su estructura interna, boca deforme compuesta por infinitos nervios ramificados que, mucho antes de la llegada de Zara, confluían en el centro urbano, amurallado o no, del que partían los rebaños de ovejas, ahora turistas ávidos por hacerse una foto junto al muñeco de Winnie de Pooh. La bestia anda suelta y está en nosotros.

Porque aunque no lo sepamos, los núcleos urbanos inventaron el concepto de naturaleza, una quimera con aspecto de vergel —sin plaza de garaje— delimitada por un cielo entre montañas, a salvo del yugo de las prisas, el humo y el hormigón que, progresivamente, desaparece ante nuestros ojos, sometida por el peso de la presión demográfica con aspiraciones “normales”; ya se sabe, una casita en la playa, viajar en agosto, quizás un huerto…

Ahora hay más bicicletas, los patinetes adelantan a los viejos malhumorados de las aceras, el calor expulsa el veneno que recorre sus arterias, y expediciones de coches esperan pacientemente su turno para el merecido descanso, mejor cerca del mar, plástico salado en el que meditar naufragios de buques con todo vendido.

Aquella mañana fui consciente. Había dejado atrás la ciudad para adentrarme en la pausa publicitaria del pueblo. Me desperté sobresaltado por las campanas de la iglesia y el trino de los vencejos, las chovas de pico rojo y los pardales. Cerré la ventana de mi habitación y regresé a la cama. Ahí tumbado, con el sudor resbalando por mis sienes me di cuenta de que, sin querer y en apenas veinte años, los charcos en los que ver mi reflejo estaban secos, había intercambiado estrellas por CO2, paisajes por patios interiores, soles por relojes. Y la libertad se transformó en añoranza.