La guerra ha muerto, viva la guerra

Pensábamos que sería distinto. Más teniendo en cuenta que la lógica del presente retuerce las palabras, el mundo. Así, la ignorancia se considera un atributo, la libertad una terraza, pero la guerra, en cambio, mantiene su significado íntegro, su metástasis. Forma de agresión artificial, acapara realidades —tantas como ventrículos— con el cadáver de un virus aún tibio en urgencias. Al menos este enemigo de la vida cuenta con nombre y apellidos, ojos de cuchillo y montaba osos de menos viejo. Si nos paramos a pensarlo no odiamos a Putin, odiamos la guerra. Por eso vuelve. También la lluvia.

Resulta que la paz vende menos, sale cara en términos de influencia. Malditos sean los territorios. De ahí que se recurra al horror cuando el paisaje se vuelve estático. Entonces surgen las frases contra la barbarie porque, de alguna manera un tanto extraña, sabemos que la mejor arma sigue siendo la paz y el amor de su recámara. También que no sólo morirán los muertos, también una parte en los vivos. Y el amarillo y el azul de una bandera con sentido… por un tiempo.

En cada conflicto hay una derrota total. Nadie gana, ni siquiera aquellos que se saben vencedores. Quizás por ello se suceden los enfrentamientos, humana forma de demostrar un imposible. Queda claro que el lenguaje ha fracasado donde lo harán tanques y balas. En cuanto a la verdad y las razones de un ruso, poco importan si los ríos se tiñen del color del atardecer y las casas se llenan de viudas y crucifijos. Odiamos esta nueva contienda, precisamente porque el odio nos ha llevado a conocerla. No hay guerras mundiales, todas son civiles. Todas.

Ilustración: http://www.nytimes.com