Sobre el cartel de Zahara y la música

De repente, se produce una ola de calor y censura impulsada por un sector de ofendidos que insisten en imponer sus valores por encima de la temperatura y la libertad de expresión. ¿Decir o hacer aquello que algunos no quieren oír o ver? ¡Eso nunca! Esta vez le ha tocado a la cantante Zahara cuyo cartel promocional se prohibe en Toledo por herir la sensibilidad de los cristianos… meses después de que se edite el disco. En la imagen aparece ella muy pálida y virginal con un bebé de goma sobre el pecho, una banda de miss con la leyenda «Puta» en letra Edwardian Script ITC y y una tiara que ya le gustaría a Martirio. Pues bien, esa imagen ha servido para que la supuesta moral bienpemsante ocupe un espacio que no le corresponde. Alguien dijo que la música no se tocaba. Palabra.

Sorprende que un ayuntamiento gobernado por el PSOE —deberán favores a los que se sientan a la derecha del padre— inste al promotor del concierto a retirar la ¿polémica? foto. Sin embargo, lo que sorprende aún más es la reacción de María Zahara Gordillo Campos la persona, no la efigie, lanzando un mensaje de agradecimiento entre tanta bilis. Resulta que las cosas cambian para seguir igual y ella, mujer y niña sometida a una educación cristiana asfixiante, combate el odio con un mensaje que recuerda al de Jesús, el crucificado por los suyos.

Así están las cosas por aquí. Seguimos desorientados, hablando de lo que carece de importancia, enfangados en detalles que ensombrecen las artes que tanto dan y tan poco cuentan. Desde el escenario se lanzan verdades demoledoras. Otras veces, en cambio, la mentira reina. Para salir de dudas lo mejor es darle una oportunidad al disco en cuestión, aunque sólo sea por incordiar. La música sirve para perdonarlo todo, incluso la censura de aquellos que se niegan a aceptar lo que pensamos, lo que sentimos. Señor, qué cruz.

Ilustración: INÈS LONGEVIAL

Zahara y la inexplicable pasividad de los que toman el sol

Se acerca el verano y con él decenas de tiras de bacon en bañador alrededor de piscinas azul esmeralda a estrenar. Yo las miro desde el ventanal, encaramado a la bicicleta estática con la cantante Zahara sudando mucho a mi vera… y me dejo llevar. Agarro el manillar como si se tratara de una cabra montesa embistiendo y viajo, un poco más lejos, cerca del mar, y juego a las palas bajo los rayos del objeto oscuro del deseo de la luna, saboreo la parte más amarga de una Estrella helada o paso las páginas de un libro cubierto de aventuras y granos de arena brillantes, casi invisibles.

Los que toman el sol, cuerpos inertes con las piernas ligeramente separadas y la cabeza sobre el césped, se empeñan activamente en permanecer quietos, a merced de alguna racha de viento y el chapoteo de unos niños con manguitos.

Voy a beber agua. Cuando regreso siguen ahí, con la misma expresión moribunda y la melatonina burbujeando bajo una epidermis con el aspecto de un filete muy hecho.

Lo paradójico de todo esto es que no es nada fácil soportar el azote de esa estrella ardiente durante tantas horas. Es más, solo los más fuertes pueden encontrar placer en una actividad semejante a un Iron Man del parasitismo y la inacción, una especie de meditación al desnudo donde sus pensamientos se concentran en pares de párpados cerrados en cuerpos brillantes.

¿Por qué? ¿Qué tipo de satisfacción obtienen más allá de parecerse a la mujer de Jesús Gil en un cuarto oscuro?

Miro a la cantante de nuevo, tan nívea, tan virginal, tan santa y me alegro de que los pálidos estén tan bien representados, no por su color de piel, sino porque ella flota más allá de un sol que no quema, en un mundo al rojo vivo en otro espacio.

La vi en la tierra. Se llamaba Zahara.