A los enfermos en Nochevieja

Tengo una noticia para todos: no podemos aplazar esta noche. Vendrá, como lo hizo siempre. Algunos la descontarán solos, con un perro, con amigos, viendo películas, en familia o frente a un decorado de guirnaldas y copas vacías. En cambio, separados por un tabique, en una habitación, en una cama, bajo un edredón de plumas y una manta, habrá enfermos. Unos con gripe y delirios de fiebre, otros cansados de estar al otro lado cuando estar juntos parece obligatorio, en silencio cuando hay música en todas partes. Ponerse malo es distinto a estar enfermo y quizás la salud sea ver la cara alegre de los que te cuidan.

Nunca es buen momento para ponerse malo. Coge por sorpresa, peor si el plan era salir y tomar vino, andar por la ciudad que se prepara para el final de algo, llegar a casa con hambre después de haber bebido. Eso tan sencillo representa lo inalcanzable para el que confunde el ibuprofeno con el paracetamol, el postre seco con el roscón de reyes, la enfermedad con un obstáculo. Los que están enfermos lo saben. Los que brindan hoy prefieren no pensarlo. En medio, una categoría aparte, que no sabe estar en ningún sitio. Tosen, cambian de postura y se van encontrando… mejor mañana.

Si pudiera pedir un deseo sería un mundo sin enfermedades. Son ellas las que reducen el dinero y la salud a un juego en el que nadie gana. Un mundo sin enfermedades, sí, donde el amor se termina cuando el corazón se cansa, cuando subir escaleras equivale a escalar una montaña. En ese mundo improbable nadie sufre por cosas del cuerpo, todo se reduciría a vivir sabiendo que las cosas terminarán sin un navajazo a traición. En una noche donde se celebra el tiempo compartido quiero recordar a todos los enfermos. Puede que algunos de ellos ya no estén aquí mañana, tampoco los que hoy están más vivos. Noche de enfermedad, noche de amor. Y todo terminará pasando.

Ilustración: Bijzonder Alledaags 

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