¿Dabiz Muñoz mejor cocinero del mundo?

Decía Paul Newman en inglés: «Soy una persona competitiva. Siempre lo he sido. Y es duro ser competitivo en algo tan inaprensible como actuar. Pero puedes serlo en una carrera porque las reglas son muy simples y está muy claro quien es el ganador». Desde luego el actor tenía razón y belleza. Nadie niega la posibilidad de cruzar la meta con el resto en el retrovisor, destrozar el cronómetro y manosear el diez de los jueces. La duda reside en si lograrlo te convierte en el mejor. Y es que esta palabra puede ser empleada con vehemencia al referirnos a los amigos, ciertos animales de compañía y multitud de objetos inertes. En cambio, cuando el receptor de la misma es un cocinero a muchos se les tuerce el gesto, como si el sabor del plato cambiara al imponer la objetivad en una elección repleta de parcialidad, ingredientes, tendencias y logros empresariales. Bueno, pues para “The Best Chef Awards“, Dabiz Muñoz es el mejor cocinero del mundo en 2021. Abro hilo de sangre.

Y aquí comienza la pelea. Más allá de que la existencia de estas listas emparenta la cocina con un concurso de belleza, resulta innegable que el madrileño posee una capacidad innata para conectar. Ya sea porque invierte un dineral en peluquería o porque le imprime un componente de pasión infantil al ‘simple’ hecho de cocer unas almejas con coco y café y servir un plato que te hace llorar… si no conoces la receta. Incluso su donut a base de grasa de palma hidrogenada tiene su punto porque acerca la cocina elitista a ese pueblo llano amante de las madalenas. ¿Marketing? Probablemente. ¿Curro? Debe echarle 18 horas al días, el resto corre.

Queda por resolver la cuestión de fondo. Y es que poco importa quién sea el mejor en algo porque, en el hipotético caso de serlo, dura el tiempo que uno traga una tortilla francesa sin queso. Sería maravilloso poder alegrarse de los logros de los demás, un rato, aunque se haga bola, y así ir dejando atrás toda la bilis y la mala hostia que ha caracterizado este año y medio. Comer, beber, reír y follar. Ese es el consejo de este viernes y la diferencia entre la buena y la mala digestión de toda una vida. Enhorabuena, chef.

Ilustración: https://studiopatten.com/

Las eléctricas nos follan… y no hacemos nada

Pues resulta que las eléctricas no sólo nos follan desde haces meses, sino que cuando les imponen medidas para frenar su lucro incesante (358,2 millones de euros netos desde enero) sacan pecho y amenazan con las nucleares. Así bajan los contagios, la factura de la luz bate récords en la historia universal de la ‘inmafia’ y ellas, ¡oh, todopoderosas puertas giratorias!, imponen su ley entre una clase trabajadora ahogada. Por su parte, los pudientes pasan el mal trago tomando el sol y los ricos miran hacia otras latitudes, Suiza o algún paraíso sin calefacción. El caso es que nadie protesta más allá de Twitter, ya ves tú… Y claro, si los españoles somos potencia mundial en manifestaciones (uno de cada cinco salió a la calle este año), ahora cuesta entender este inmovilismo patrio. Aquí la clave antes del frío.

Después de meses de penuria parece que lo que toca ahora es aceptar la realidad lejos de los postulados de la ciencia. Pagamos lo que nos pidan, más sabiendo que una huelga de consumo incrementaría (aún más) el coste debido al sistema de subastas. ¿Poner una lavadora sale por 46 céntimos? Dios, qué paz saber a qué atenerse. ¡Nada de pollo a precio de solomillo, somos consumidores racionales y limpios! Además, da gusto ver el salario mínimo estancado en 950 euros frente al incremento del 195% de la luz. Dónde estarán los negacionistas del precio de la electricidad cuando se les necesita…

Cabe preguntarse por el límite, el de esas empresas dispuestas a maximizar beneficios por encima del bienestar y el de los ciudadanos que callan ante la peor de las injusticias. Porque la democracia, esa palabra con la que muchos se llenan la boca, se demuestra cuando el pueblo decide, y ahora ha decidido aceptar lo inaceptable. Resulta que el enemigo al que nos enfrentamos ni siquiera está en los consejos de administración o el Congreso, somos nosotros en su peor versión, esa del vivir y perder, pagar y callar. ¡Luz cara, más luz cara! Concedido.

Ilustración: The Project Twins

La pregunta que nos deberíamos hacer

Su cuerpo forma parte del subsuelo y los gusanos y, sin embargo, Michael K. Williams sobrevive en la memoria. Porque algunos dejan cicatriz, y son a esos a los que volvemos cuando la duda se hace costra. De alguna manera un poco extraña sabía que escribir sobre su muerte el día del deceso no le hubiera hecho justicia. Eso hubiera supuesto añadir una esquela más en la lista de este mundo-cementerio siempre en búsqueda del titular que intercambia verdad por oportunismo. Hay que dejar a la gente marchar en paz, sin palabras que sólo hacen ruido y entierran el silencio. Precisamente, gracias a ese tiempo prudencial, ahora descubro la pregunta que Michael hacía al inicio de cada temporada de “The Wire”. Así se desvela a la persona cuando el personaje muere.

¿Por qué hacemos esto?, espetó a un perplejo David Simon, responsable de la serie. Podría parecer que simplemente respondía al interés del actor por acaparar líneas para Omar Little, el maleante que robaba a otros maleantes que robaban a personas decentes. «Corre la voz, querida. Omar ha vuelto», decía antes de desaparecer entre las sombras. A medida que el hilo de la conversación se estiraba, Simon se dio cuenta de las verdaderas intenciones de Williams: pensaba en la historia en su conjunto, en la generosidad como ofrenda que uno se hace a sí mismo olvidándose de uno.

Es curioso que la pregunta que todos deberíamos hacernos (en algún momento) parezca condenada a un olvido consciente. Será porque tendemos a apartar del camino todo eso que cuesta, será porque la vida es «la mierda que ocurre mientras esperamos momentos que nunca llegan». Es verdad, da miedo descubrir que lo que hacemos carece de sentido. Levanto la mirada. Dejo de escribir. Miro dentro de los ojos de Michael. Regreso de las profundidades para apuntalar el último párrafo. Desconozco por qué hago lo que hago, pero ando cerca, lo intuyo. Y sonrío bajo un cielo plomizo que anticipa el fin del verano, el fin del mundo tal y como lo conocimos.

Fotografía: Jesse Dittmar

Todavía resuena el 11S

Hace veinte años un mundo sin párpados se desplomaba ante las Torres Gemelas. También lo hacía la gente dentro del mundo, una versión joven que recuerda dónde estaba a las 14:46 precisas de un martes. Era la hora del perrito caliente o el principio de la siesta, y por primera vez asistíamos al nacimiento de la guerra en directo. Palabra extraña la palabra guerra, más teniendo en cuenta que la paz resulta inalcanzable. En apenas unos segundos, la realidad se convertía en nube de humo y extrañeza, superando a la ficción sin intentarlo, igual que el dedo que toca el mando que cambia de canal.

Mirar en aquella Panasonic cúbica de casa implicaba hundirse en la materia de la que está hecha el horror, la que distorsiona la hora en los relojes, la que se pregunta qué sucede cuando lo peor nunca se deja atrás. Y a eso no podíamos renunciar, no, tuvimos que seguir mirando. Luego llegó el silencio fileteado por la voz en hilos de Matias Prats, testigo involuntario de una noticia que aún retumba como el primer día, el primero de las vidas de muchos neoyorquinos y españoles. Porque al igual que podemos sentir como propias las desgracias ajenas, a partir del 11 de septiembre los años se cuentan por distancias.

Theodor Adorno, 1944: «Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie». Resulta que tenía razón. Como siempre, ignoramos los consejos de los que más saben y ahí seguimos, escribiendo desde 2001 para juntar los pedazos del 11 y el 77 de American Airlines, del 175 y el 93 de United Airlines, intentando en vano devolver aquellos aviones y su pasaje al lugar al que pertenecen, entre la tierra y el cielo, ahora recuerdo. Extraños los juegos de la memoria, más aún la capacidad de muchos para continuar andando, volando estando rotos. El tiempo no cura, solo alivia. A las pruebas me remito.

Ilustración: Anónimo

El bulo del culo

Me flipa el siglo XXI. Él sigue a lo suyo, superando nuestras peores expectativas, esas que nos llevan a anhelar con ganas la extinción de la humanidad. Resulta que el joven que denunció la agresión rematada con la palabra maricón en su culo se lo inventó. Lo hizo para que su pareja no le pillara. ¡Joder con las cosas que se hacen por amor! Y claro, las reacciones de indignación han superado el asco inicial, dejando en el aire un tufillo de estafa en todos los niveles de la cadena trófica. Así y por mediación de la mentira, los actos contra la homofobia parecen —sin serlo— un simple paripé, los de Vox quedan al descubierto al responsabilizar de los tajos a los inmigrantes y el resto observa el percal como si se tratara de una obra de teatro. Lo único que no queda en entredicho es que estamos sufriendo un pico de gilipollas. Histórico.

Somos gilipollas en una proporción desconocida. Primero el que suelta el bulo en la comisaría, luego los que retozaron entre insultos y señalamientos a Malasaña y, por último pero no menos, aquellos que entonan el “si ya lo sabía yo”. De pronto, un país en el que los obreros votan a la derecha se convierte en una legión de lelos de todas las ideologías. Tantos hay que se antoja necesario bordar una bandera para identificarlos. Vale con un calzoncillo sucio ondeando en la azotea y, de paso, manifestarse contra la estupidez.

Ante todo, poca calma. Queda por resolver algo importante. Y es que no conviene elevar una anécdota a la categoría que considera falsas todas las denuncias, al igual que no todos los fascistas son racistas. Bueno, esto último lo dejamos pendiente. Decía Francisco Umbral: «El gilipollas lo es por definición de cuerpo entero. Se es gilipollas como se es pícnico, barbero, coronel, sastre, canónico o notario: de una manera genérica y vocacional». Cabría destacar en ese cuerpo una de las dos nalgas y el cerebro.

Ilustración: Marco Melgrati

Nos están matando

Todo cambia para que nada cambie. Esta vez sucedió en un portal de Madrid, la capital del Orgullo. El elegido; un español de veinte años. Los agresores; un grupo de hombres cubiertos con pasamontañas que hablaban con insultos. «Maricón de mierda, asqueroso, comemierdas», un poco lo de siempre. También «anticristo», algo más sorpresivo. Para rematar el retablo siniestro, le firmaron la palabra maricón en el labio y el glúteo. Después se fueron a tomar unas birras por Malasaña, dejando a la víctima en la posición de Federico, con la salvedad de un corazón que todavía late. Y claro, si el odio sigue extendiéndose de derecha a izquierda, entonces la rabia aflora y una parte de la sociedad entona el ‘ni uno más’ cada vez menos convencida. Pero ¿por qué? Porque la suciedad calla.

Espinosa de los Monteros: «Hemos pasado de pegar palizas a los homosexuales a que ahora estos colectivos impongan su ley». Fernando Paz: «Si mi hijo dijera que es gay, trataría de ayudarle. Hay terapias para reconducir su psicología». Hay muchas más barbaridades. Si las palabras aumentan la temperatura ambiente, entonces la espiral de silencio aviva la violencia. Así también se señala al colectivo LGTBI, mediante voces institucionales contrarias a la tendencia homófoba que prefieren ser cautas o directamente no mojarse. Será por miedo, será porque la homosexualidad se contagia por aerosoles…

Resulta aterrador comprobar que esa tarde de caza sea considerada por algunos como una chiquillada, de la misma forma que otros confirman la planicie de la Tierra y la sinrazón de una vacuna que ha salvado a millones de personas. Que quede muy claro. Cuando alguien esgrime el ‘nos están matando’ queda descartada la creencia. Puede ser difícil de asimilar, pero en septiembre de 2021 siguen asesinando y agrediendo a personas que cometieron la osadía de ser ellos mismos. Progreso lo llaman.

Ilustración: http://www.emilianoponzi.com

Todo da pereza

Si el virus ha hecho estragos en nuestra realidad, últimamente, invisible pero implacable, la pereza hace acto de presencia. Está por todas partes. Sólo hace falta levantar la cabeza y escuchar las bocas de los otros, ese descuido en las cosas a las que estamos obligados. Si antes costaba mucho trabajo construir puentes, congregar masas o simplemente sacar adelante cualquier proyecto, ahora compensa aún menos. ¿Para qué? Se echan el doble de horas, se cobra la mitad y el resultado decepciona, no porque lograrlo haya perdido su sentido original, ese de sentirnos útiles, sino porque después de tanto tiempo inerte aspiramos a vivir tranquilos. El único problema es que hacerlo supone renunciar a parte de la vida tal y como la consumíamos, al movimiento, a la falta de tiempo para no hacer nada.

Tal vez se trate de una racha. O puede que todo haya cambiado tanto que no haga falta volver a lo de antes. Total, tampoco es que fuera la hostia. Sorprende la capacidad de adaptación y la desgana con la que nos enfrentamos a las mismas rutinas mientras el mundo gira en sentido inverso al esperado. Puede que la inacción sea un arranque, nuestra particular forma de seguir caminando sin bajar los brazos. Al fin y al cabo, alguien tiene que hacer el trabajo sucio, uno lejos del reloj y la prisa.

A un inglés se le ocurrió que debíamos de ser productivos 24/7, desayunar fuerte y arrojarnos al trabajo sin medida. Necesitamos un poco de quietud en horizontal y vertical, disfrutar del vacío en plenitud de facultades, un poco como los muertos pero inspirando el aire hasta el fondo de los pulmones, igual que un vacilo visto al microscopio, inmóviles, sonrientes y callados. De hecho, estoy faltando a mi palabra y con cada frase me alejo un poco más de mi propósito. Feliz lunes de pereza.

Ilustración: http://www.francescociccolella.com

Sólo nos preocupa el fin de las vacaciones

A estas alturas todos lo habremos sufrido de manera directa o de perfil: las vacaciones se han acabado. No contentos con asumir el drama, parece que estemos abocados a compartirlo, como si eso supusiera un consuelo. Y así pensamos en lo poco que nos apetece volver a una vida elegida, al menos en parte, pero que se aleja considerablemente de la idea original. Porque así funcionan las cosas del afán. Empeñados en alejarnos del presente, ahora el futuro se cubre de nubes y resurge el mar del mes pasado, ese tiempo muerto entre dos siestas de arena. Lo hace como una maldición, con cada paso de zapato en la calle, en un metro refrigerado mal aposta, en la oficina con compañeros que pierden el moreno al segundo café. ¿Cómo va a importarnos que el precio de la electricidad alcance cada día un máximo histórico? Que nos dejen con nuestras mierdas.

La razón para este trauma poco a nada tiene que ver con las responsabilidades del mundo viejo. De hecho, somos capaces de lidiar con ellas todo el año y durante décadas a base de ojeras y ardor de estómago. Sólo el asueto posee la rara capacidad de retrotraernos a la infancia muerta y enterrada, el único atisbo de vida libre. Ahí están papá y mamá cogidos de la mano, tu hermana con la cara cubierta de Frigopie y las tardes en las que mirar el atardecer frente al océano se parecía extrañamente al dedo de tu hermano señalando el cristal del acuario.

A los seres humanos nos interesa volver cuando queremos, nunca por imposición, y eso sucede de manera escalonada, inevitable. Y claro, uno se pregunta si nos sentimos mal porque se acabó el descanso o si se acabó el descanso porque nos sentimos mal. Curiosamente, el precio a pagar por el regreso es el mismo, tanto si lo gozaste al máximo como en el caso de desprenderte de racimos de lágrimas frente al agua salada. Resulta que la mayor parte del tiempo queremos estar en otro lugar; el fin de las vacaciones viene a confirmarlo.

Ilustración: Tracey Sylvester Harris Bliss

El final del verano

Los peores crímenes se cometen en verano

El campo grita y los animales huyen en círculo

Mientras tanto, los hombres desean frenar las horas y la culpa

Regresar al bañador y los misterios del cuerpo desvelado

Beber de espaldas a un sol que enjuaga los perfiles de la carne

En verano, las banderas son de humo

El agua, sal de un espejo en el que hundirse

Las piscinas cielos de vaso de agua

Y una cigarra anticipa el principio de la noche tibia

Resulta que podemos navegar el cielo

Abonar el sonido de los pies sobre la arena

Y así pasar las tardes, como se va el calor

De pronto, la ruina del descanso consiste en regresar a los afanes

volver a ser queriendo estar en otra parte

En el verano, en las luces del solsticio siendo enero

Agosto, como el mar, nunca se acaba

Ni en septiembre, ni en la memoria de los días cortos

Ilustración: http://www.emilianoponzi.com

Los Rolling Stones deberían dejarlo

Ayer, con el cadáver de Charlie Watts todavía tibio y después de haber pasado la tarde escuchando a unos desmembrados Rolling Stones pensé en Mick, Keith y Roonie. Los tres frente al manager en un despacho limpio. Supongo que tristes, cojos de cuerpo y espíritu pues ya se sabe que la pérdida, aunque previsible, siempre deja una primera sensación de incredulidad. Después arrecia la furia. Y entonces les veía haciendo números, conscientes de que la cancelación de la gira prevista para el otoño implicaría unas pérdidas millonarias. Ser el grupo de rock más popular del mundo supone no tener derecho a quedarse en casa y echar de menos, incluso a dejarlo. Todo porque el espectáculo debe continuar. Pero ¿por qué?

Ya ha sucedido en otras ocasiones. Uno de los miembros del grupo fallece y el resto decide seguir porque «así lo habría querido». Además hay que pensar en los seguidores porque «así lo habrían querido». También porque las hipotecas y las universidades no se pagan solas y «el banco así lo habría querido». El resultado es siempre decepcionante, como si el puzzle volviera a encajar a la fuerza. Cierto, la música permanece, sin embargo la química desprende un hedor a obligaciones y ambición pecunaria, valores contrarios a esa primera chispa que les llevó a tocar juntos, siempre juntos.

Bill Wyman fue reemplazado por Darryl Jones. Dio igual, los bajistas no importan. Ahora Steve Jordan sustituye a Charlie. Puede que con los nuevos integrantes el grupo suene mejor, ¿y ahora qué hacemos? ¿Tenemos que creer que se trata de los Rolling Stones? Sucede lo mismo con las listas de mejor batería del mundo. Cada uno tendrá su propia opinión que no le importa a nadie. Lo que parece claro es que la vida, y por lo tanto la muerte, palidece aún más frente al negocio. Lo sabemos desde febrero de 2020 y, a pesar de todo, seguimos empeñados en soñar a cualquier precio.

Ilusatración: tradicional.