Ser virus o vacuna, o directamente ser

Mucho se está hablando estos días de Madrid, ciudad de pueblos, vacía por el centro, desbordada a las afueras y en el despacho de la Presidenta, un punto de choque en el que el 20% de sus habitantes posee el 50% de las rentas, ya sea en forma de mansiones con cámaras, yates bribones o una abstracción de cifras en la cuenta de la familia March. La desigualdad es la reina y, como en cualquier otra urbe, el estigma de clase y procedencia se convierte en moneda de cambio del juego político. Porque ya se sabe que ahogar a la mujer de la limpieza sale mucho más barato que subirle los impuestos al ejecutivo con los zapatos sobre la mesa.

Así, empeñados en quemar puentes y apuntalar hemisferios, continuamos fomentando la segregación urbana y humana, imponiendo el maniqueísmo de ser virus o vacuna, negando el hecho de que el pobre deja el sur atrás, trabaja en casa norteña y despide a los dueños con la mano floja. Y no sólo sucede en los extremos. También la zona media vive de esa intersección, con la enfermera abandonando la seguridad del hogar para adentrarse en un campo minado que, casualidades de la vida, no distingue entre clases, credos o conspiraciones.

El problema es, además de que la enfermedad ignora los intentos por frenarla sin dejar de alimentar la máquina, que la toma de decisiones con el objetivo de proteger la maltrecha salud de los ciudadanos se erige en el camino más corto para poner de manifiesto la diferencia, precisamente la única variable ajena a la vida y la muerte. Ante la pregunta de si eres virus o vacuna, la respuesta debería ser «eso, eso». Todo lo demás es un remedio peor que esta enfermedad de latitudes crónicas.

Ilustración: Peter Davies

Alerta roja, presente negro

Este es el momento. Después de pasar demasiado tiempo segregada, desgajada en organizaciones inmersas en guerras intestinas y comunicantes y vilipendiada por su capacidad para establecer algo de coherencia entre el instinto y su realidad inefable, la cultura sale no ya a manifestarse, sino a movilizar a un sector que, semana a semana, mes a mes, se funde a negro. De ahí que se declare una alerta roja a escala nacional, el color desde el que mejor se adaptan a la oscuridad nuestros ojos. También el primero en ser dominado y reproducido en diferentes tonalidades. Ayer en la cueva, hoy en la calle.

Porque aquí estamos hablando de vidas, pequeñas, casi invisibles, pero firmes en su convicción de ganarse el sueldo con lo que siempre fue una necesidad vital, incluso para el ministro Rodríguez Uribes —intercambiable con Wert o Méndez de Vigo—, que se ha limitado a parafrasear a Welles y su «primero va la vida y luego el cine, aunque la vida sin el cine y la cultura tiene poco sentido» para después enarbolar un pim, pam, fuego apuntando a la cabeza de mensajeros, técnicos de luces, ingenieros de sonido, el pianista, el runner y los del “merchan”. Porque aquí la mierda nos salpica a todos, aunque se echen de menos caras conocidas.

Y no se trata de negar las contradicciones de un gremio habituado a vivir a menos uno y sin contrato, ni tampoco de ocultar una situación precaria que echa el cierre cuando el mundo gira a la velocidad impuesta por la muerte. No. Ha quedado demostrado con creces que es posible organizar conciertos, obras de teatro, proyectar películas, vender libros y recitar poesía sin rimar ni un sóla vez la palabra brote. Será porque la cultura es la única capaz de salvar a un pueblo, imponer el rojo sobre el horizonte negro, alzar la voz cuando el silencio duele. Mejor unidos.

Ilustración: Pantone®

De tetas, museos y censura

Así es como, en pleno 2020 “que se pase pronto, por favor”, un escote o unos pezones siguen causando revuelo en cualquier parte del mundo. Incluso en el Museo de Orsay, meca de la alta cultura y que incluye en sus paredes, entre otros, “El origen del mundo” de Courbet, “Almuerzo sobre la hierba” de Manet, o “Torso, efecto de sol” de Renoir. Para todos aquellos con memoria visual y mala para los nombres, recordarles que se trata de cuadros de coños, pezones, luz y algo parecido a la vida en su versión al óleo. Eso sí, a una muchacha con un vestido díscolo que dejaba al descubierto un brochazo entre dos senos cubiertos se le deniega la entrada. Y vuelta a empezar con la misma mierda de siempre.

Y es que resulta que, cuando creemos tener superado el tema de marras, un agente de reservas nos vuelve a sorprender. Será porque simplemente estaba cumpliendo órdenes relativas al código de vestimenta —nada de tejidos sintéticos entre tanto pastel, cochina—, porque sigue escudriñando el canalillo cuando debe asegurarse de que el visitante ha comprado una entrada olvidándose de los ojos, o simplemente porque los idiotas cachas se pavonean cada día sin camiseta cerca de mi casa y a las mujeres se les exige desnudarse exclusivamente en una habitación estanca y a oscuras, por si hay niños cerca. Hombres, vamos.

Normal que el colectivo Femen convierta el cuerpo de sus guerreras en eslogan y se encabrone una vez más, escupiendo el mantra machirulo titulado la obscenidad está en vuestros ojos. Pues resulta que sí, y que la inmoralidad está en la muerte y poco más, aunque siempre es más sencillo echarle la culpa a la piel y la naturaleza de la carne entendida como existencia. Resulta que lo peor de nosotros nunca se encuentra a plena vista, pero no nos entra en la cabeza.

Ilustración: Gustave Courbet

Adiós a Jota Mayúscula

Hoy, 11 de septiembre de una mañana menos, Jota Mayúscula no pincha más; y sin él las rimas se han quedado mustias, desprovistas del ritmo necesario para convertirse en puños. Lo sé. ¿A quién le importa la música de las palabras o directamente la música? ¿Quién se acordará mañana de un referente del rap recitado en español? Pues resulta que mucha peña. Porque él —y esto no es un privilegio otorgado por la muerte— fue uno de esos adelantados a su tiempo y espacio que decide arrancar la cultura del hip-hop de los muros y barrios periféricos, darle el vuelo necesario para atraer a las ondas de radio a fanáticos de la guitarra eléctrica, dotar a lo que no se ve de la reverberación de un vinilo que gira, y gira, y gira.

Así, cada domingo, entre legañas y resacas, los chavales escuchábamos sus camas para Frank T, otra letra mayúscula del abecedario, y desenmarañábamos juntos un paisaje ajeno en nuestra propia lengua, entendíamos que, con paciencia y voluntad, el mundo se construye, se transforma y vuelve a destruirse. Como una frase, como un beat, como el miembro de un miembro del club de los poetas violentos.

Jesús Bibang González se ha parado y la nostalgia invade este viernes con aspecto de zona bruta. Creo que ya no volveré a escuchar la radio de la misma forma. Tampoco la música se encuentra ahí dentro ahora. Sin embargo, hoy se me antoja necesario recuperar sus bases, su flow incontenible, esa garganta gritando aquello de «el espectáculo más grande del mundooooooooooooooo». Nos quedamos sin uno de los mayúsculos. Los mediocres resisten. D.E.P.J.M.

Ilustración: LUDWIG HIRSCHFELD-MACK (1893-1965)

¿Cómo termina lo que no empieza?

Este año —por llamarlo de alguna manera— todos nos hemos enfrentado al problema del tiempo y su paso. De pronto, una dimensión borrosa parecida al viento no se conforma con hacer desfilar grupos de días grises encajados en sus consiguientes estaciones, sino que, al intentar forzar su flujo —siempre alentados por el advenimiento de una vacuna que tampoco parece que vaya a solucionar nuestro futuro a corto plazo— termina achatada por los polos. Vamos, un desastre. De ahí que pensar en 2019 implique adentrarse en la prehistoria, e ir más allá de las Navidades de 2020 adquiere tintes de triple mortal de necesidad. Y menos mal que este año lo íbamos a petar…

Los mayores de treinta habrán comenzado a percatarse de que, desde hace relativamente poco, las horas cunden menos. Unos porque están desbordados por el estrés y las deudas, otros porque la exploración del mundo les lleva a querer abarcar otras galaxias, tal vez dejar un legado antes de palmarla. Y así el metabolismo se ajusta a una frecuencia cardíaca más baja, a la caída del pelo de la coronilla y a una capacidad pulmonar muy lejos de la gaita de Carlos Núñez. De los menores de veinte no hablo porque tienen la culpa de todo lo malo.

El problema, y también la excepción, radica en que, habitualmente y por culpa de la segregación de tsunamis de dopamina, las circunstancias inusuales y traumáticas que nos rodean a cada segundo han dejado de “fabricar” ese famoso efecto de cámara lenta. Al contrario. De esta forma, la escala logarítmica asociada al discurrir de nuestra vida se ha ido al traste, y todos —con esto me refiero a 7.000 millones de personas— hemos acabado dándonos cuenta de que se está terminando lo que nunca llegó a empezar. Rarísimo.

Ilustración: Prince Hat, aka Patrik Svensson

Condenar a la cultura sale gratis

Pasan los días y la cultura se desangra. Poco a poco. Porque resistir cuatro meses es factible. Hacerlo más de seis, una quimera. Mientras tanto, las familias pierden la poca inercia acumulada, y reducen su velocidad hasta ahogarse. De ahí que comiencen los reproches. Primero contra Taburete por imprudencia temeraria, luego contra Rozalén por congregar a las masas sedientas de circo, más tarde ya veremos. De manera ordenada, el público que asiste a los conciertos va cambiando. En julio, daban palmas a contratiempo. Con el otoño a la vuelta de la esquina agitan sus joyas en las noches tibias. Y la luna se confunde con las perlas cultivadas bajo el mar.

El 17 de septiembre, los trabajadores del mundo del espectáculo han convocado una gran movilización repleta de medidas tan necesarias como urgentes. Sin embargo, faltan caras reconocibles, ídolos y rutilantes estrellas adheridas a un movimiento eminentemente proletario. Será porque esas voces ausentes tienen cosas más importantes que hacer, buscar su propio grito, eludir responsabilidades de adultos con hipotecas. ¿Cómo mejorar un mundo dislocado si bastante tienen con sobrevivir en su universo personal e intransferible, el mismo que nos contrae los músculos erectores del pelo?

La infantilización de la sociedad va en nuestra contra. Tampoco ayuda que el sector esté repleto de conductores que sueñan con ser guitarristas y técnicos con alma de compositores eléctricos. La industria musical en España, esa que emplea a miles de trabajadores, es brillo y azúcar, velocidad de crucero forzada. De ahí que, cuando se para en seco, huela a podrido y sus caras más visibles rehusen a tomar el mando, dar un paso en dirección al futuro y sacar al ministro de la sauna. Hace falta mucho coraje para hacerlo, tal vez penar. A los demás nos falta imaginación para salvar los muebles y por eso, en este país y en otros muchos, condenar la cultura sale gratis. Menudo hostión.

Ilustración: Ken Price

¿Importa tanto perder un año?

De pronto, el tiempo importa más que la muerte. Así los padres se rasgan las vestiduras al enfrentarse a la posibilidad de que los hijos, a partir de septiembre, continúen con su formación en un año no presencial y sí lectivo, como si los niños y los adultos no lo perdieran todo el rato, en el pupitre, la oficina y un atasco. Tampoco se libran de estos miedos aquellos sin descendencia, precisamente porque la dimensión física que representa los estados por los que pasa la materia, el tiempo, ha sido desgajada de la única variable sobre la que se asienta nuestro presente. El avenir en 2020 ni se escribe ni existe, sólo se transforma. Y además a peor.

El problema al que nos enfrentamos, además del tsunami de mierda acercándose por la derecha, es que desconocemos las consecuencias de perder un año de manera consciente en el transcurso de una vida más o menos larga. Nada de estupideces, ni momentos de desconexión o eso de dejarlo para mañana. Ni siquiera el típico asueto para pensar en futuros posibles. De lo que se trata, aquí y ahora, es de suspender la existencia porque las horas en diferido se dan por perdidas, y el terreno ganado por la enfermedad nos bloquea, apaga el grito. Y ya es septiembre.

Resulta que muchos navegantes que recorren el mundo en sus veleros blancos no saben nadar, un poco como nosotros, pero con una diferencia fundamental: somos a la vez náufragos y timoneles intentando dejar atrás deseos y anhelos, negándole la comida a un monstruo acostumbrado a tener su ración diaria de contenido, esperando sin ser conscientes de que no hay nada más que esperar que este instante, único, preciso, nuestro. Historia y mar.

Ilustración: https://kirstensims.myportfolio.com/

El pueblo, sueño húmedo de los madrileños

Al principio creí que era cosa mía. Pero con el paso de los meses la impresión se va haciendo caravana no solamente en Madrid, sino en cualquier otra gran ciudad en la que la caña cueste más de un euro, los alquileres por un interior de dos habitaciones, baño y cocina de batalla superen el salario mínimo y salir a la calle implique regresar oliendo a puro habano en un día ventoso. Así es como la edad dorada de la urbe como punto de encuentro va dando paso a la oscuridad dentro de ella. Por primera vez en décadas, la población de Los Ángeles o Nueva York cae, y la posibilidad de abandonar el centro y abrazar una vaca sobrevuela un subconsciente colectivo en horas bajas.

Y no es que vivir en un pueblo sea mejor ahora que antes. ¡Qué va! Más bien la idea de tenerlo tras la puerta cobra un valor próximo al bálsamo porque implica menos gente y más personas, los aviones comunes fabrican nidos en los aleros del tejado y el teletrabajo sin mascarilla fomenta la burla contra aquellos que decidieron alquilarse un piso en Malasaña por los bares. Eso sí, a ver quién es el valiente que se instala en Calabazas de Fuentidueña y trata de ser feliz más de dos meses seguidos.

Al igual que esta pandemia nos está sirviendo para darnos cuenta, una vez más, de que algunas cosas nunca cambian, el éxodo (coyuntural) de la ciudad al campo que presumiblemente se producirá después del verano nos proporciona una información muy valiosa para entender aquellos versos de Lorca: «La agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida». Y así siempre; rodeados de girasoles o de ventiladores. Lo mismo da.

Ilustración: https://ryotakemasa.com/

D10S se va y la COVID-19 desaparece un rato

El fútbol es maravilloso. Y lo dice alguien al que no le gusta. Pero nada. De hecho, lo único que hago, y muy de vez en cuando, es mirar por encima vídeos en Youtube con las mejores jugadas de esos supuestos mejores jugadores del único deporte equiparable al sexo cuando es sucio, la droga sin corte y el poder envuelto en TNT. Y digo supuestos porque en el fútbol no hay certezas ni unanimidad. Ni siquiera en torno a Messi, el chico de los ojos pequeñitos pequeñitos gestado en el interior de un balón-placenta y que, con su marcha, desata un huracán mediático que arrasa con los tiroteos en Wisconsin, los incendios y la vuelta al cole. Al menos lo que dure la incertidumbre relativa a su nuevo destino y el del resto mundo.

Es de agradecer que durante unas horas los culés aúllen, el ministro de Cultura salga de la madriguera y ponga un tweet, casi todos menten a la madre de Bartomeu, Ramos destense los abdominales y la mayoría considere que este 2020 es aciago no por razones más que evidentes, sino porque La Pulga, D10S, El Messias —los tres son la misma persona reconvertida en Espíritu Santo— ha decidido cambiar de máscara. Así los genios crean la tierra y el cielo y todas las cosas que hay entre medias, y al séptimo día se van con la duda de haber podido hacerlo mejor en Italia o Inglaterra.

En todo caso, yo estoy encantado con este planeta fútbol libre de contagios e impermeable a la muerte. Gracias a su burbuja, Messi pudo recoger el relevo de la mano de Dios, convirtió las patadas en ajedrez de once, y antes de ayer, tras varios años de decepciones y tatuajes feísimos, detuvo el aliento de millones de aficionados con problemas para respirar. Qué curioso, el Barcelona pierde a Lionel Andrés, el único con capacidad de hacernos ganar al resto sin sudor. Cuando se canse deberían retirar el número 10 de todos los equipos de todos los deportes, justo al lado del 23.

Ilustración: Les Lee

Las cosas que echamos de menos

Es extraño cómo han cambiado las cosas en el transcurso de estos meses. A finales de agosto, cuando los niveles de vitamina D exceden los niveles recomendados y tres cuartos de España se van de vacaciones después de meses de parón forzoso, la frase más extendida por terrazas, plazas y redes es «estoy hasta el coño». Y claro, uno se pregunta cómo es posible si se supone que el estío es la fecha en la que, históricamente, mejor deberíamos estar, dueños de cuerpos dorados a la sal y una mente que, por fin, vuela lejos del fútbol y los atascos. Por supuesto que hay varias razones de peso para ello, pero la raíz del mal se encuentra en la imposibilidad de compartir.

Así es como llegamos a la conclusión de que lo que más nos apetece a día de hoy, más que echar un polvo, que también, o ponernos pelo, es probar el postre del de al lado, juntar los morros propios y ajenos en una bola de helado de turrón o una garrafa de vino, que nos escupan a la cara porque estamos hablando demasiado cerca, en la oreja o el pómulo, ¡da igual!, bailar, sí, bailar, muy apretados la canción de este no verano y abrazar a gente triste, a chicos pálidos vestidos de negro, a Abascal. Incluso la imagen del turulo comunitario se percibe como un vestigio del pasado a recuperar en este presente rancio.

A pesar de los reflujos vitales, la batalla que se libra en nuestro interior nos empuja a la soledad y la misantropía. Por un lado el miedo, por otro las ganas de que esto acabe de una puta vez. En medio, el «sólo se vive una vez» percibido como una frase de gimnasio cutre con sentido. Somos huérfanos sí, aunque también más conscientes de todas las cosas pequeñas que perdimos en el camino… y que se hacen entre dos. Más ya se considera gang-bang.

Ilustración: Charles Burns