El sonido de Tokio

Suena así, lejos de guías, sake y samuráis. Cerrad los ojos, oled. Y es que Tokio es la ciudad del aire entre las copas de los árboles y el cemento, todo viento racheado y apuntando alto, cerca de las luces bajo el vientre de un avión que pasa, y pasa otro. Será que el halógeno y los LED traen sonidos en el pelo. Y un cuervo grazna a modo de advertencia. Porque en Japón puede comprobarse que el estruendo, sonido articulado sin ritmo y armonía, falta a su definición. De ahí que todas las ciudades se parezcan, excepto una al Este de un jardín secreto, casi en Marte. Ella sigue siendo una urbe del medievo entre ondas a la modernidad. Tanto, tanto Tokio.

Y te despistas y un deportista vuela corriendo raro por el lado contrario al de la apuesta por el Sol. Tap, tap, plaf. Están el mar y los gemelos gordos. Entonces llegan las conversaciones de comida, muy altas las de ellas, más graves las de ellos que andan con los hombros por delante, por delante tañen. Nada comparable con el silencio del papel higiénico en cualquier baño. La propia palabra, TO-KIO, vibra, rebota en su eco para regresar más joven, quizás porque fue Kioto la primera de todas las capitales del mundo.

Una pausa. En cada paso de cebra cruza un mundo y el hilo musical recita un mi y un do. Luego freno. Mucho tiene que ver que las aceras no pertenezcan a las motos, sino a los humanos con música de koto, taiko y shamisen. A pesar de todo, Bad Bunny sale del cristal de los escaparates y, al volver a casa, rendido por la belleza de una ciudad-susurro, los trenes gimen como una niña o una porno, que es lo mismo. Nada que ver con mi casa de papel. Y uno arde en su ruido, el más fuerte de todos los silencio juntos. La furia queda fuera, entran los sentidos. Absolutamente nada, absolutamente todo ruido.

Ilustración: Guy Billout

El extranjero

Es cierto. Ya lo decía Camus. Uno se forma ideas exageradas de lo que no conoce. Y es que lo ignoto, precisamente por serlo, viene envuelto en papel de burbujas, pura novedad, y ésta se percibe como lo único necesario. Así nos va, siempre en búsqueda de algo fresco, precisamente porque conservar lo puesto cuesta más que perderse en disfraces nuevos, en una calle que empieza y termina en espejismos, quizás un hábito convertido, a partir de ahora, en promesa. También hay miedo, ¿pero no es precisamente eso lo que nos hace seguir vivos? Luego están las formas, los colores, nuestro lugar de observador poco observado y también la nostalgia de un viaje que sabes que se acaba porque hay que volver. Ay, el extranjero, el extranjero vuelve.

Entonces la queja desaparece. Sabemos que andamos de paso. Incluso la comida con sabor a arena sabe rica, playa con estrellas sin nombre entre los dientes. Cierto, nunca se cambia de vida. Como mucho de entorno, otro cielo quizás. De ahí aquello de que «cosa nueva nunca es buena, al menos si lo piensas con detenimiento». En otros países uno deja de recordar y transita por otros olores, siempre con la esperanza de que mañana habrá un nuevo uso para el día. La rutina fue una forma extraña de locura, de ahí que no entender la lengua del país cuente como espectáculo de noche, de tarde y de amanecer. Después cierras los ojos.

Sucede que muchos se sienten mejor en tierra ajena, incluso se adaptan al ritmo de los pasos, a la incertidumbre que implica mirar a la izquierda al cruzar la calle. El mundo siguió girando por el otro lado, pero el turista, ese que va acaparando sitios en un mismo cuerpo, continúa implacable en su afán por encajar, aunque sepa que tampoco pudo hacerlo en su lugar de origen. A veces recibe miradas grises, algún gesto de ese lado oscuro de los hombres y, a pesar de todo, gira en la siguiente esquina, memoriza, descansa en un jardín seco. Al final, todos terminamos deshaciéndonos, aquí, allí, en cualquier parte. La vida, el único viaje sin destino.

Ilustración: Hiroshi Nagai

Ayer vi el Polo Norte

Asomo la cabeza y veo una masa de hielo que desborda, como un acorde infinito de ruido blanco. La extrañeza, siempre desde arriba, aumenta cuando la azafata me entrega un certificado oficial en Din A5 y una sonrisa=máscara. Sí, soy un elegido a 88º 31′ 00.0″ N y 0º 08′ 2.31″ E, uno más. Y es que para eso viaja uno, ¿no?, para transitarse y publicarlo. Por fin puedo afirmar que la Tierra es plana, que el Polo Norte se parece mucho a Benidorm nublado y que los aviones no pueden sobrevolar Rusia en nombre de la paz. Por eso rompo la regla que afirma que una vez al año hay que viajar a un lugar en el que no hayas estado, es decir, a uno mismo, el peor de los destinos.

Un despegue forzoso implica un aterrizaje dulce, acción de separarse de un mundo que nos factura por todo, incluso por volar. Ahora los aeropuertos vienen con eco, eco, eco, los hombres hacen pis sentados en el baño y corre el aire que nos falta ahí fuera, como si todo fueran señales indicando que moverse fue y será patrimonio de los ricos. Sucedió, vivimos el espejismo de aquella globalización achatando los cuatro puntos cardinales hasta dejarlos en tres, el Norte y el me quedo en casa. Lo que quedó entre medias, oh, precarios y pandémicos, se resigna a leer a Julio Verne o mirar las postales del microondas, una playa, una pizza que da vueltas. Nos equivocamos todos, por eso dejamos de viajar.

Ahora ser turista es ser leyenda y además los lugares remotos hacen honor a su nombre de distancia en Google. Así, uno camina solo y rodeado de otros muy diferentes, tanto que podrían ser humanos, pero con la cabeza enorme y un cierto desequilibrio cinético que recuerda a los pájaros mojados. En un andén lleno de luces, pienso en los kilómetros recorridos y el combustible, en lo que bien que se está en casa pensando en ese español que espera el tren y en la dentera que me produce la gente a la que le encanta viajar y la feria de Sevilla. Y por fin sé lo que hay al norte del Polo Norte.

Ilustración: Guy Billout

. En el andén pienso

Los días de fiesta

Los días de fiesta para mí son los más tristes. Algunos paisanos se disfrazan, ocupan las aceras y los parques dejando tras de sí un rastro de claveles blancos. El rojo late en sus solapas, vuelo de lunares, se baila en torno a pasodobles que resuenan por encima de torres, nubes y madroños. Madrid en San Isidro bien vale un lunes que es domingo. Abro los ojos y miro una ciudad que no me pertenece. Se diría que la gente disfruta estando aglomerada, sonríe sin cosas en la boca, va cerca del río a refrescarse y ver pasar su curso, con el día, la tarde y más tarde la noche en Las Vistillas. Cuestión de intimidad la de la masa.

Queda claro que un día de fiesta ha de pasarse o borracho o bien acompañado, de lo contrario parece una plaza de toros o un parque de atracciones cerrado por pulgones. Sería mejor tener un gato a mano para acariciarlo, intercambiar tristezas y misterios y, sin querer, observar su movimiento hecho distancia, la misma que recorre los pasillos de mi casa. Sí, un gato, un boxeador o un león hambriento. Todo muy castizo. Y está esa cosa de saber que, al otro lado, lo están pasando bien. Siempre me quedará el zoo, pichi, siempre.

Si lo pienso bien, todo es una cuestión de «tener que», así que mejor celebrar el martes porque sí. Ahora los miedos hacen fila delante de mi casa, como si hubiera un comedor social y una estrella errante detrás de la puerta. Me imagino que todos los que festejan ahora tendrán que despertarse hoy, antes de irse a dormir y de la vuelta al trabajo tras un puente. Ay. Entonces sonrío por triste, resto a la bestia que hay en mí, riego las plantas con la esperanza de que pase rápido. Y pasa lentamente.

Ilustración: Guy Billout

Recuperar la vida

Nos insisten con eso de vivir el y en el presente, plegaria de superación que conocemos de oídas. Bueno, quizás los niños la recitan cuando les sangran las rodillas o asisten al vuelo de un pájaro mudo, ese policía que dirige el tráfico. Sin embargo, descontado el tiempo en los años y el dolor de un cuerpo en continuo movimiento, terminamos olvidándolo. Es así, el presente no le pertenece a nadie. Hay una luz al levantarnos que nos lo emborrona, se hace un caldo de huesos e ilusiones, nos empuja al nicho de las postales y los sueños de futuro para cursis y privilegiados. Maldita y necesaria esperanza. Y uno insiste, aunque sea en otros.

Envejecer es hacer ruido, y es precisamente el ruido el que desvela la memoria del presente, silencio, shhh. Sí, aquí y ahora y como nunca. No lo vi(vi)mos. Estuvimos a otras cosas, las nuestras, mintiendo, siendo otros dentro de uno, durmiendo de lado, escuchando a Phoebe Bridgers y odiándola por genio, pintando la casa de sol. Parece que tuviera que ocurrir una desgracia, una pérdida seguida de otra, más pelos sobre la almohada, para levantar la cabeza. Recordatorio de la nevera: «Todo es presencia». Cierra bien, haz el favor.

En esa ausencia de lo que nos ocurre mientras respiramos, se retoma. El mundo no ha cambiado tanto desde que nos conformamos con pasar de largo. El presente, ¿qué?, tiene que existir a pesar de nuestro desinterés por la realidad y sus cosas. Soy, estoy en el comienzo del verano, miro las noches por detrás de la cortina, templadas, velos desprovistos de palabras, todo enigma, un antes y un después sin brillo, el de mis ojos. Estoy, no he vuelto, vivo.

Ilustración: Guy Billout

Cuando sabes que va a acabar

Hay algo que nos empuja a seguir intentándolo. En ocasiones pasa por locura. Otras, las más, se parece a la costumbre de dos haciéndose un poco más de menos cada noche, es decir, uno y uno en la intersección improbable del colchón. Entonces el día a día no es más que una sucesión de tiempo deshilachándose, de nosotros en él y mangas cortas. Sucede de repente. Porque las cosas van bien hasta que ya no y, como es imposible localizar ese instante que torció el devenir de la pareja, intentamos enderezarlo hacia detrás, regamos una planta con raíces y sin hojas. De tanto indagar en el fondo de la memoria, terminamos sumergidos en la ausencia y la añoranza de nosotros sin nosotros. Bienvenidos al presente.

Recuerdos que valen más que la pareja, preguntas cuya respuesta imita las peores formas de indiferencia, silencios rotos por la posibilidad del llanto. A veces, compartimos un rato delante del televisor. Mirarse a los ojos implicaría volver a la primera vez que nos miramos, un START despojado de dudas y temores. GAME OVER. Sabíamos que podría suceder, que borrarnos era una probabilidad tan firme como las arrugas del iris, el ruido al recoger las migas y el roce con el aire. Había que vivirlo, de ahí el vacío que precede al adiós como principio de algo que se muere.

¿Por qué este empeño en saltar juntos desde lo alto del puente? ¿Cuándo llegará el impacto? Sería mejor cerrar los ojos y aguantar, eso hacían los viejos. Les fue bien. ¿Qué tal un tajo limpio y rojo sangre y a por la otra mano? Si sabemos que todo llega a su fin, ¿de dónde procede esta insistencia de animales acorralados? A fin de cuentas, el amor sigue siendo el único síntoma de vida humana en la Tierra, antónimo de lucha, creador de todo lo visible y lo invisible. Y tú y yo ya no nos vemos.

Ilustración: Guy Billout

En el teatro con Aitana y Marta

Al teatro no lo para nadie, y menos a su tiempo sin pausa, todo accidente. La mejor manera de entenderlo es regresar al asiento cada tarde sin haber bebido, molestar a los actores con nuestras circunstancias de pena, risas, tos y lo que va entre medias. En el caso de «Malvivir» en el Matadero —bonita redundancia—, está el texto escrito en el cuerpo de dos actrices que son muchas y todos de verdad, aunque la picaresca asuma otras máscaras, voces, lazos rojos. Aitana Sánchez Gijón y Marta Poveda, también hombres, viejas en los ojos, huecos en las muelas, brujas, hidalgos, buhoneros y viudas, una no nata y otra muerta en escena. En definitiva, dos mujeres inalcanzables a un paso del espectador que late. Conozco a alguien que se enamoró de ambas. No fue un hechizo; la nieve ardía.

Para los que quieran saber más… sinopsis de la obra disponible en Internet. Y es que el misterio tiene su mejor expresión en una sala, cruce de caminos en el que es posible moverse sin la vulgaridad de las maletas, llorar con lágrimas del otro lado e incluso dormirse delante de un sueño. Resulta que a oscuras se accede a un mundo azul turquesa con toques de granate sobre la piel que otras habitan. Luego la luz se hace y se ha acabado, aunque mantengamos el impulso a la salida.

Sucedió algo que tiene que contarse. Al terminar, con los aplausos y el público en pie, el elenco salió a saludar. A ambos lados de Bruno Tambascio —juglar de piano y acordes invertidos—, estaban Aitana y Marta, pero ya eran ellas, las de carne sin verso al aire. Los personajes abandonaron el cuerpo, la expresión de sus cuerpos en el espacio recuperó el aliento. Repito, eran ellas, Marta y Aitana, ahora aliviadas, más ligeras a juzgar por su esclerótica. También un poco tristes. A esa ausencia uno termina enganchándose, que no es más que la vida interrumpida continuando su curso, siempre a lo suyo que es lo nuestro. Bendito teatro, bendito.

El sonido del Real Madrid

Solamente sucede con el Real Madrid. Antes de los partidos que hacen biografía, la ciudad adquiere texturas de un sueño que sueña, con la acera al carboncillo y ese aire de todas las épocas pasadas y futuras. Para los que no vemos la tele resulta extraño la electricidad en bares y casas, ahora estadios. Y es que es posible respirar al ritmo de un balón dentro de ese epicentro de la Tierra llamado Bernabéu en liza con YouTube. Basta con abrir una ventana, cualquiera, la de mi cuarto, por ejemplo, con vistas al Madrid de las antenas y un cielo de césped blanco, merengue, azul después. Entonces empiezan las jaculatorias, las cervezas de un trago, la capital ondea su bandera, que puede ser de dos equipos y al final siempre de uno.

Y es que ganar mucho genera costumbres arraigadas. Es más, tanto pesa ese impulso de copas en el aire y títulos en la pared que nadie escapa a la hora bruja: dos mitades con prórroga incluida. Por mi ventana entran ráfagas de ánimo, comentarios en sincronía con las jugadas entrenadas en Valdebebas. Si el Madrid ataca, el inmueble vibra, resuena, retiene el aliento como si la vida fuera cosa de once contra once que se apaga a contrapié. En el fondo, hasta los poco aficionados quieren sentir lo que provoca el fútbol en los ojos de los niños, aunque se gane de penalti. Ah, marcó Benzema, alguien lo grita. Euforia a pie de calle y el ventrículo con forma de balón.

Fin del partido. El rumor parece de mar con marejada al fondo. Aumenta. Crece como la felicidad en los balcones. Hay eco de lo que ha sido, un banquillo lleno de lágrimas que no llega a creerse lo que estaba escrito en ninguna parte y en todas. Un entrenador calvo perdió, aunque no hay nada peor que perder pelo. De pronto, la ciudad es una fiesta que corea, ensucia y reescribe la letra de la canción. Allí donde regresa el fugitivo, pongamos que hablo del Real Madrid. Y me duermo.

Ilustración: Guy Billout

Acción-reacción en el Wizink

Caían manzanas a su alrededor y él elaboraba teorías revolucionarias. Mucho ha llovido desde Newton, pero aquella ley en la que «para cada acción hay una reacción igual y en el sentido opuesto» mantiene su amenaza, distinta gravedad en otro tiempo donde se intercambia fruta por bombas de vacío, física por sinrazones de guerra. Así, el equipo de Palermo ha tomado el testigo y organiza un evento en apoyo a Ucrania, un país que existe para lo que interesa mientras se desangra. En esa ficción seguimos, hasta que el día 10 de mayo, Miguel Ríos, Dani Martín, Coque Malla, Depedro, Morgan y muchos otros muy buenos, suban al escenario del Wizink Center. Todo en una noche, todo con una reacción: que la música sirva a su propósito de agitador pacífico y se recauden fondos destinados a la acción, la humanitaria y por lo tanto la vida.

Para los que no lo sepan, poner en marcha un concierto de estas características implica un nivel de producción inabarcable. Por esa razón, comprar la entrada antes de la fecha contraviene el enunciado de la primera ley del genio inglés: «Si sobre un cuerpo no actúa ningún otro, este permanecerá indefinidamente moviéndose en línea recta con velocidad constante». Sucede todo lo contrario. El movimiento se hace con un dedo en la página web, aquí y ahora. Magia.

Resulta que la vida sin música sería un error, pero aún más la música sin un fin más grande que ella misma. Si la política es el arte de encontrar problemas, entonces habrá que tocar muy alto y mirando al Este. Y así se enuncia la tercera ley, la del amor y la solidaridad, la de las canciones como territorio donde nadie puede hacernos daño, hasta que acaban. No nos moverán, acabará antes la guerra.

Esos que no cruzan con el semáforo en rojo

Ahí están ellos, los que esperan a que se ponga el hombre de verde en el semáforo, quietos ante el precipicio de un paso de cebra. Y es que saben que el tiempo de demora cuesta poco y como mucho conduce al otro lado un poco tarde. El resto, muchísimos, prefiere el rojo de la lente, aunque vistan con los colores de la primavera. Algo esconden si, cada vez que pueden cruzan, corren para no quedarse fríos e ignoran a los mansos, los mismos: señora de permanente diaria, chico un poco lelo que lee poemas a ras de escupitajo y madres de mucho carrito y poco trote. De entre todos los que andan elijo a los que se quedan quietos. Ellos hacen las calles y el tráfico de acera, las flores de luz intermitente. Las noches traerán amaneceres. Paran. El ámbar dura lo que dura esto, tres segundos.

Admiro la paciencia cuando toca, también en la cola de los cines, como si solamente unos pocos fueran capaces de comprender la importancia de esperar al margen de la prisa, que no es más que la falta de orden. Al final, los transeúntes van a los mismos sitios viniendo de distintos lugares y, sin embargo, se pierden el trasiego cursi de las nubes, ignoran el olor de la ciudad después de tanta agua, atraviesan un espacio mirando el vacío en la pantalla. Las estatuas ven lo que sucede; los rápidos acaban dejándose y dejándolas atrás. Allá van ellos. Cualquiera podría estar equivocado.

Resulta que todo sucede en estos cruces, también lo que pudo haber pasado. Una señora pisa la parte de asfalto entre raya y raya paralela con el semáforo en rojo, claro. Y llega. Coge el autobús para volver a casa y, mientras recupera el aliento por dentro de la mascarilla, los mansos inventan juegos con sus zancadas dadas y otras invisibles, juegan al avioncito, el sambori y la rayuela. Algo bueno trae el detenerse a los que se pararon. Luego siguen, tarde, lentos, más vivos.

Ilustración: Guy Billlaut