Desear a la mujer de tu mejor amigo

Hace años, mientras alternaba diferentes trabajos para ahorrar el suficiente dinero como paras subsistir como inmigrante en un país lejano, (valía todo; desde las ferias de los gitanos a una zapatería deportiva, repartir medicamentos porcinos ricos en hormonas o tocar horribles versiones de los 80…), descubrí que mi novia americana del momento follaba con un amigo. Fue un simple gesto, un pequeño tirón de camiseta ejercido por ella con tal precisión que delató, casi de manera casi inocente e inconsciente, un interés más allá del estrictamente amistoso: su muñeca estiraba la parte inferior de la tela blanca en dirección al suelo cuando en realidad, en esa dimensión de las cosas que no se ven pero se sienten, ella le empujaba dentro de su vientre como diciendo, con la simple ayuda de unos finos dedos algo parecido a “ven, tonto, es ahí donde tienes que estar, cerca de mi”. Los demás, mis otros amigos, siguieron pasándose el porro y sonriendo ajenos al monstruo que devoraba mis entrañas.

Lo que ocurrió después se distorsiona con el tiempo, se encoge y se estira como una goma elástica alrededor de las piernas de una niña, y sin embargo dejó en mi una sensación que continúa viva a día de hoy, como si el olvido hubiera desempeñado a la perfección su papel  sin olvidarse de aplicar un gas letal sobre mis ojos que convierte a las mujeres o novias de mis amigos más cercanos en seres asexuales, desprovistos de cualquier atracción independientemente del grado de belleza e interés de todas ellas (chicas guapísimas, trabajadoras, católicas y limpias por lo general).

La cuestión es que ese suceso, y después de tantos años, se convierte en una historia que al ser contada siempre arranca una sonrisa, un pequeño punto casi invisible en el anecdotario de toda una vida, un destello, el pistoletazo de salida para lo malo mientras lo peor queda detrás y que pone de manifiesto que al final apenas recordamos las palabras de nuestros enemigos mientras que los silencios de los que tenemos más cerca retumbarán siempre en nuestra cabeza y en la de Eric.

FotorCreated1.jpg

 

 

Anuncios

La pregunta que nunca debiste hacerle a tu madre

No pudiste evitarlo. A veces esas cosas pasan. Ni siquiera estabas borracho. De hecho hace años que no te tomas una sola cerveza y te pasaste al Bitter porque te daba por hablar y hablar, sin filtro, sin pensar en las consecuencias que determinadas conversaciones tienen en tu vida, y lo que es peor: en la de los que más quieres.

El caso es que desde el momento en que cayó en tus manos un Playboy con las fotos de Sharon Stone en la portada, comenzaste a ser consciente de que había un importante desequilibrio entre las mujeres que aparecían en esa revista y las demás, que unas representaban las aspiraciones idílicas de lo que sin duda era una realidad fuera de tu alcance y las otras eran nada más y nada menos que un reflejo (a veces doloroso) de lo que te correspondía por el simple hecho de haber nacido en el seno de una familia de clase media un tanto conservadora, de esas que compraron en su momento un piso cerca del centro y una pequeña casa de campo con piscina verde y césped seco.

De entre todas ellas, las de tu especie, universitarias o compañeras de trabajo todavía solteras, portadoras de proyectos personales en las que se vislumbran una familia numerosa o simplemente una playa paradisíaca en la que tomar el sol en pelotas, un hogar con la chimenea encendida y un marido que las ame y las trate con respeto, quizás hacer carrera en el cine con aspiraciones internacionales, varios chulazos que las empotren como Dios manda, sin miramientos, o un trabajo en París, o mejor Nueva York o Barcelona pero antes de que estallara el obús territorial en la plaza de España…de entre todas, y sin dudarlo un segundo, destaca tu MADRE. Y da igual que a veces mientras follas, y para aguantar más, pienses en ella tal y como te la encontraste aquella noche de verano; en pelotas, con matorral en el coño y la parte inferior de los brazos blanda y viscosa por culpa del paso del tiempo pegada a un pecho desparramado. Da igual, siempre será tu madre y por esa sencilla razón nunca debiste hacerle esa pregunta antes irte a dormir. ¿A quién se le ocurre? Preguntarle, así de repente, si de joven había practicado alguna vez sexo anal…¡y si le gustó!

milf-mom-in-love-with-fitness-kids-tank-top-black-26025-37-2-0-12-190.jpg

Lo dicho: la última cosa que deberías haberle preguntado a tu MILF.

Es duro, durísimo pero ¿qué ocurre cuando tu pareja ya no quiere follar contigo?

Cada pareja tiene lo suyo -eso está claro- sin embargo todas ellas encuentran el mismo escollo asociado a una pérdida de deseo, piedra en el camino con forma de pereza que casi siempre, y según los expertos (a ellos seguro que no les pasa) aparece en torno a los tres años de relación. Y no me vengáis con eso de que es en ese momento en el que debemos desplegar todo el poder de nuestra imaginación y echar un polvo encima del plóter en marcha, aplicar esa nueva técnica de cunnilingus que tiene como efecto colateral unas terribles llagas en la comisura de los labios o inventarnos personajes eróticos que manipulan como malabaristas frutas fálicas cargadas de propiedades afrodisíacas, no; porque es pensar en echar un polvo con tu pareja, a la que amas por encima de todas las cosas, y ver desfilar ante ti la siguiente frase a modo de mantra:

“Te cansas antes de follar con la misma que de comer patatas”

“Te cansas antes de follar con el mismo que de comer patatas”

Además llegamos cansados del trabajo, el niño no ha dormido en toda la noche, venimos del gimnasio y lo que nos apetece es una ducha bien caliente y mejor mañana por la mañana que es cuando estamos cachondos… y así el encuentro se va postergando en el tiempo hasta darnos cuenta de que llevamos meses sin tocarnos y eso tampoco es que sea necesariamente malo sino que responde más bien a la imparable ley de la gravedad humana y monógama.

El verdadero desconsuelo surge en uno mismo, persona sensible a la  que se le dan muy bien las matemáticas y que recuerda cada uno de esos polvos estelares y aquellas sesiones interminables de sexo húmedo entendido como un torrente de lava imparable que el tiempo se encargó de reducir a una gota de rocío pero que no es capaz de comprender cómo cojones es posible, con lo bien que estamos todavía, con todo el pelo y estos músculos congestionados de adolescentes perpetuos, con esta piel oliva y un culo moldeado a base cross-fit invernal, que nuestra pareja no se sienta atraída sexualmente hacia nosotros cada vez que entramos por la puerta y decimos aquello de “hola, amor: ¿qué tal fue tu día?

Y eso es terrible, el peor de los dramas, una película de terror en primera persona.

 

o.jpg

 

 

 

Nadie nos contó que Internet fuera mentira

No recuerdo exactamente la primera vez que utilicé YouTube. Debía de ser el año 2005 (año arriba año abajo), pero sí el lugar y el vacío generado por mi exageradamente curvilíneo y sólido culo: fue en un despacho de química orgánica de la UAM en el que la mejor parte de mi anatomía descansaba sobre una silla de textura rugosa que sostenía un cuerpo menudo bajo una cabeza provista de dos ojos vidriosos que no podían despegarse de la pantalla en la que Danny Gatton, guitarrista tejano de dedos rechonchos y pétreos que martilleaban sin piedad  una vieja Telecaster, exhibía su talento delante de un horrible fondo azul.

Ahí, entre vapores sulfurosos, acentos del sur de los Estados Unidos, papel Albal (sí, de aluminio) y conocimiento microscópico asociado a sueldos ínfimos, fui testigo de esa revolución a base de ceros y unos que sucedía delante de mí mientras todos los demás hacían la compra: Internet y su nueva manera de entender el mundo, la democratización de un saber impreso en papel y hasta ese momento destinado a los más listos, a los huéspedes de bibliotecas públicas y privadas y a los niños más osados que espiaban a sus respectivos papás en su visionado matutino de porno dominical en VHS. El mundo estaba conectado, unido, desde Pakistán al Borne, desde las cloacas hasta la luna (ese sueño húmedo del sol), todos éramos iguales en un medio acuoso en el que era posible vivir existencias paralelas, asumir identidades idílicas detrás de “alias ideales”, hacer carne la idea más utópica y voladora, en definitiva: ser libres y además poder contárselo a los demás en tiempo real.

Curiosamente ese tiempo siguió pasando de la misma manera, quizás incluso más rápido, y nos dimos cuenta de que el invento revolucionario era simplemente una manera de enriquecer a unos pocos con una simple pero nada evidente diferencia: creíamos que eso sería lo último que podría pasar, imposible, porque ahora no estábamos solos, teníamos amigos de verdad, personas que nos daban siempre la razón, nos elogiaban cada día, incluso cuando decíamos gilipolleces, nos escribían en el muro que “éramos grandes” envuelto en polvo de estrellas y si no lo hacían era tan fácil como insultarlos, bloquearlos, sacarlos de nuestras vidas sin miedo a las consecuencias en la otra orilla, un mundo  -el de los sentidos de carne y hueso-, que desaparecía paulatinamente porque ya se sabe que la verdad duele y por tanto es mejor que se mantenga acurrucada en el ángulo muerto.

Finalmente ahora, 2018 después de Cristo,  y en el Congreso, en el parque o en la calle o en la oscuridad de nuestro cuarto sin ventilar, nos damos cuenta de que nada es necesariamente mejor, quizás sí más inmediato, y la realidad nos llega sin filtros, de la mano de aficionados que generan tendencias incurriendo en exageraciones y extravagancias para llamar la atención, las mismas que vienen envueltas en tonos pastel after-FX que ayudan a su digestión y que nos dejan a unos pocos (no somos muchos pero sí estamos cabreados) con la sensación de que casi todo es mentira y que la respuesta no vive en Internet sino en el interior de la vagina de Asa Akira.

Masturbador-Masculino-Fleshlight-Vagina-Asa-Akira-1.jpg

 

 

“Si España es mi madre yo soy un hijo de puta”

La frase no es mía, no. Yo ni siquiera contaba con seis meses de vida el día en que Suso Vaamonde tuvo la ocurrencia de incluir esa cuchilla de afeitar entre la arena de una canción popular que acabaría costándole seis años y un día de cárcel, (bonito número), por injurias a la la Patria con publicidad: porque ya se sabe que hay ciertas cosas que son intocables.

La cuestión es que la historia se repite y de nuevo -como si 39 años no hubieran sido suficientes para pasar página y aceptar que todo, y cuando digo todo incluyo a la muerte y a su novio- nos encontramos con los mismos escollos, las mismas vacas sagradas en un país aconfesional por obra y gracia de la Constitución-Frankentein, las mismas condenas ante los mismos hechos pero menos pixelados por el paso del tiempo, los mismos Susos transformados en Valtónycs.

Porque, ¿qué significa la palabra patria en un país como España? ¿A qué nos referimos cuando decimos que somos españoles? ¿A que nos gustan los toros, que somos del Real Madrid y hemos nacido en un lugar separado de Francia por los Pirineos y de Marruecos por una enorme balsa de agua? ¿Y dónde está la línea visible en los mapas pero invisible al ser atravesada a pie, la misma que delimita el territorio portugués del resto, extensión de tierra ocupada por personas de altura media aficionadas a pasar el verano en concurridas playas y en terrazas al aire libre?

Cada vez es más evidente, no porque yo lo crea sino porque el mundo ya no es tal y como era o como les gustaría a muchos que fuera, que España es como esos recuerdos de infancia que parecen reales por la cantidad de veces que los evocamos, postales mentales que no significan nada para nadie más que para nosotros por la sencilla razón de que ese lugar ya no existe y se ha convertido en un solar repleto de hierbajos, frecuentado por perros callejeros que se cagan y se mean por sus esquinas, una idea que cambia en función del que la observa, una madre sin hijos, unos hijos con padres perdidos y por lo tanto una simple circunstancia.

Quizás lo mejor sería que España fuera ese lugar en el mundo donde las putas, las madres, los niños que juegan y se hacen daño, las canciones, las lágrimas y la libertad de expresión, los que no quieren estar, todos ellos tuvieran cabida en un espacio suspendido en el tiempo donde soñar no sea un invento americano ni la patria una patente de Franco. Eso, dejémoslo en un lugar en el mundo…

01groenlandia_full_landscape.jpg

 

Lo que tienes que hacer si no tienes objetivos vitales: ordena tu habitación.

No es raro -de hecho es bastante normal- conocer a gente que estando lejos de la adolescencia pero todavía no demasiado cerca de la madurez, entendida ésta como un enorme pozo con forma de pereza, no tiene ni idea de lo que hacer con su vida, que sufren no solo de falta de motivación sino que se levantan por la mañana y ya están deseando que se haga de noche para volver a la cama. Y no se trata de depresión en sus múltiples formas (a pesar de que la propia existencia puede ser muchos días de lo más triste), no. Es otra cosa.

Dado que una parte de lo que nos hace civilizados viene determinada por reglas o principios morales de carácter prohibitivo muy definidos (no matarás galgos, no desearás a la novia de tu mejor amigo, no escupirás a los turistas desde el puente de Segovia, no ahorcarás a tu jefe con el cable del teléfono fijo, etc, etc…) nos encontramos desde muy pequeños con barreras que nos impiden hacer lo que queramos todo el rato y que al mismo tiempo nos facultan para vivir entre seres humanos, y claro, eso sumado al hecho de que tienes que elegir carrera cuando lo único que te interesa es salir y masturbarte pues genera un enorme bloqueo que en bastantes ocasiones se prolonga durante toda una vida.

Por eso desde aquí recomiendo a todos aquellos que se reconocen en lo mencionado anteriormente que empiecen por su cuarto, que ordenen lo que tienen más cerca, armados con Cristasol, una bayeta azul y mucha voluntad, que limpien el polvo acumulado debajo de la cama, porque lo importante no es que esa leonera esté impoluta y ventilada, no, lo que de verdad importa es la distinción entre el caos y el orden, una forma de meditación que nos emparenta directamente con los dioses, y en ese punto de intersección entre los pies de la cama, la horrible lámpara del techo y las paredes de una habitación, podemos tomar conciencia de que hemos hecho un buen trabajo susceptible de ser mejorado, mañana, pasado o al otro, que podemos ir más allá de ese cubículo, ampliar el radio de acción, el ratio social, mirar desde la ventana a las chicas que van a correr al río, derribar tabiques, y ampliar nuestra capacidad para transformar las cosas y a los demás, que son en definitiva, nuestro propio reflejo.

Ahí en ese punto -el proceso es largo pero fructífero- comenzará nuestra transformación, de muebles a personas con conciencia, músculos y huesos provistas de objetivos personales e intransferibles y con una esperanza como la guitarra de Jimi Hendrix.

cama2.jpg

¿Por qué decimos palabrotas mientras follamos?

Caricias, besos, gritos, prolegómenos bañados en aceite de rosa mosqueta, abrazos, saliva, estrujamientos de culo, teta, hombros y cuello y por supuesto, insultos.

¿Pero como es posible que entre tanto amor desplegado en forma de pasión desbordada y varias gotas de sudor sobre las sienes se cuelen esos: ¡vamos, cabronazo!,¡así, perra!¡uf, qué puta maravilla, hijo de puta!¡Así me gusta, zorra!?

Resulta que el uso de estas palabras durante el acto, y según un estudio médico, implica la activación de dos regiones del hipotálamo: el núcleo preóptico y el núcleo supraquiasmático. El primero es el culpable de la búsqueda de pareja y el segundo regula los ciclos reproductivos. En el momento de la erección, estimulación, humidificación y un largo etcétera de fenómenos físicos y mentales que se desencadenan por culpa de ese tranvía llamado deseo, la gran mayoría tiende a ir en contra de las convenciones sexuales, desplazarse un poco más allá del “yo voy a correrme” o de un triste misionero (bastante tiene el pobre con difundir el mensaje de Dios rodeado de salvajes), con lo que aumenta el nivel de excitación y con ella el torrente con origen en  nuestras bocas.

Curiosamente entre tanta conjunción de letras malsonantes se cuela Dios con dos exclamaciones, varios “madre mía”, cuatro o cinco “dime como te gusta”, un “dale más duro” y entonces, en ese momento, el sexo trasciende su forma física y se hace sujeto, verbo y predicado y por lo tanto palabra y penetra en nuestra mente mientras nuestros cuerpos expulsan fluidos que proporcionan placer inmediato, efímero y por lo tanto humano.

En ese templo que es nuestra intimidad, uno puede ser creativo, lanzarse a pintar cuadros en blanco, construir presas, rascacielos, castillos en el aire y paisajes marítimos al atardecer como Constable, pero si vas a introducirte (el verbo aquí no es aleatorio) en el mundo del insulto se recomienda que te cortes el pelo por los lados, que te dejes una cresta mohicana, escondas la pistola en el bolsillo y que te mires al espejo: si te gusta lo que sale de tu boca no te conformes, sigue practicando sin olvidar que el sexo solo es sucio cuando se hace bien y que el punto G está en los oídos y casi nunca entre las piernas.

pope-francis-listening.jpg Palabra de dos, tres o los que se quieran unir a la fiesta.