Si Greta debería estar en el cole, ¿los demás dónde?

Nadie sabrá nunca a ciencia cierta cuándo sucedió. Simplemente ocurrió. De pronto, el medio ambiente dejó de ser preocupación vital, ese problema que afecta a 7.000 millones de personas —con algún miope de VOX quemando rueda— para convertirse en alineación ideológica y, por lo tanto, en política. Por un lado, la izquierda con sus mítines apocalípticos, esgrimiendo humos de superioridad moral. En la otra costa, lejísimos, la derecha y su mensaje de ruido y furia indiscriminada contra aquellos empeñados en dar visibilidad a la emergencia planetaria. En medio, Greta en un barco de papel, ejércitos de adultos con ojos abiertos y sus niños perdidos en un mar de plástico.

Y es que la niña enfadada ha aumentado la temperatura del debate —1,4 grados desde 1880—, y de la contaminación hemos pasado al trueque de palabras. Ahora el cambio climático es crisis, la misma que acecha nuestro bolsillo cada ocho años, quizás debido a que la mera posibilidad de llegar a desaparecer como especie es ahora una certeza (casi) ineludible. Sin embargo, los escépticos y negacionistas, ansiosos por escuchar crecer los márgenes antes que a la humanidad, no tienen ningún reparo en llamar inquisidora, puta loca o subnormal a una adolescente sueca. En ese sentido aquí no hay ni subterfugios ni eufemismos atmosféricos.

Lo mejor sería que todos esos ágrafos medioambientales regresaran a la escuela. Frente a la señorita Thunberg, desprovista de título y menor de edad, aprenderían a juntar las vocales y las consonantes, después las frases exclamativas y las oraciones subordinadas, para terminar escribiendo en la pizarra: «¡Todos quieren cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo!». Nos guste o no.

Venga, la última y a casa

De entre todos los mitos urbanos, embustes y trápalas que circulan por los burladeros de las ciudades españolas hay uno que se repite cada noche como un mantra alcohólico. Y nada tiene que ver con la imposibilidad de ser ricos y de izquierdas, o con que el frío causa resfriados y beber zumo de naranja los previene. Ni siquiera con el hecho de que vaciando la vejiga sobre el ombligo acribillado de tu novia la picadura de medusa duele menos. Créanme; las vacunas no producen autismo y cuando alguien dice eso de «venga, la última y a casa», la noche se va alargar. Pero un huevo.

Porque si hay algo que caracterice a los ibéricos es su capacidad para intentarlo y fracasar estrepitosamente ante la hostilidad manifiesta que producen esas seis palabras, seguidas del clásico «Rafa, no me jodas» o una mirada furtiva al reloj que, paradójicamente, se levantará con nosotros al día siguiente… fresco y sin inmolarse tras incumplir una vez más la eterna promesa de no pedir chupitos de Jägermeister o llamar a la camella cuando lo que toca es desayunar.

Existen 194 países en este dislocado mundo —193 si tenemos en cuenta que el Vaticano es una casa de putas—, todos con sus costumbres, ritos y excesos, pero cuando un español entra en modo pedo sabe que va a socializar, formar parte de algo, efímero y blando, pero algo al fin y al cabo, ser agua, quizás halcón peregrino y afrontar el hecho irrefutable de que no hay un lado oscuro de la luna. En realidad, siempre duerme iluminada por el sol, como las calles que guían nuestros torpes pasos de vuelta a casa.

Vida y obra de tu mano

El primer día de vida, una mano del tamaño de una ciruela fue cegada por la luz del quirófano, percibió el rugoso tacto de la comadrona y, minutos después, con el resto del cuerpo envuelto en una bruma cálida, se ancló alrededor del dedo de la madre, exhausta tras el milagro del alumbramiento. Sería solo una cuestión de tiempo, de ruido al crecer, y la mano, curiosa y blanda, fue descubriendo el mundo, palpando la alfombra del Ikea y la madera del parqué, la hierba púrpura y el labio inferior paterno, el agua templada y una gota de leche tibia.

Y llegan los primeros escarceos con la nariz, a veces oro, la necesidad de registrar y darle forma al barro y lo invisible, incluso al tiempo, y falanges y metatarsianos se estiran para alcanzar cotas más altas, luchar contra cordones de zapatos en oferta, cazar moscas, hundirse en botes de Nocilla, cruzar pasos de cebras con las chapas. Después explotan granos, los dedos se deslizan sobre teclas blancas, negras, después blancas, se pierden en la nieve, bajo la playa, cerca del agua, salada, dulce o con cloro, aceleran sin guantes, salen por la ventanilla del Toyota… y el paisaje cambia.

El sexo. Mención aparte merece encontrar nuevos atajos, desnudar bragas, separar montes, capturar el gozo, entrar, salir, quizás soñar, posarse en otras manos y dibujar juntas un iglú sobre la superficie de la ventana empañada, ver el sol bostezar por detrás de las grúas, esconderse en un bolsillo. Más tarde el anillo aprieta, el pulso burla el equilibrio, el movimiento es pérdida y una noche, somnolienta sobre el pecho de su dueño, ella, vieja y hendida por el rayo, percibe por última vez los latidos del corazón: esta es la vida y obra de tu mano.

"El irlandés", la primera película por capítulos

El ocio es un menú a la carta desde que Netflix irrumpió en nuestras vidas. Y es que pocos saben que la compañía, en principio un videoclub en línea de DVD’s exento de multas por retraso en las devoluciones, no es más que la televisión de siempre adaptada a los nuevos tiempos, esos del género no binario, el rock encarnado por Maluma y una necesidad creciente por ver películas “a cachos” en cualquier dispositivo… menos en el cine.

Mientras el mundo acelera —algunos no pueden evitar abrir la ventanilla para no vomitar—, Martin Scorsese apuesta por la plataforma y estrena en el móvil “El irlandés”, una película que, por momentos, parece una serie, o una serie de un capítulo de tres horas y media en la que, por obra y gracia de la tecnología punta, los estragos del paso del tiempo se presentan como la única enfermedad que apoca la voz, reduce el tamaño de la cabeza y mata las ilusiones al ritmo del logaritmo de la vida, el único imposible de detener a nuestro antojo. De pronto, sin darnos cuenta, llegaron los americanos con sus planes de dominación y asistimos al declive de las salas precisamente por la misma razón por la que nacieron: para hacer la existencia más llevadera, a poder ser a oscuras y con un Toblerone en la mano. Intercambia el chocolate por la manta y ya estás en 2019.

No se trata de hacer apología de la nostalgia, ni siquiera pretendo hacer un alegato en contra del progreso; “El irlandés” cuenta una historia de varias décadas concentrada en poco tiempo que resulta insoportablemente larga para casi todos, precisamente porque Netflix es la vida de ahora, un desplegable personalizado, el espejo del cuarto de baño pintado con un logo rojo… y un agujero.

El meteorito y Javier Ortega Smith

Una tormenta cósmica se inició hace 4.600 millones de años y, tras escampar, pequeñas partículas suspendidas en el vacío y atraídas por la fuerza electrostática terminaron formando, de entre todas las combinaciones posibles, un grano de arena que, tras un largo proceso, se uniría a otros muchos hasta originar una roca de 510,1 millones de kilómetros cuadrados llamada Tierra.

4.533 millones de años después, en otra galaxia, más allá de la estrella Icarus y a infinitud de vidas y nebulosas de ese destello marcado en la memoria del tiempo, un meteorito viajando a 42 kilómetros por segundo impactó en una superficie esférica rotando sobre sí misma a 40.000 kilómetros por hora en la órbita del sol. El menhir en cuestión, una bestia pétrea muy cabreada, terminó en el Yucatán, arrasando con el mundo tal y como lo conocieron los dinosaurios, esculpiendo una tsunami de azufre que, tras evaporarse, sumió al planeta en un noche de luna, tan oscura que devoró todo, Tyrannosaurus Rex y ancestros de Jordi Hurtado incluidos. Unos metros más a la derecha, en Playa del Carmen o frente al chiringuito de Tulum y el ser humano hubiera sido un simple proyecto frustrado… con la excepción del presentador inmortal.

Después llegarían los homínidos, la rueda cuesta arriba, lluvias de cuchillos, los templarios, la peste bubónica y el chandal, varios ‘cracks’ bursátiles, dos guerras mundiales y muchas intestinas, y en una noche de lo más decepcionante, el espermatozoide vago de Victor Manuel Fernández-Arias, uno entre 15 millones repartidos en un milímetro de semen, atravesaría el óvulo mustio de Ana María Smith-Molina —originaria de Malos Aires—, “dando luz” a Javier Ortega Smith, antepasado (¡español!) del ‘Australopithecus facha‘ y probablemente el mayor accidente (por probabilidades) en la historia de la humanidad. Y además calva por detrás. ¿Dónde está el meteorito cuando se le necesita?

La mentira y Dani Martín

Aunque a veces se nos olvide, son las historias las que mantienen nuestro interés por esa cosa llamada, vida, existencia o desperdicio. En su ausencia, los hombres de las cavernas habrían sido incapaces de sobrevivir a las embestidas de los tigres de dientes de sable, y a un tal Mozart no se le hubiera ocurrido musicar las rutinas del Don Juán —follador osado y muy dado al ¡qué largo me lo fiáis!— en su bufo “Don Giovanni“. Sin algo que contar el mundo no sería más que un hueco, una pausa entre dos siestas.

Ahora, con las “fake news” desbordándose por el borde del móvil e influyendo en el proceso democrático hasta niveles dignos del Joker transmutado en víctima, la fuerza de la narrativa se impone a los hechos, como si de alguna manera, en esa búsqueda de una verdad esquiva, la creencia en los mitos y las leyendas urbanas fuera la opción más fácil ante el exceso de información. Porque, ¿para qué molestarse en comprobar lo sucedido si es más fácil aceptar una mentira fabricada globalmente? ¿Quién quiere “comprar” certidumbre cuando el escepticismo se comparte con un simple clic?

Precisamente, Dani Martín —uno de los pocos cantantes patrios desprovistos de careta— habla de estas y otras cuestiones en su nueva canción, subproducto musical con un ciclo vital similar al de los bulos: aborta-nace, se repite y se repetirá una y mil veces, evoluciona adaptándose a su contexto social y, a diferencia de los rumores veraces que nunca protagonizan segundas partes, volverá abruptamente a todos los banners y cadenas en la fecha prevista para el lanzamiento del disco-embuste. Así se manufactura el consenso, así se propaga el miedo. Piénsalo, «pero que nadie se entere».

Alerta Mundial: la arena del mundo se acaba

Nadie hablará de ella cuando hayamos muerto. Quizás porque algunos —decrépitos y poderosos— consideran que todavía es posible revertir la tendencia suicida del hombre contra el planeta, frenar su hundimiento, construir un muro contra ese éxtasis pasado por agua en el que el recurso natural más escaso arrasa las costas de nuestras vidas, y por ende nuestras ciudades favoritas: Venecia, Tarawa y Benidorm. Pero ¿y si en realidad ese muro no pudiera levantarse debido a la escasez de materia prima?

Resulta que no se trata de una pregunta retórica y la arena, combinación perfecta de oxígeno y silicio, se acaba. Pequeño ingrediente, brillo fundamental en las tardes de verano y las noches en los Monegros, es la base del hormigón. De hecho, fundido a altas temperaturas resulta en ventanas Climalit® y pantallas de iPhone, sin olvidarnos de las carreteras, los chips del Lenovo y el humus del Caprabo. Y, a pesar de la deforestación del Amazonas y el imparable avance de los desiertos, cincuenta billones de toneladas de agregado —material granular mezcla de arena y grava— fueron empleadas este año, suficiente para enmoquetar la superficie total del Reino Unido con Boris Johnson atrapado en su interior.

La cuestión es que la arena que necesitamos no es la de los relojes ni la de La Concha, sino la almacenada en los márgenes de los ríos, perla deformada por el agua y sus torrentes y claro, la del Gobi es menos angulosa, y la población aumenta exponencialmente, y además se merece vivir bajo un techo de barro pintado, y por eso se le ganan imperios al mar y la minería empleada para construir Castellana Norte es la génesis de la destrucción, de la vida 24/7. Al final, somos un gramo de tierra, trozos de cielo en el estigma de una orquídea, un (in)finito en la palma de la mano, eternidad descalza perdida en una hora menos. Y una lagrima cayó…