Disfrútalo ahora

Disfrútalo ahora. De hacerlo más tarde solamente quedarán las migas. Un ahora que al ser pensado pasará a otra cosa, instante que amontona ayeres, indiferencia hoy, futuros imperfectos. Puede que sea lo único que tengas a pesar de esa aspiración por prolongarlo. Será el miedo a encontrar una versión de ti no sujeta a ningún cambio, porque nada cambia cuando dejas de mirar hacia delante, atrás y adentro. De momentos oportunos están hechos los huesos, de ahí que tiendas a perder el día por querer estar en otra parte, por vivir en otros cuerpos. Este ahora es un espacio precioso, un parpadeo, el tuyo, ¿lo viste? Resplandor. Y ya dejó de serlo.

Nadie te dijo cómo atrapar el presente, ese que se clava en los poros y las horas. Presencia frente a vacío, volumen contra nada. Al proyectar lo siguiente, lo único que consigues es parecerte a todos los muertos que te precedieron, también a los próximos caídos, esos que andan a sus cosas. Nunca le interesaste a la espera, ¿por qué dedicarle un segundo? Llega y el sufrimiento calla un poco.

Extraño ir más allá, precisamente porque todo confluye a la vez y en un horario. Privilegio lo de ser y estar, aunque suene a clase de meditación. Habrá que creer que sí se puede, otro mundo es posible, aunque todos los tiempos formen parte de la «ilusión persistente» planteada por el genio de Ulm. Así un instante se hace eterno y así va, a la contra y para siempre ahora, un accidente que nadie logra prolongar en vida. Fuiste, eres y serás feliz en el presente. Y otro milagro se obra: tú, aquí, ahora.

Ilustración: Guy Billout

Rubia

Rubia por tener pelo rubio en la cabeza. Rubia tonta, diana de los flashes. Rubia sin serlo, rubia como los ratones blancos, en una jaula, en la pantalla. Rubia que aspira a ser amada, actriz en serio a pesar de una belleza dolorosa, de todas las eras, Marilyn crucificada. Rubia con demasiado peso dentro de los ojos. De ahí a los labios, luego a un lunar con la forma del mundo que nunca supo verla. Si lo hizo fue en un descuido, diamantes en los charcos. Su recuerdo late en nuestra anatomía, en cada poro de Ana de Armas, en el alma a la que aspira un Hollywood de saldos.

Rubia siempre menos dentro de los sueños. La boca llena de palabras, de esperma, de hombres con olor a óbito y sexo. Rubia en un vestido de crepé levantado por el viento entre las rejillas de la acera. ¿No es delicioso? Lo eras, lo seguirás siendo, tú, rubia, icono de bragas de algodón y voz con mucho aire. Maniquí, lágrimas, sonrisa de Glasgow, siempre sola estando bien acompañada. Y un cometa de sangre impactó en tu vientre. Fantasía de arena, de acero, de objeto a órgano sexual sin despeinarse.

Rubia en vaso corto con botes de barbitúricos sobre la mesilla. Mujer antes que Norma, niña sin padre, revolución y farsa de todo lo que arde. Monroe de familia materna, tres horas de interpretación al día, una de esgrima y milagros a cada segundo. Rubia porque quiso, rubia de ambición extrema, rubia de Netflix y un tiempo en sepia, futuro. Rubia que creó a todas las rubias, rubia que duerme con los pies fuera de la cama. Rubia de Óscar, rubia por los siglos de los siglos, rubia nuestra, rubia cubana, muerta, viva siempre.

Sobre el equilibrio

Lo veo en el gesto de amigos, amantes, en pocos niños. Vivir como intento de equilibrio, emocional y prolongado. Pero, ¿alguien lo logra? Y, de poder lograrlo, ¿cuánto dura? Quizás lo que duran las sirenas de las ambulancias. Primero lejana, ahora se acerca, se aleja. Silencio. Porque ser o estar estable implica demasiados lazos entre lo visible y el olor de las naranjas, entre lo manido y lo nunca dicho, entre la sombra y la luz como abandono. Y uno mira el mundo, tan redondo, tan milagro, y no puede entender cómo es posible. La perfección mantiene el equilibrio. Y es imperfecto, estoy seguro.

Aseguran que solamente puede conseguirse en movimiento, como si parar, respirarse y conquistar la calma fueran los primeros intentos para golpear el suelo. Tampoco pasa nada si caemos. Es más, desde ahí abajo nadie parece hacer pie, todos luchan con la contradicción diaria de hacer menos para ser un poco más. Levantamos la cabeza y vemos al equilibrista. Siempre supo qué hacer en estos casos. Añade otra naranja al aire, sostiene una cuchara en la nariz y ve el abismo sin mirarlo, nosotros.

Hay que tirar de sentido del humor, también de risas, los únicos capaces de enderezar pasos y piernas. Traen armonía al miedo y los colores, cierto respeto, imitan la vida en el mejor sentido de la inestabilidad. El equilibrista sigue a lo suyo, llega al otro lado y demuestra que es posible, cuestión de incompetencia inconsciente primero, luego competencia consciente, ruta sobre un cable pelado. Resulta que aceptarse es el primer paso de muchos… hasta que el equilibrio aguante.

Ilustración: Guy Billout

Hoy me ha pedido perdón por no quererme

Hoy me ha pedido perdón por no quererme. Lo hizo con un mensaje de texto, en voz baja. A veces, las cosas se escriben para huir, única forma de que existan. De pronto la costumbre da paso al recuerdo, lo vivido adquiere la dimensión del sueño. Sí, fuimos el tiempo en los años y esos años en los que la vida reclamaba un espacio para dos ahora disuelto. ¿Realmente vivimos? He tenido que leerlo varias veces para caer en la cuenta de que ahora, solo y con las manos manchadas de pintura, soy consciente de estar viviendo. Extraña forma de latir, siempre hacia delante, siempre mirando atrás un poco.

Nunca sabremos si es mejor callar, huir, enviar un mail o dar explicaciones. La ruptura convierte cualquier razón en algo superfluo, innecesario por doloroso, un intento de pegar cristales para recomponer reflejos de dos por separado, espejo raro. Estamos, sí, en cada destello, también en ninguna parte. De ahí que nunca haya una manera de hacerlo bien. Quizás civilizadamente, peor.

El amor ya no se sirve. Entonces me levanto de la mesa, doy las gracias y cierro al salir. Ni la ausencia asesina ni el dolor dignifica las desgracias. Queda un consuelo al que aferrarse que depende del tiempo, el mismo que nos deshizo. Hoy me ha pedido perdón por no quererme, repito. Guardaré la frase en la memoria y, dentro de unos meses, puede que en invierno, la leeré en voz alta frente al sol que se desliza por detrás del parque de Islas Filipinas. Sonreía, dirán los corredores que me vean. Y así con todo.

Ilustración: Guy Billout

Cae el otoño

Cae el otoño y con él una parte de la luz que va muriendo. No trajo lluvia ni canciones, quizás un mundo lejos del insomnio. A pesar del cambio, a esta estación ya la vimos otras veces. Será que las horas nos dejaron atrás, una vez más —van tres—, sin preguntar siquiera, y ahora destiñen los colores. Nada acaba, más bien continúa como siempre, y el oro brilla más entre tanto ocre. Nuestro campo viene a confirmarlo y la ciudad es campo con ventanas que confunden a los pájaros, aviones. Vino septiembre a saludar. Buenos días, fiesta.

Las hojas se enfrentan al vuelo preparado en estos meses. Primero fueron brote, luego formas palmeadas, poca lluvia, verde que quisimos verde, naranja durante la caída. Dura poco, un parpadeo, ráfagas de viento que despeinan al que mira las copas de los árboles, también al que prefiere el metro. Los más listos recogen los frutos de esas trayectorias que ascienden, que descienden, que rozan la aceras como un peine… para terminar en cubos de basura. ¿El cielo es el límite? También lo fue septiembre.

Mientras tanto, seguimos a lo nuestro, con cosas invisibles y lejos de hamacas y sombreros. Todos recuerdan el mar de este entretiempo, pies y manos a salvo del invierno en ciernes. De ahí que el otoño tenga lo mejor de cada orilla, perro y lobo, carne con su hueso, mosto. Por fin sabemos que lo importante es aquello que nunca llegamos a decir en alto, que existe, nunca escrito pero al otro lado. En todo caso se perdió, en todo caso aún queda ruido. Y así seguimos, un poco más viejos, juntos, vivos.

Ilustración: Guy Billout

Querer algo normal

Normal. Que fluye y ocurre espontáneamente y por esta razón es aceptado, lo común, lo que no afecta ni molesta a la propia persona ni a los demás. De tanto ansiar la normalidad hemos vaciado su carcasa. ¿Que qué es lo que quiero? Salud, un piso con luz y plantas que den flores, realizarme en el trabajo y terminar a las seis para hacer compra, ver películas con alguien que me aguante hasta los créditos… Porque, a pequeños rasgos, esta extravagante aspiración de todos denota falta de imaginación. Querer algo normal es imposible, más aire.

Y es que normal procede de las matemáticas y la escuadra de un carpintero, perpendicular, ángulo recto, perfección que mide la belleza. Nada que ver con gente que quiere, no se quiere y abandona, que no sabe y si sabe se aburrirá pronto. Así son las cosas y, siendo normales, las cosas son lo que tienen que ser. Pero, ¿por qué resultan tan inalcanzables? Por el poder concedido a esta palabra que promedia el mundo. La norma, un matrimonio con dos hijos rubios sonríe frente a una casa con jardín muy verde. Flash de foto, una mentira.

Aspiramos a ser normales sabiendo que la normalidad, en el fondo y la forma, es una mierda. En todo caso, querremos que lo próximo sea más de andar por casa, ya que el pasado y el presente parecen hechos a la contra. Quizás por eso nos ponemos una braga limpia cada mañana, colocamos los pies en el asiento para evitar la mirada de otro pasajero, dientes cepillados siempre en vertical. Anochece. Así nos pasamos la vida, huyendo de la costumbre para enfrentarnos al único miedo que da miedo, aquel de ser como los demás. Pues eso, plantas que den flores, lo normal, otro milagro.

Ilustración: Hiroshi Nagai

Cuando España ganó a Francia

Un canciller alemán dijo que «nada que venga de Francia puede ser bueno». Los tiempos muertos demuestran lo contrario. Gracias al país al otro lado b(r)ota la esencia de una España negra y pelirroja, de niños altos con cara de oficinistas unidos por las ganas. Venían a ganar perdiendo de antemano, a jugar frente a las torres y la falta de fe de la afición, supuestos aliados. Casi todo en contra, como a la contra se forman las familias que anticipan paraísos. ¿Cuánto duran? Una noche en la memoria, un campeonato, el tiempo que se tarda en recoger el confeti volando por el aire. En el triunfo se conoce a los países. Y este es bueno porque gana a la arrogancia.

El estadio venía con silencio. Un señor decía «a tomar por culo» cada vez que Juancho encestaba un triple. Sucede lo mismo en las familias, fuente de alegrías y perversiones en cuatro cuartos y una vida fuera de la cancha. En ambos casos lo importante es el vínculo lejos de la sangre, una manera de ser y sudar juntos porque de ello depende el crecimiento. No se trata de sacralizar los lazos, sino de promover alianzas como forma de biografía invisible, la única que cuenta. Después se recurre a Rudy como padre.

A veces, la casa resiste sobre cinco columnas: un base que se tira todo, un escolta vasco, un alero lleno de tatuajes, un ala-pivot con rodilleras en el codo y un MVP a hombros de los gigantes. El banquillo aporta granos de arena con forma de canasta y actitudes que deberían ser estudiadas en la escuela. Sucedió, todos lo vieron. Hace años España nació por detrás del marcador. Cuando ganó a Francia nadie salió derrotado. Extraño mundo este, bendito baloncesto de oro patrio.

Ilustración: Guy Billout

De pequeños gestos monumentales

Sacudidos por la prisa. Conscientes de ser observados y por lo tanto ciegos. Entonces algo nos detiene, es un instante. «Comienza a hacer frío por las noches, tápate». Un beso en la mejilla como demostración última del amor entre dos viejos. Todos esos gestos, pequeños, casi invisibles, están por todas partes y, sin embargo, no dejan constancia de haber sucedido. Nadie estuvo allí para grabarlos, para anotarlos en un cuaderno de bolsillo. Son ellos, en su infinita finitud, los que cuentan la historia, los que permiten que el mundo sea un lugar menos extraño.

A su lado, las ideas quedan retrasadas, aunque prometan viajes a Marte y la posibilidad de atravesar el tiempo, volver hacia delante. Están las tumbas llenas de hombres y mujeres a los que nadie viene a visitar. Ni siquiera una flor seca bajo sus nombres. Porque lo pequeño significa todo, y todo se dirige inexorablemente hacia un momento que pasa desapercibido. ¿Recuerdas cuando te cogió la mano? Después dejo de respirar. Así comenzaste a apreciar lo que sí tienes.

Son esos gestos los que prescinden de palabras. No caben. Por ellos discurre la existencia sin levantar una mota de polvo. Los sueños quedan reducidos a brisa ante una demostración de afecto silenciosa, aquella que no espera nada a cambio porque nada parece siendo lo contrario. A veces vienen de gente que nunca conociste, de la chica que espera en el semáforo, de un extraño que convirtió la pena en esperanza. De lo recóndito al interior del pecho. Y nadie pudo verlo. Nadie menos tú.

Ilustración: Guy Billout

Cuando tu mundo desaparece

El mundo nunca fue uno, sino todos. Ni siquiera antes del primer destello. Desde entonces, los peces, las copas de los árboles y los seres silenciosos han visto desfilar universos infinitos, héroes. Creyeron que nada cambiaría. Porque ya se sabe que la juventud implica una mentira, como si lo que sucede no fuese más que un problema ajeno. Una mañana, ya adultos, reciben la noticia. Luego les invade la pena. De noche, se acercan a la ventana con el estómago vacío y observan los restos del primer destello. Orfandad siempre sin sol. Nada que ver con los vínculos de sangre. El ídolo ya no respira. El mundo es otro, suyo.

Ocurre en intervalos irregulares. La muerte tiene esas cosas, que insiste sin avasallar. Quizás por esa razón nos avergoncemos de haber pensado que Lanegan, Marías o Godard estarían siempre. Presentes desconocidos. Se dejaron escritos, también en imágenes y notas, y a ellos volvemos cuando queremos entender qué es esto que nos sucede y daña. Por su culpa supimos lo que no queríamos. Saber lo que queremos resulta inasumible. Entonces el cine, la música, los libros con arena de playa entre las páginas cumplen una promesa que nunca hicieron.

Necesitamos creer que nada cambiará, gran forma de engaño. Lo contrario implica adaptarnos a un espacio virgen, con el perfil del cuerpo, pero en una postura hecha de escorzos. Las transiciones están llenas de melancolía. De ahí que algunos opten por quedarse rezagados. La tarde, mientras, anticipa madrugadas. Después, los párpados se encargarán del resto. Sí, yo también soy copa de árbol, un pez, otro ser silencioso que añora el mundo que se va perdiendo. Por eso sigo, de otra manera sigo siendo. Y está bien.

Ilustración: Guy Billout

Cuando tu casa ya no es tuya

Una casa es todo menos un bien inmueble. Sus tabiques esconden coágulos de escayola y cable, tardes sobre un tiempo de ventanas hacia dentro. Mientras, el inquilino, habitante del planeta hogar, aplica sin excepción ese principio del ir envejeciendo, acumula cosas, abre el portal soltando aire. Las paredes, por su parte, resisten como pueden los desconchones de la gravedad. Y es que la buena casa es como un perro que no ladra, que apaga la vida ahí fuera. Vender caro, mudarse a otra sobre la colina o cambiar el color de las habitaciones implica dejarse un poco atrás. La casa siempre queda, incluso ya vacía, de ahí que nunca pueda ser del todo nuestra.

Y no lo es porque refleja y amplifica lo que eres. Lo bueno y lo peor. El olor a café por las mañanas, un niño que grita en el patio de vecinos, aquella conversación en la que te dijo que te quería como amigo. Entonces miras las fotos, la bañera exenta. Nadie ha muerto, cierto. Tú, que nunca quisiste desconocidos en la casa, dejas de reconocerte. ¿Qué te has perdido? ¿Cuándo? Esta casa hoy, este lunes, reconstruye con fidelidad la estela que te trajo. De ahí que pidas más pintura, esto es la guerra.

Dios viene cada vez menos a visitarte, aunque la cocina tenga forma de confesionario y el salón ocupe el espacio de un altar sin flores, cosas de arquitectos y ateos. La máquina de la felicidad según Le Corbusier necesita fe y mantenimiento, vacío para volver a decorarse con recuerdos frescos y a medida. De la casa al domicilio siempre va un trecho, chocolate en la nevera y una esperanza: cada noche y con la luz apagada formarás parte de las constelaciones del hombre en la Tierra. No fue un sueño.

Ilustración: Guy Billout