¿Cómo escuchamos música en 2020?


Los de Spotify son más listos que el hambre. Y no sólo porque pagan poco, mal y tarde, sino porque se han currado un caleidoscopio a modo de resumen con el que recordar a sus usuarios, por si no lo sabían, su actividad melómana traducida en cifras. Así es, somos la música que escuchamos y poco más, barcos de arroz a la deriva con un ritmo en mente, quizás un podcast o aquella canción que sonaba de fondo la primera vez que follamos. Pero lo más importante en este año de pérdida —un detalle en el que no han caído ni siquiera los rusos— es definir un poco mejor nuestra forma de escuchar música. Cada uno con sus limitaciones y sesgos, sus placeres culpables y sorderas a la moda. Sí, han sido meses de mucha mierda y, sin embargo, ahí estaba, siempre a punto, esperando a ser descubierta, tendiéndonos la mano. El mundo se detiene y ella sigue… fuera de las listas.

Qué mejor manera de agradecerle nuestra salvación que no limitándonos a disfrutarla por el simple placer que nos dispensa, por la compañía que procura mientras cocinamos, por el mundo que teje dentro del mundo. Es escape, y también algo más. Nos permite encontrar un sentido a lo invisible y, en ocasiones si la canción es redonda, reaparece ante nosotros con un mensaje en braille; misma forma, distinto contenido. Copland se refería a ese nivel como expresivo. Siempre significa algo, nunca podemos explicar del todo qué.

Por último, y esta es una idea mermada por la falta de tiempo a la que nos hemos acostumbrado, la música se desliza en un plano de pentagramas y color, tonalidades y motivos, cimientos que sostienen su parte sensual y expresiva. No es cuestión de notas, melodías o compases, va más acá, y aspirar a ese nivel de conciencia convierte la (simple) escucha en una escucha con propósito, probablemente lo único que respetará el 2020. Y «recuerda: la información no es conocimiento, el conocimiento no es sabiduría, la sabiduría no es verdad, la verdad no es la belleza, la belleza no es el amor, el amor no es la música, la música … la música es lo mejor». Ni Spotify conseguirá cambiarlo.

Ilustración: Henn Kim

Un 9 para “30 monedas”

Ahora que todos somos un poco críticos de fútbol y de la vida moderna es el momento de decir bien alto que en España, además de hacerse películas inolvidables cada muerte de obispo, también es posible sorprender a los guiris haciendo series, sobre todo cuando dejamos al aire las costuras de nuestro particular sueño patrio, una mezcla de aceite de oliva oro, retraso y algo parecido al hedonismo de bar. Y es que si “La Casa de Papel” abría el camino, Candela Peña se encargaría de darle brillo imperial al “Hierro”. Con “Antidisturbios” y “Patria”, sustentadas en una realidad que renace en la ficción 4096 x 3072, la casualidad quedaba descartada y, por si no teníamos suficiente, “30 monedas” confirma lo que casi nadie sabía y por fin nos atrevemos a proclamar: cuidado con los españoles cuando no quieren ser más que lo que son; ellos y sus circunstancias.

Porque a pesar de que Álex de la Iglesia ya no tuviera nada que demostrar después de treinta años de regímenes alimentarios e historias de gente tirando a fea, humor petróleo y tramas corales, se planta en 2020 con una serie en la que tienen cabida todos nuestros invisibles (guardias civiles, amas de casa, mataderos…) acompañados de criaturas del averno, exorcismos y un cura con más flow que el Karl Malden de “La ley del silencio”. Todo eso multiplicado por ocho horas en HBO. Vamos, la hostia consagrada.

Aquí cada uno pensará lo que quiera, pero sorprende ver al chulazo de Miguel Ángel Silvestre convertido en un actor más que solvente además de jurar que esta tierra de luz y chalets sin permisos produce monstruos con aires internacionales. Por supuesto, Carmen Machi sigue siendo la número diez menos nueve, Roque Baños y su banda sonora se perfilan como herederos directos de Alberto Iglesias y Eduard Fernández deja claro en cada plano por qué es el único actor al que le he calentado el güisqui en la barra del Jose Alfredo. Será porque desde anoche sabe quién es el diablo. Si el mal tiene un precio esta serie es impagable.

Luces de Navidad 100 % españolas

La decoración navideña es siempre un polvorín con aspecto de polvorón eléctrico. Ahí, sobre nuestras cabezas confluye la ira de los que nunca están conformes, la responsabilidad de los que tienen asumido que se trata de un gasto absurdo y la inopia de otros —a los que no conozco— que este año se reafirman ante millones de bombillitas imitando la estela de la estrella de Belén ‘made in España‘. Y es que si ya era tenebroso caminar por la Castellana desde la implantación del toque de queda, ahora es una experiencia extraña. Más si tienes la suerte de hacerlo junto a un amigo japonés que mira las luces con cara de conejo al que le dan las largas. Sí, Nao Hiro, somos así, «ágiles, belicosos, inquietos, dispuestos a la guerra a causa de lo áspero del terreno y del genio de nuestros hombres».

De esta forma diciembre en Madrid aspira a reflejar el ambiente del Pachá Ibiza, recrear el aporte de manzanilla típico de la Feria de Abril en el ambiente timorato del Black Friday, admirar la Navidad desde el prisma de la política, como si el fulgor de una bandera fuera capaz de invisibilizar los problemas de una ciudad que no es más que el reflejo del mundo en el que sobrevivimos. ¿Y qué hacemos si no podemos reunirnos con los abuelos, los tíos y los primos? Pues luces más luces, y solucinado.

Nosotros seguimos empeñados en creer que se trata de una alucinación y por eso, cada día hasta el 7 de enero, nos acercamos en peregrinación para admirar los 3,17 millones de euros que cuelgan de las farolas. Ahí, con las manos en los bolsillos y la mascarilla generando vaho con olor a barba recitamos a Dylan Thomas en la voz de Almeida: «Do not go gentle into that good night. Rage, rage against the dying of the light». Anda, Nao Hiro, vámonos a casa.

Ilustración: Tang Yau Hoong

Maradona: genio, monstruo, las dos o ninguna

Ayer, con el cuerpo de Maradona todavía templado, las redes se llenaron de lágrimas, nostalgia de glorias idealizadas e insultos duros, muy duros. Así el diez de D10s se alternaba con el maltratador, el genio con el pederesta y putero… incluso algunos reivindicaban a Quino o se alegraban de su muerte tras el anonimato, movidos por la injusticia de creer que el ruido de la pena desbancaba los demonios del Diego, bajito de sombra alargada. Para mas inri la parada cardiorespiratoria coincidía con el «Día contra la violencia de género» y claro, tras los escándalos de Woody Allen, Louis C.K. o Roman Polanski la separación entre la obra y el artista reabría las viejas heridas de género. Porque, ¿es posible amar la trayectoria artística de un monstruo? La respuesta es…

… ante todo compleja. Si en lugar del futbolista utilizáramos (de manera tramposa dada su menor visibilidad) las vidas de Doris Lessing (abandonó a sus hijos pequeños) o Joan Crawford (maltratadora), la cuestión adquiere el aspecto de un teorema afectivo. Lo que está fuera de toda duda es que una obra de arte —a veces un gol también puede llegar a serlo— se produce en un espacio ideal, un mundo dentro de otro mundo dislocado, y nos conecta, nos emociona, nos hace sentir vivos. En esa intersección de éxtasis colectivo se alzan voces en contra de la inmensa mayoría, voces cargadas de moral, incapaces de obviar el hecho de que sí, Maradona jugaba bien al fútbol, pero sus monstruosos actos fuera del campo pesan tanto como la inmortalidad. Silencio incómodo.

Es precisamente después de una reflexión que incumbe a las suma de las partes cuando debemos cincelar el monstruo hasta llegar a nuestro “yo” más intimo. En mi caso seguiré disfrutando con la escultura de Céline, de los brochazos cinematográficos de “Anny Hall” y de la primera y última temporada del «Guernica» alternándolo con la sinfonía del minuto 55 del Argentina-Inglaterra. El desafío no se encuentra en censurar a Maradona, sino en encontrar nuevas maneras de analizar las obras de arte, admitir revelaciones contradictorias, reconocer que el artista es, ante todo, ejemplo de nada, creador de todo lo visible e invisible.

Ilustración: Shujiro Shimomura

Maradona arranca por la derecha

Para los ateos, la figura de Maradona, a veces Diego, es lo más parecido al Mesías, tan humano como cualquier niño del policlínico Evita y a la vez inalcanzable como la gloria del gol contra Inglaterra. Y lo es por la sencilla razón de que en una sola persona se congregan el comienzo del partido y la crucifixión, la hora de la Argentina en la muñeca derecha y la local en la buena, el balón como credo y el hombre que es más hombre por la gracia de sus múltiples Judas. Entre medias, un mundo a las bandas, expectante ante la próxima jugada dentro y fuera del estadio, ansioso por entrarle por detrás para admirar su resurrección en el noventa. Porque si algo tenemos claro es que Diego Maradona nunca muere, a pesar de que su corazón ya no nos lata. De ¡Santa Madonna! a Gennarmando pasando por el vicio del sábado noche. Y por eso su historia se cuenta por revanchas.

Gracias a él los perros y los niños llevaban pelucas, los escépticos poníamos la tele cuando hacía de una bola de papel el centro de todas las miradas, y por fin el Sur existía ante la maquinaria de los ricos, esos que le hacían vudú con el diez a la espalda y veneraban en privado, los mismos que sonreían aliviados al verle transfigurado en Maracoca un miércoles para después marcarles tres goles el sábado a la tarde. Y él no se callaba, ni dentro ni fuera. Será porque los genios tienen el don de la inoportunidad, incluso en los descansos.

Más allá de odas y panegíricos el mayor mérito del Barrilete Cósmico fue ser auténtico a todas horas, ante cualquier oferta o adversidad, algo que por otra parte resulta mucho más meritorio que interpretar a Jesucristo en su versión albiceleste. Si eso no es ser divino entonces que baje Maradona y lo vea; desde las alturas el mundo se parece menos a aquella pelota cosida a sus pies. A10s, Dieguito.

Ilustración: http://rinckscreative.com/

¿La violencia no tiene género?

Ahora que hemos llegado a ese momento en el que cualquier aspecto de la vida, por pequeño que sea, implica la consiguiente polarización del gallinero, el “Día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer” se presenta con su polémica habitual, repleta de eslóganes partidistas en boca de cráneos privilegiados sin tiempo para profundizar en el asunto. Porque, al igual que el hombre es un mono para el hombre, una parte de la sociedad se adueña del mensaje de sus (supuestos) líderes y ‘tuitea’ el dogma de moda, ese de que «la violencia no tiene género». Y claro, un cuchillo en el tórax, otro desahucio en plena pandemia o el síndrome del ‘abuelo fantasma’ despojados de sus respectivos contextos son hechos violentos inherentes al ser humano en cualquiera de sus manifestaciones. Sin embargo, referirnos sólo a las estadísticas— ahí el varón también es el rey del K.O.— supone invisibilizar el acoso sistemático, constante y diario contra las mujeres que este 25N viene a recordarnos.

Hace setenta y un años, las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal fueron apaleadas hasta la muerte por orden del dictador Trujillo. Desde entonces poco han cambiado las cosas y seguimos con lo inútil, enarbolando banderas, invocando al silencio y la inalterabilidad de las cosas, extraviados en una tertulia incapaz de reparar el daño. Los hombres nacen, las mujeres llegan a serlo (con suerte) y, mientras tanto, el mundo se deshace por los polos.

Así, una obviedad con fines partidistas como es la de «la violencia sin género» nos permite aseverar que el género representa una extensión asimétrica del dominio de lucha y la convivencia en ese dominio, por pequeño que sea, una forma de violencia. En el caso de tres mujeres rotas a manos de un dictador, el origen de esa violencia se encuentra en el hecho irrefutable de que los hombres nunca se han cuestionado la naturaleza de su poder. Ahí surgen la mayoría de los problemas de este planeta Sangre.

Ilustración: chiaraghigliazza.com

El piso de Elena Cañizares: una historia de terror-19

La historia de Elena Cañizares y sus compañeras es una historia de terror adaptada a unos tiempos de aislamiento e incertidumbre. Es más, ese piso de cuatro estudiantes universitarias (y una nevera sucísima) representa el planeta Tierra del año menos 2020, con sus desastres recurrentes, la incertidumbre y algo parecido al espanto 5D. La cosa es que Elena, estudiante de enfermería, ha dado positivo por lo que todos nos imaginamos. Como sucede en estos casos, comparte la noticia con Rocío, Lucía y Ángela (aka “Las hienas del Rey León“) en su grupo de Whatsapp, bautizado Chuminos Compareños… y se arma la de Dios. Elena jura encerrarse en su habitación 24/7 y salir exclusivamente a hacer pis y calentar un Tupper® con doble mascarilla, guantes y bote de alcohol de quemar. La respuesta por parte de sus compis es unánime: te vas a casa de tus padres por tres votos contra uno. Aquí tenemos una vida y no queremos infectarnos, bitch.

Cabe aclarar que nada de lo expuesto anteriormente es ficción. De hecho, Elena, presa de una mala hostia incontrolable ante semejante apartheid, hace públicos los audios y conversaciones en los que se aprecia la escalada en el tono y la inconsistencia en los argumentos entre unas jovencitas que son, en definitiva, el futuro del mundo. Ahí no hay misericordia, ni siquiera un momento de redención en el que echar el freno y plantear una reunión de urgencia. Todo por mensaje de voz, que así evitamos el contacto directo y, sobre todo, mirarnos a los ojos.

Para terminar esta bonita anécdota de lunes, Rocío, mi favorita («tía, yo no tengo por qué aguantar a un positivo en el piso»), le cuenta en un tono romo y falto de latido que su padre es “abogao” y al haber hecho pública la riña tumultuaria “la” van a denunciar por el tema de la protección de datos. Tutupá. Y así es como el miedo al miedo de los otros se convierte en la peor de las enfermedades. Mañana ya os cuento como ha ido el tacto rectal.

Ilustración: neilwebb.net

Infeliz día de la música

22 de noviembre. Día in memoriam de Santa Cecilia, patrona virgen de los desheredados a la que, antes de cortarle la cabeza, intentaron ahogar al vapor de las termas de su propia casa. La fecha en cuestión es además una metáfora chunga del momento que vive el complejo arte de combinar los sonidos en una secuencia temporal atendiendo a las leyes de la armonía, la melodía y el ritmo, o sea, la música (reguetón incluido). Y es que el cuerpo no respira y la cabeza, en cambio, da vueltas sin curro, deslumbrada por las luces fatuas de los Grammy Latinos y el traje de J. Balvin, por la incomprensible veneración de los grupos por Spotify y sus listas basurero, por la calamidad de tocar ante un público clavado a un asiento aséptico.

Efectivamente hoy es un domingo soleado e infeliz, o al menos viene exento de celebraciones sin orden y concierto. Sin embargo, no todo va a ser una puta mierda. Queda pendiente la visita patria de Nick Cave y Black Crowes, Phoebe Bridgers regala su disco pasado por el filtro de Rob Moose, Dylan y Waits palpitan, Kendrick Lamar anda empeñado en acercar el hip-hop a la sombra de Sinatra y C. Tangana es prehistoria porque por fin hace buenas canciones. A eso debemos aferrarnos, al hecho de que la música sólo ocupa espacio en nuestra memoria, contamina menos que un Tesla en punto muerto y sirve como asidero cuando el dique se rompe. A eso y a la discografía completa de Mahler y Shostakovich, al cuarteto de cuerda de Debussy, a Harold Budd y el parón de Bisbal y Bustamante.

Estamos vivos y sonreímos al comprobar que el infierno se sigue llenando de influencers, blogueras y músicos aficionados. ¡Hurra en si bemol por Santa Cecilia!

Ilustración:  Steffen Kraft

Última hoja del otoño

Existe una calle, una de esas intersecciones difuminadas por el sol y los pasos, en la que cada otoño tiene lugar el milagro de las cosas pequeñas. Ahí, adherida a la rama del árbol con la simple ayuda de un peciolo a merced del frío acechante, se encuentra la última hoja del otoño. Sólo hace falta pararse bajo el árbol correcto, levantar la vista y seguir la dirección de las ráfagas del viento que, año tras año, camufla las aceras de rojo arcilla. Lo que viene después nada tiene que ver con la ficción y sucede de la misma forma con que las facciones del rostro cambian al ser escrutadas con delicadeza, caricias de iris y pupila, como si a través de la observación microscópica y astronómica fuéramos capaces de percibir lo invisible, precisamente por mostrarse ante nosotros con la insistencia de los días después de los días.

El residuo umbilical se consume con cada persiana que se cierra. Sin embargo, la hoja titila, brilla sin dar luz, se aferra a la vida familiar en las alturas. Porque nadie quiere abandonar el calor y girar en círculos concéntricos, excéntricos, sin un lugar al que volver cuando aúlla la noche. A pesar de recibir en sus limbos los últimos espasmos de savia, también tiembla. ¿Siente miedo? ¿Sopla norte? ¿Acaso hay algo más humano que resistirse a morir?

Quizás sea todo culpa del observador, siempre empeñado en encontrar esa conexión con lo que le rodea, ser árbol cuando la tierra se desmorona, regresar al cuerpo cuando la playa decora el calendario. Sorprende darse cuenta de que podemos verla en cualquier calle, una y un millón, lo mismo da. Ella, dentada y frágil, representa el mal de este presente incierto: añorar el pasado enredado en el viento. No os perdáis el milagro de la última hoja del otoño; no os perdáis el milagro; no os perdáis.

Fotografía: Yamamoto Masao

La gente que lee

La gente que lee sueña mejor. Incluso son mejores personas, precisamente porque callan. Quizás porque entre las manos sostienen un libro ingrávido de vidas ajenas que a la vez son las suyas, durante un trayecto, con cada latido, con cada gesto entre páginas que silban. La gente que lee son mayoritariamente ellas, con el cuello curvo ante el precipicio, las manos sueltas y firmes, las pupilas ladeándose y la certeza de que, suceda lo que suceda, será mejor que levantar la vista. Porque la gente en una encrucijada de palabras se permite el lujo de bajar la guardia, recibir golpes que dejan una huella con olor a mar, sin marcas y un marcador, en ocasiones un lápiz que sirve para recordarles que lo leído ya existía en ellos sin saberlo; y por eso sonríen.

Leer es maravilloso. En ocasiones mejor que escuchar música. Sin embargo, observar a un lector es una experiencia similar a comenzar un libro. Su anatomía se afloja, vuela bajo, renace. También al hacerlo en diagonal, o pensando en cosas más mundanas. Es con la lectura que un hombre es árbol sin raíces y conectado a la mujer de enfrente, que una mujer es luz en el reflejo de una ventana húmeda, que un niño es hombre, mujer, tal vez el viejo que da de comer a las palomas.

La gente que lee me gusta mucho. Incluso más que terminar un libro. Será porque en todos ellos existe la promesa de lo próximo, de lo que llegará y se resiste a llegar y al mismo tiempo no es lucha. Porque en los libros se encuentra todo menos el sexo en los baños públicos. Bueno, eso también, pero limitado por la imprenta. La gente que lee es un misterio idéntico al orgullo de los libros leídos, a ese hacha de tinta «que rompe el mar helado dentro de nosotros».

Iustración: Bruce Weber