Adagio para Paul Newman

Auscultar a Paul Newman tiene algo de mágico y doloroso. En ese perfil, griego y por lo tanto americano, se concentra toda la belleza de la que el ser humano es capaz. Con Paul empieza y acaba el canon que une en dos iris al hombre profundamente mujer (por lo de ser indomable) y a la mujer que se apiada del Newman cuando suda. Entre medias, todos los géneros, incluido el western. Extraño, como raro es que siga siendo referente ahora que celebraría 97 años y un día, tiempo de reflexión para asimilar esa mirada de miradas, esa mandíbula que derrite glaciares e infiernos.

Cara, percha y cuerpo fueron su cruz durante décadas, también la razón de que quisiera esconderse y esconderlos, preservando al icono en un líquido amniótico lejos de las garras de la moda. En vida poco le importaban estas cuestiones de revista. De ahí su ardor por la velocidad: «las carreras las gana el más rápido», decía con un casco sobre la calavera. Él terminaba segundo, sin embargo los pornofilos cuestionábamos la trayectoria del perdedor. Eso y nuestra orientación sexual.

Si la inmortalidad existiera bebería en un vaso de caña y miraría a la Taylor lejos de un tejado de zinc, mejor frente a un acantilado. De hecho, Paul es inmortal y a las pruebas me remito. Por eso lo celebro soplando velas estando vivo y muerto. Cuando aún rodaba, mis vecinas me hacían la misma pregunta: ¿a qué huele Paul Newman? Yo respondía que a madre, a hijo con camisa vaquera abierta y a espíritu libre. Es así como recuerdo algo imposible de corroborar, es así como me enamoré de un actor, de un hombre, del hombre. Aquí mi adagio para todos ellos. Han vuelto y volverán siempre.

Ilustración: el tío más guapo de la historia

Ese número de teléfono que nunca borras

Imposible. Desde que murió eres incapaz de borrar su número. Sigue en Favoritos o en el fondo de los contactos que crecen por latidos. Es más, ni siquiera compruebas si el número sigue en tu memoria. Conoces la respuesta, nueve cifras. Eliminarlo de su urna física, un móvil en el siglo XXI, supondría enterrar el cordón que os unió una vez y todavía aprieta. Y es que ese hilo invisible entre las arrugas y la tecnología es una forma de amor que ama en vida y través de la ausencia. Duele, cierto, pero aún más tirarlo como el que tritura fotos, documentos, cáscaras.

Durante meses marcaste su número, normalmente ebrio o de noche. Su voz respondía y tú colgabas, quizás consciente de que son los vivos los que hablan con los muertos, nunca al contrario o vía Movistar. Era la fuerza de la costumbre convertida en duelo. Con la reconstrucción de los días desgarrados, la línea quedó fuera de servicio. Entonces te aferraste a lo único mundano que se origina en el más allá para volver como una mancha en el sol, como una raíz: los recuerdos.

Ya ha pasado mucho tiempo desde aquello. Ni siquiera te aprendiste el número de tu pareja, de tus mejores amigos. En cambio, el suyo se hace presente al saquear el pasado, te concede la duda y por lo tanto el deseo de seguir viviendo. Es extraño, pero el móvil representa todo aquello que quedó por decir, hace las veces de camposanto entre tanta pieza china. En su falta celebras la suerte de poder contarlo. Está en ti y respira en todas partes… menos en la guía de teléfonos. Porque casi todo pasa.

Ilustación: Marco Melgrati

Lucha autónoma

Soplan aires de guerra desde el Este. Pilla a desmano, en un páramo como un témpano. Por casa también se libran otras luchas, quizás menos épicas ante la ausencia de desfiles militares. Hay una que también viene de lejos y no entiende ni de colores ni de formas de vida. Se trata del tiro en la nuca al autónomo, aniquilarlo por incómodo. Empeñados en bailar con la intermitencia, a veces mucho, otras nada… no deberían existir. ¡Las vidas horario y sin veranos merecen un castigo, más cuota! Ahora que la precarización es tendencia, nada mejor que ensañarse con más de tres millones. Todos los libros contables lo recogen: un colectivo maltratado ya no se rebela, prefiere asumir su pena como un galgo.

Cada cuatro años se producen amagos de parecernos en algo a Europa, ser menos toreros y más epígrafe. A ojos del burócrata resulta razonable pagar en función de lo ganado. La autonomía tiene un precio, como también pasa factura la incertidumbre de mañana. Porque el emancipado nunca llega a soberano si se atreve a levantar la cabeza y otea el horizonte. Allá, dentro de un mes fuera del calendario, casi siempre hay nada. Y hasta al vacío uno termina acostumbrándose.

Quizás sea eso lo que incordia. Porque ya se sabe que el que piensa ante la falta de actividad termina por incomodar e incomodarse. Ser hombres de empresa nada tiene que ver con ser su propia empresa, aunque el trabajo resulte una carga en ambos casos. Regreso a la imagen de los galgos. Sus ojos, ese cuerpo flaco ante una cuerda atada a un árbol. Ni siquiera ladra. Entonces ya sabemos cuál es nuestra única salida. Luchemos.

Ilustración: Francisco José de Goya y Lucientes

Era León Benavente

A veces hay que sentarse a escuchar, antónimo de oír. Este acto, en principio inocuo, es revolucionario. Por eso cada vez que los León Benavente publican un disco merece la pena subir el volumen y leer la historia de cuatro hombres que concentran en diez canciones dos años de vida, momentos en los que nadie quiso irse de una fiesta que, de momento, ha terminado. De ahí que su música sea la mejor manera de celebrar lo que era o fue y, en caso de volver, será diferente, incluso mejor. Frente a ese escenario un poco triste —también esperanzador porque aquí siguen— reivindican el no a la nostalgia y tiran de memoria, la única capaz de convertir un corazón en galleta. También a un grupo de acompañamiento en una fiera.

¡Qué aspiración aquella de embotellar el rayo! Y es que al final casi nadie es capaz de distinguir los fuegos artificiales de una chispa en la penumbra. Por eso este disco cuenta, por eso y porque canta de lo que sucede sin pretender hacerlo de todos los mundos. Ahí reside el deleite de espantar el mal. Librarse de él resulta más difícil porque siempre va cuesta abajo, justo en la dirección contraria de una banda que gira y gira y gira. Luego vive y brinda.

A pesar del ambiente en un sector dislocado, el disco deja un poso de esa felicidad que no procede de nosotros mismos, sino del fondo de las buenas canciones. Muchos se empeñan en traérnosla cuando, en realidad, ésta hace acto de presencia cuando se van. En todo caso es viernes, el rayo se llama «Era» y con él han demostrado que en sus manos todos los placeres de la juventud y la vejez están a salvo. Enhorabuena, queridos míos.

Ilustración: Coqué Azcona

Y resistes

Sucede desde antes de que las estrellas tuvieran nombre. Alguien comienza a prosperar, extraño verbo. Parece salir de ese círculo de aristas que forman el trabajo, las aspiraciones y los días al galope. Así el desvelo es transformado en una forma rara de tranquilidad, la que, por ejemplo, otorga una madre que mira a las nubes e inventa historias. ¡Otra vida dentro de esta era posible!, como posible era construir un palacio en la copa de una higuera, el Edén en un balcón, un rincón para el aire y sin embargo nuestro. En definitiva, que a uno le vayan bien las cosas significa darse el lujo de volver al niño que se resiste a morir a fin de mes. Entonces algo derriba al adulto.

Puede ser una inundación, un rayo. También cosas más de andar por casa: una lavadora rota. Cada palo sujeta un velamen a la medida de sus imposibilidades. Y lastran las pérdidas y el ansia por quererlo todo rápido cuando el tiempo pasa lento si pretendemos colmarnos y colmarlo de postales. No se trata de dinero, sino de tener el suficiente para vivir y un poco más. La cuestión es para qué.

Nótese que en ningún momento mencionamos a una persona, sólo cosas y gas. Por tanto, en cada paso alguien nos fue salvando sin querer. Es más, su presencia abarca tanto que nos olvidamos de incluirlos en las meditaciones. Y es que el yo ha hecho mucho daño, a uno mismo y a los que sueñan cerca. Son ellos los que nos velan sin esperar nada a cambio, como si fuéramos esa nube que siempre regresa con una historia. Y resistimos al poder contarla.

Ilustración: Darek Grabus 

Esa amistad

Sin amigos uno discurriría sin latido. Y es que, de alguna forma, son los que nos palpitan en el espacio-tiempo. A veces por todo lo alto celebrando, otras sin que nada suceda sucediendo todo. ¿De qué hablamos cuando nos repetimos? Entonces se produce el milagro de los panes y las risas. Porque el que tiene un amigo no tiene un tesoro, sino que se tiene a sí mismo en todas sus versiones, la oculta y la cumbre. De ahí el verbo perdonar, envejecer juntos, única ley no escrita de esas cosas que hacen los humanos que se quieren en la diferencia.

Y las angustias se dividen, un poco menos las cuentas. Será porque la amistad es rara, se valora poco y renace en los pétalos de las clavelinas, flor perdida en los veranos de enero. Tiene que ver con que los amigos sonríen si te va mejor, con el empleo de silencios cuando el ruido emborrona los plazos y la vista. Ahí estamos, somos, y por eso seguimos tejiéndonos en el fragor de los abrazos. Curan, demuestran lo invisible, dan y dan.

Siempre terminamos recurriendo a su certeza. A veces por estar lejos y en la misma ciudad, otras cuando abren su hombro sin querer nada más que querernos. Bueno, uno siempre es nada, menos si faltan. Con ellos las plantas del salón están a buen recaudo; siempre, como siempre están. Al final sale mejor tener amigos que irse de viaje y hacer fotos. En su piel nos vamos descubriendo, en sus ojos vemos el reflejo de una vida juntos. Son patria.

Ilustración: https://adrianjohnsonstudio.com/

El presidente de Castilla-La Mancha

Resulta que, a veces, los políticos nos representan. Puede que no a uno mismo, pero sí a ese sustantivo indefinido que es la gente que los vota y se los traga. Habla, o más bien lo intenta, Emiliano García-Page: «El otro día estuvo en Cuenca (refiriéndose al ministro Garzón) […]. Yo le invito a que venga a empresas inmensas que tenemos aquí, envidiadas en el mundo entero, a explicarles que su trabajo es de peor calidad». Y añade: «Esto es como discutir si la calidad de un pez que se pesca con una, con una, con, con, je, con una caña o la que se pesca con red por miles es mejor o peor. Ej que no, en este país se discute mucho por el tamaño de las cosas». Y añado, cuidado con este porque no sabe lo que debiera saber, sabe mal lo que se sabe y sabe lo que no debería saberse y se comenta en los bares.

Este es el nivel. Y no porque el tamaño importe —resulta que en las empresas sí— ni por el uso de un símil pesquero siendo él de Albacete. Estas palabras son un insulto envuelto en banderas de España y Castilla-La Mancha, una manera de zanjar la realidad con dos huevos de corral. El bienestar de las bestias cuenta poco para las grandes explotaciones que resuelven el temita cesando a inspectores de Sanidad, con la complicidad de presidentes autonómicos y pagando cátedras en universidades en nombre del silencio. Ya se sabe que la verdad se entierra con billetes y repitiendo una mentira muchas veces mucho.

Ya que al presidente le gusta farfullar metáforas, aquí una réplica: «Hay estos dos peces jóvenes nadando por ahí y se encuentran con un pez más viejo nadando en sentido contrario, quien les saluda con la cabeza y les dice: ‘Buenos días, muchachos. ¿Cómo está el agua?‘. Y los dos peces jóvenes nadan un poco, y luego uno de ellos mira al otro y dice: ‘¿Qué diablos es el agua?‘». Pues bien, los peces más jóvenes están envejeciendo a marchas forzadas.

Ilustración: anónimo

Follas como tu cuarto icono

Supongo que será el inmovilismo crónico, o puede que un antojo de ir a Nápoles en Ryanair. Ni idea. El caso es que, entre tanto calentamiento global y lo de las macrogranjas, el silogismo me interpeló: «Follas como tu cuarto icono». Entonces se desata una reacción en cadena. Primero fue la resistencia, ese miedo a ser como los demás. Después vino el ardor derivado del autoconocimiento y los jeroglíficos de la modernidad. Por último —como era de prever—, abrí el Whatsapp. ¡Cuál fue mi sorpresa al comprobar que ahí, en cuarta posición, como si de una aparición mariana se tratara, había un tarro de miel con una cucharita! Será que tengo mucho tiempo.

Superado el shock, comencé a buscar la solución a un dilema muy del primer mundo. Más aún cuando ese icono cambia según el móvil. Hubiera preferido un pulgar hacia abajo, unos palillos, ¡incluso un montón de zetas!, algo que añada certidumbres. Sin embargo, me tocó lidiar con lo indeterminado. Más que nada porque no se sabe si ese tarro es un NFT, si la miel es industrial o de Elvish (Turquía) y lo que es peor aún: ¿alguien conoce a alguien que lo emplee?

Sucede que nuestro cerebro es especialista en escayolar a un mundo dislocado en el que resulto zalamero, difícil de quitar cuando salpico. Además, después de comer algo tan dulce nada sabe bien, así que asumo la verdad aunque empalague. No sé, será que quiero todo lo que producen las abejas. Así me va. Entonces esta mañana recordé a aquella chica que me gritó «eres miel» antes de irse. Y ahora lo entiendo.

Ilustración: giselledekel.com

De granjas y purines

Crecí en una pedanía que aspiraba a urbe. Es más, el paisaje incluía un castillo Disney con girasoles al fondo y, los días ventosos, un olor a mierda acompañaba el desayuno. Y no eran los madrileños como pensaban mis vecinos, sino los purines de las granjas, palabro que merodeaba por la nariz y la conciencia colectiva. «Esto es dinero», decían los ganaderos en el mercado de los jueves, hombres leales acostumbrados a cagarse en Dios y a esa mezcla de defecaciones, aguas de lavado y restos de piensos. Normal; se ganaban la vida con las bestias, daban mucho y bien de comer y tenían el olfato domado. Entonces el cáncer y la celiaquía comenzaron a extenderse por el mundo y la región. Y las casualidades existen.

Resulta que una correcta manipulación de los purines implica una mejora de la gestión del suelo y las canalizaciones agropecuarias. De lo contrario, los deshechos se filtran de las granjas a la tierra, de los acuíferos a la comida y de ahí al hombre. Saltarse la norma y pagar multas sale mejor que invertir en salud, benditos euros. Entonces, el porcentaje de nitratos invade hectáreas y prados, las bacterias se comportan como bacterias y la química hace su magia. A pequeña escala. De lo macro ya se encarga el ministro Garzón.

En esta cadena trófica todos somos culpables. Primero los que ni oyen ni hablan con los ojos abiertos. También aquellos que, con los seis sentidos, recaen en la contradicción diaria de vivir sin dejar huella. Luego están los que creen que la solución orbita en torno a otros planetas, ahí donde los pedos de los cerdos no huelen a nada en contra de la gravedad. No quiero abandonar la Tierra en una nave. No quiero atravesar las nubes. No quiero mirar un punto azul pálido desde la ventanilla y decir en voz baja «todo esto fue hermoso». No quiero… pero falta menos.

Ilustración: Ryo Takemasa

La ruta de los regalos

Los Reyes Magos existen porque hacen todo lo que se les antoja excepto una cosa: decidir la ruta que nos lleva a sus regalos. Así, y para sacarle brillo al óxido, he repasado el trayecto que cada 5 de enero emprendía de la mano de mi padre. Misma ciudad, misma estación en otro tiempo. Claro, padre ya no está y si está es en la memoria, y uno tampoco es aquel niño que miraba de reojo las luces desde el autobús, aunque por momentos pueda rozar la piel de sus mejillas. El recorrido lo marcaba el 2 que pasaba (y todavía pasa) por Guzmán El Bueno y llegaba a la calle Princesa hasta detenerse en Callao antes del mareo. Al pisar la acera todo se disolvía ante una decepción próxima. Resulta que nunca recibimos lo que escribimos en la carta, en cambio, lo que más queremos se va pronto y nunca avisa.

Volver a la ruta de los regalos nos hace ser conscientes de que no hay nada en el mundo material, oro o coltán, que pueda compensar la ausencia. Quizás por eso me desando, vuelvo al bullicio de las calles cuando todo parecía un recién nacido con olor a castaña y elegía aquello innecesario —aún me ocurre—. Entonces padre cargaba con las bolsas, pedía un taxi y se preparaba para la acidez de las mandarinas bajo un pino cubierto de guirnaldas. Esta noche, tantos años después, guardaré el recuerdo en una caja y lo envolveré cuidadosamente para acomodarlo en el armario, junto a la ropa de verano. Ese es el regalo que deseo, ese que tuve, ese que brilla como la tierra vista desde la última distancia.

Ilustración: Masayasu Uchida