Cuando te gusta alguien que te cae mal

Pasa mucho. De pronto, conoces a alguien que te hace perder la cabeza. Es mirarle y te pones como una moto de polígono, física y química nuclear a punto de caramelo, y claro, boca, subconsciente y genitales necesitan echarle un polvo salvaje que genere el hongo de Hiroshima en La Mancha. El único detalle es que te cae mal. No sólo eso; te parece gilipollas, insoportable. De hecho, jamás se te pasó por la cabeza acercarte a un tío así ni por asomo. ¡Aj! Representa la reacción a todas tus aciones, lo contrario de lo que quieres ser. Y ahí estás, tumbada en la cama junto a ese desafío, fruta prohibida invadida por gusanos… y ya estás lista para echar otro, y otro, y otro. ¡Qué asco, pero qué rico!

Hace tiempo que la ciencia estudia este fenómeno de andar por casa (en pelotas). Los hombres con personalidad más desagradable, extrovertida y que optan por cambiar de pareja cada dos días suelen ser los mas codiciados. La razón se resume en la curiosidad por lo desconocido y el odio, el mejor catalizador para que el sexo trascienda el intercambio de fluidos y bombee litros de hormonas y azotes por todo el cuerpo. Ojo, nada que ver con amar.

Así surge una forma de rencor, un odio pasivo que explota al roce porque ese tipo de sentimiento, aunque sea turbio, concentra una forma de conexión a la que resulta imposible resistirse, formas crueles de alcanzar aspectos de tu personalidad que permanecen enjaulados o en hibernación y, sin embargo, te representan. Y mucho. Lo más curioso de todo este despliegue de fuegos artificiales, cohetes despegando y aspersores a la máxima potencia es que terminan hundiéndote, incluso por debajo del tío en cuestión. Cosas de los humanos.

Ilustración: http://www.championdontstop.com

Adiós a las mascarillas

Queda claro que el mundo ha intentado doblegarnos. Así, después de un año y medio conviviendo con el miedo, el olor de encías y el suspense, se acerca el momento de decir adiós a las mascarillas como el que se despide de un enemigo. Y hay jarana, una alegría incontenible porque por fin los feos podrán seguir siéndolo y los guapos más guapos serán. Pero cuidado, sólo en exteriores, lo que significa que a partir de ahora todos aquellos que trabajen en el Zara, bares sin terraza y carnicerías se enfrentarán a una clase de amenaza instaurada desde mucho antes del virus: los que no se enteran de nada.

Y comenzarán las excusas: me la ha dejado en el coche; si es sólo un momento y además estoy vacunado, payaso; no respiro y me vendes un paquete de Marlboro… Pero también las quejas desde dentro: ¿por qué esperar al 26? ¡Esto es injusto! ¿Por qué yo no y los demás sí? Y entre medias muchos pondrán de moda ponerse la mano en la boca a modo de y el del estanco mirará con envidia a los viandantes que espiran el humo frente al escaparate. Y luego nos preguntamos que por qué hay que explicar las campanadas cada año.

Está por ver qué será de aquellos que la llevaron puesta en la barbilla o a modo de gorra para los días soleados. Quizás ellos sepan algo que el resto ignora, clase de elegidos que lo hacen todo a medias, es decir, mal. La única certeza es que las mascarillas cumplieron su función, nos irritaron la piel de detrás de las orejas, cubrieron los océanos con su manto de plástico, salvaron millones de vidas. Ahora, ¿quién nos salvará de nosotros?

Ilustración: Steffen Kraft aka Iconeo

¿De qué escribes cuando no sabes qué escribir?

A pesar de que todo es susceptible de ser contado —eso no significa que todos debamos escribir una novela, por favor—, algunos días toca hacer frente a la imposibilidad en su peor versión. Pero nada que ver con la falta de ocasión o medios para que una cosa exista, ocurra o pueda realizarse, sino justo lo contrario. Para escribir sólo es necesario hacerlo y reconocer que lo no escrito es, precisamente, lo importante, algo así como el silencio en música. Porque tendemos a maldecir el coma, rebelarnos contra nuestra falta de ideas y espiar huertos ajenos con el fin de recuperar el pulso, la electricidad, la pala. Frente a la falsa leyenda de la hoja en blanco, surge la hoja en negro que incluye todas las palabras del mundo, todos los senderos, y por lo tanto el bloqueo.

En este punto lo habitual es o bien levantarse de la mesa o, mejor aún, hacerse una paja. Si la sensación persiste, pides cita en la peluquería para regresar más fresco al punto del que huyes desde que sonara el despertador. Y comienzas a hacerte a la idea: ahora tampoco. Entonces sucumbes a la metafísica y anotas a lápiz que cuando uno escribe es ante todo y sobre todo lector y leer es lo que te empujó a juntar palabras. En este punto, el lector medio, ese que abona páginas, desaparece y sólo existe el anhelo del sosiego, del tuyo propio.

Pocas veces nos paramos a pensar por qué hacemos lo que hacemos. Quizás sea contraproducente embotellar el rayo. Pensar que uno es escritor confirma al segundo siguiente que uno es todo lo contrario, como si las palabras poco o nada ayudaran al que vive y vibra con ellas. Pues bien; hoy es viernes de secano y lo que acabas de leer representa de manera precisa y firme mi capacidad para equivocarme peor.

Ilustración: http://www.salzmanart.com/joey-guidone.html

Echo de menos irme sin decir adiós

Durante todo este tiempo hemos hecho la vida de siempre excepto la que dependía directamente de los demás, es decir, la vida misma. Ahora que se vislumbra un final de ciclo que dará paso a la era de la electricidad cara y el embudo de conciertos y festivales, uno se siente nostálgico y echa la vista atrás. Ahí, arrinconada junto a la ropa de invierno, la vieja práctica de desaparecer de las fiestas sin decir adiós, despedirse a la francesa que dicen los españoles, o a la inglesa en boca de un parisino con peinado a lo garçon. Aquel gesto, perfeccionado durante años de aguantar chapas en grupo se ha visto abocado al olvido por una razón más que evidente: las reuniones son de dos personas; las de cuatro se consideran bukake.

¿Os acordáis cuando decían pero dónde se ha metido esta? ¿Y qué fue de aquel voy un segundo al baño seguido de un movimiento subrepticio hacia la calle, lejos del ruido de los cubitos de hielo, las conversaciones sobre viajes y el último restaurante abierto por Chicote? Y es que lo mejor de las fiestas era largarse cuando estaban llenísimas porque sólo de esta forma, discreta y elegante, se demuestra la buena educación del individuo frente a la masa.

Decir adiós con la mano tiene algo de insoportable, como dos gorriones que se van muriendo poco a poco; hacerlo con dos besos implica tener que dar explicaciones de por qué te piras; dar abrazos a diestro y siniestro en un campo de amapolas es el sueño húmedo de cualquier madrileño. «O te conectas al  Wi-Fi® o te vas», decía Erasmo. Pues de tanto querer irnos terminamos echando de menos quedarnos… para después volver.

Ilustración: http://www.saragironicarnevale.com

Los españoles tristes de Colón

Los domingos son mañanas seguidas de tardes en las que no ocurre nada. Quizás uno piensa en lo que hará durante la semana, o se pide otro vermú. Ayer, sin embargo, los verdaderos españoles se congregaron en Colón vestidos de bandera, una grande y esclava de la idea de país. Andaban desorientados, como un superhéroe que se pone la capa y olvida la máscara, llenaban las acercas con el olor del fondo del armario. A lo lejos, dos señores con sombrero de feriante y camisa de manga corta sujetaban una pancarta en la que solamente uno pedía perdón por haber votado al PSOE. El otro fumaba. Cosas así, grises a pesar del día claro.

La manifestación había empezado mal y continuó a peores. Tanto que la mayor ovación se la llevó un camión cargado con un nuevo generador que permitiera continuar con el acto. Es lo que tiene ser y parecer triste, que la energía se convierte en un bien escaso. También hubo discursos. El de un escritor que ha escrito una novela de veintitrés tomos y ochocientas páginas (cada uno), el de una política sin serotonina ni partido que increpaba al gobierno por indultar a delincuentes olvidándose de que en eso consiste, en el perdón de la pena. Casado lo intentó, pero fue interrumpido por la ultraderecha. Es lo que hay.

Sucedió así, entre recuerdos de lo que fue España y esos ciudadanos auténticos que se resisten al presente de las cosas. Si avanzaran no sabrían volver a casa o recordar la lista de los reyes visigodos. En lugar de producir desprecio por sostener esas ideas consiguieron lo impensable: que estemos dispuestos a tenderles la mano, incluso abrazarles, mirarles a los ojos y recordarles que la convivencia nada tiene que ver con los indultos o la manipulación, sino con «participar en la vida ajena y hacer participar al otro en la propia». Eran miles de personas, tantas, que parecían una sola. ¡Qué domingo más triste por Dios!

Ilustración: Francorama

Matar a las hijas

Las están matando. También a las niñas. Esta vez se llamaban Anna y Olivia Gimeno; uno y seis años. Antes de cometer un acto tan salvaje, el supuesto asesino amenazó a la madre: «No las vas a volver a ver en la vida». Queda descartada la enajenación en un hombre que pierde el título de padre y encarna la forma más sádica de castigo, el consciente y despojado de trastorno mental. Hacer daño en la carne de su carne. A él no le duele. O si le duele es capaz de tolerarlo porque el fin justifica el asesinato. A eso le llaman violencia vicaria. En realidad, el término es tan opaco que confunde, bordea el hecho de que a una madre se le entierra en vida hundiendo a sus hijas en el océano.

Decía Hannah Arendt que violencia y poder son términos contrarios. «Aparece donde el poder se halla en peligro; pero abandonada a su propio impulso conduce a la desaparición del poder». Ahora que termina una pandemia sale a la superficie otra en su forma más letal porque implica la desaparición de todos los miembros de la familia: la de las hermanas que no respiran, la del padre que sumerge la bombona de oxígeno y la de la madre que llena sus pulmones en tierra firme para mantenerse a flote. Y así el machismo golpea de nuevo, y muchos se niegan a aceptarlo. A esos me gustaría dirigirme. Hoy, en España, hay una mujer que, siendo madre toda la vida, ha perdido a sus dos hijas. No hay peor condena en este mundo dislocado.

Ilustración: Till Hafenbrak

Eso que tú nos diste, Pau

Algo extraño sucede al hablar de la muerte. La mandíbula se tensa, la mirada se encoge. Lo siguiente, cambiar de tema. Poco importa que impregne el bol del desayuno o aceche cada respiración mal dada. Luego está lo del Pau. Decide pasar el inevitable tránsito con la familia, Fideos y ante las cámaras. Mira a Évole y de entre los surcos de un jirón de piel se destapan los ojos de un niño, los mismos que acompañan una conversación sobre cosas normales, corrientes. Algo más extraño sucede porque ante lo inevitable —ojalá pudiera vivir quince o veinte años más, dice— reivindica la vida bien usada, soporta el pensamiento de quedarse atrás, aunque no quiera. Y llora, y ríe y adrede despoja de drama los últimos momentos. Doce días después era un recuerdo.

Todos conocemos la antesala de la muerte. Algunos porque se lo contaron; otros porque les tocó. Normalmente lo que se hace es acompañar al paciente —la palabra enfermo es inexacta — y entender que muchas veces se hace mucho no haciendo nada, sólo estando. El tiempo deja de contarse con relojes y la vida queda en ese suspenso en el que dar un paseo por la montaña, pelar una naranja o atardecer adquieren su verdadero significado, el que tienen aquí y ahora.

Pau tiene frío y se coloca la gorra hacia atrás, igual que un adolescente de cincuenta y tres años. Da igual, llega a decir. Y en se momento uno entiende que algunos mueren muchas veces antes de morirse, y otros lo hacen tal y como vivieron, con la tranquilidad que otorga saber que es síntoma de vida. La entrevista termina y pasan los créditos. Las canciones adquieren aspecto de silencio después de verle susurrar desde el más acá. Ya por eso merece la pena amar, cantar, vivir. Eso nos diste, Pau, y eso es la hostia.

Ilustración: http://www.ellocodelpelorizo.com

¿La selección nos representa a todos?

La verdad es que Uribes, flamante ministro de fútbol y toros, es un genio. Después de castigar al sector con una sucesión de declaraciones dignas de un portero (de discoteca), ahora se desmarca con otras que van más allá del fuera de juego. Primera perla: «No estamos vacunando a los futbolistas, sino a los jugadores de la selección española». Para entender semejante titular tuve que recurrir a mi amigo Jaume Gelabert, lingüista y filósofo funky, que señaló la importancia de la pragmática, es decir, cómo el contexto influye en el significado. Para evitar la confusión lo más recomendable hubiera sido balbucear: «No estamos vacunando a los futbolistas, sino a los representantes de la nación». Se entiende mejor, ¿no? Otra cosa es estar de acuerdo. Pero es que este hombre piensa lo justo. Será por las zapatillas de tacos.

Segunda perla tras la confirmación de la vacunación exprés: «Lo hacemos porque nos representan a todos». En este punto cabría preguntarse por la palabra todos, pronombre indefinido masculino plural que indica la totalidad de los miembros de un grupo. En un primer vistazo, podría parecer una exageración, que lo de hacer patria con el deporte ya está muy visto. Aquí dejé en paz a Jaume y llegué a la conclusión de que es verdad. A los españoles nos gusta la juerga, saltarnos las colas, que nos eliminen pronto para seguir con las vacaciones y hacer de nuestro himno una bandera. ¡Oeeoeoeoeoeoeeee!

Mas allá de la semántica y el deporte algunos siguen empeñados en agrandar la brecha, privilegiar unas actividades sobre otras y convertir la vida en la Tierra en una broma infinita. Entiendo que, al final, los españoles se representan a sí mismos y el fútbol es mensaje, mensajero y pistola. Ya se encarga Uribes de hacer blanco donde más nos duele.

Ilustración: http://www.1000dessins.com

Mare of Easttown, madre de Dios

La vida ya no es una película, sino una serie estrenada al completo porque el espectador lo quiere todo aquí y ahora y en el móvil. Como siempre en estos casos hay excepciones y “Mare of Easttown” se encarga de demostrarlo semana a semana. Argumento: el sueño americano era esto. Su mayor representante es (night)Mare, una Kate Winslet de expresión granítica y raíces oscuras que oscila de estrella del equipo local de baloncesto a detective. Come pizza, bebe cerveza Rolling Rock y observa con resignación cómo el mundo se desmorona. Bueno, también conoce a un escritor que imparte clases para ganarse el jornal.

Porque más allá de la trama policíaca y unas actuaciones prodigiosas (Mare, madre, hija, amiga), la historia pone de relieve que el día a día consiste en vivir con lo inaceptable. Aquellos que alcanzan sus aspiraciones de juventud terminan reconociendo que la edad generó otras. El resto, supervivientes de un sistema que lo arrasó todo, se levantan pensando que mañana será mejor, para volver a cerrar los ojos y aceptar la broma infinita. Y sí, hay espacio para la felicidad pero es una estrella a veces en el cielo, otras en el desván de casa.

A pesar del drama, la muerte y las relaciones incestuosas, la serie de HBO nos convierte en testigos involuntarios de esa realidad que tantas veces pasamos por alto: hacer cosas importantes está sobrevalorado, por la sencilla razón de que los demás esperarán más de ti. Olvidan, o al menos pretenden, que están tan jodidos como tú. Así, recogemos los pedazos, nos enfundamos el abrigo y continuamos con la certeza de que un pequeño grupo siempre estará de nuestro lado, incluso cuando actúe en nuestra contra. A eso debemos aferrarnos, a eso y a la mirada de Kate. ¡Madre de Easttown, qué actriz!

La voz de Alfredo Matesanz

Hubo un tiempo en el que la radio era el único medio de alumbrar a una ciudad entre montañas y girasoles. A diferencia del resto de cuentos no había princesas ni brujas —quizás las hermanas Guadalupe— y el narrador se convertía en protagonista sin quererlo. Desde aquella máquina de amplitud y frecuencia modulada, Alfredo Matesanz contaba lo acontecido en Segovia y para los segovianos, sin olvidar las noticias de un mundo más pequeño en su garganta. Lo hacía tal y como se hace desde el principio de la tradición oral, con emoción pero sin prisa, con rigor y fuego de campamento, tanto que muchos críos nacidos en los ochenta se dormían con su voz de fondo. Así es como entró en muchas casas para nunca más abandonarlas, un padre presente e invisible… hasta que se le apagó la radio.

Sucede siempre. Los mejores se despiden antes, como si de alguna manera su legado quisiera tomar la palabra que dejan en suspenso, y más en este caso. Porque Alfredo Matesanz vivía intensamente su ciudad y la ciudad latía con el impulso de un hombre al que le brillaban los ojos detrás de un bigote y un micrófono con esponja.

Ese es el problema de vivir, que uno crece y aprende a asumir lo inaceptable, la pérdida y su silencio. Sin embargo, hubo alguien que se mantuvo joven hasta el último día porque en la radio el tiempo pasa de otra forma, al ritmo de los minutos y el presente. Hoy los segovianos andan perdidos porque falta el narrador de su historia. Encontrarán el camino en el viento, junto a los campos de trigo, entre las ondas. Gracias, Alfredo “Radio”.

Ilustración: Jose Luiz López Saura