Marta tiene un himno con letra

Grande España, a Dios le doy las gracias por nacer aquí, honrarte hasta el fin…

Los puntos suspensivos no son aleatorios en este caso. En absoluto. Simplemente representan el estado mitad grima, mitad “por favor, apagad eso” en el que me sumergí al presenciar a Marta interpretar el himno de España con tal pasión que parecía que los focos del teatro de la Zarzuela fueran a estallar, hiriendo las sensibilidades de los espectadores que abarrotaban el concierto. Pero no. Hubo aplausos, emoción, cierta sensación de que en realidad lo que necesita este país son demostraciones patrióticas y por supuesto una letra para ese himno tan raquítico y polémico.

Rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón y no pido perdón.

Pero no todo iba a ser autocrítica patriótica y acto seguido, tras pasar por el baño y descargar con virulencia todo lo malo que hay en mí, comencé a escuchar en bucle sesenta himnos nacionales de diversos países, con y sin letra, de Kazajistán a Kiribati, pasando por Gales y Japón, para llegar a la concusión de que todos son previsibles, apelan a valores un tanto desfasados entre tanto Tinder y fibra de vidrio y muchos de ellos se parecen peligrosamente a la Marsellesa.

Como tu hija llevaré ese honor, llenar cada rincón con tus rayos de sol.

Al final llegué a la conclusión de que mis favoritos son los de Nepal y Estados Unidos, que Marta podría haber invertido en otra cosa las dos o tres semanas que le habrá llevado hacer esa letra y que si esto ha sido noticia en nuestro país es porque quizás todavía no hemos entendido que la patria son los amigos y nuestro país un poco de todos los rincones del mundo.

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Éxito y madridismo: la incomprensión del fracaso

Vaya por delante que no hace falta consumir o entender de fútbol para poder hablar de ese fenómeno extraño, níveo, masivo e interplanetario que es el “Madridismo”, casi en oposición al “madrileñismo” (con eme minúscula), una cosa como muy de barrio, castiza, de clavel en la solapa y churros con chocolate los domingos.

Simplemente hace falta observar a los aficionados, con camisetas oficiales de las caras y ojos azules de brillo felino, para darse cuenta de que todos ellos, desde el que vive en casa de sus padres en El Paseo de la Habana hasta el que se desliza por debajo de los escombros de la ciudad de Kabul, viven abonados a la inercia la victoria, por la mínima, por 7 a 0, por obra y gracia de los pies un tal Cristiano o la preciosa cabeza de Ramos, enarbolando una pasión que desecha el fracaso porque no es una opción realista, de forma casi maquinal y sobre todo rara porque si todos los demás pierden en algún momento, ¿por qué ellos no?

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Y es que en el vocabulario del Madridismo no hay espacio para palabras como pequeño, local, tristeza, camisas sin corbata en el palco, medalla para el segundo mejor, decepción, sencillo, íntimo…no. Esas no están ni en el banquillo, ni siquiera entre los imperceptibles huecos de las aceras que rodean el estadio o en los surcos de las Bridgestone del cortador de cesped.

Y si tampoco entendemos pero consumimos cada segundo que pasa y no aparece por la televisión que el éxito consiste en ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo entonces ¿no es el madridismo una realidad virtual que se hace carne los domingos por la tarde? Resulta que no, que simplemente es una forma de vida…

 

Los hijos de la Gran Vía parecen tristes

Emilio y José son gemelos, de buen paquete, tan absolutamente intercambiables como insustituibles en la baldosa que ocupan en la Gran Vía desde hace quince años. Los hermanos, jevis, calvos con melena, portadores de anillos pentagonales y cinturones bélicos y del Atleti, representan un mundo sin luces de neón rosas y azules, sin zapatillas de lengüetas con el aspecto de unas suela y sin esa impostura obtenida a base de retoques de Photoshop y Snapseed: tienen la mirada triste porque hay razones para estarlo. Y es que ellos, más célebres que el oso y el madroño, son testigos de primera mano del proceso de desmantelamiento e impersonalización del centro de las ciudades, el mismo que nos lleva a creer que Madrid, Nueva York, Londres podrían ser Nueva Madrid, Londyork y Madres porque en ellas no quedan elementos humanos, incuantificables, vivos, que no se alimenten exclusivamente de electricidad y del flujo de billetes en cajas registradoras.

Ellos dos, José y Emilio, fueron a protestar por el cierre de Madrid Rock  en 2005 y decidieron quedarse. Por supuesto este gesto de rebeldía, que a fin de cuentas es lo que representa el jevi cuando se escucha muy alto y no con el limitador del puto iPhone, genera suspicacias entre los españoles que, en lugar de preguntarles cual es su disco favorito de Van Halen del periodo Sammy Hagar o si entienden el giro artístico de Dave Mustaine con “Risk”, prefieren concentrarse en lo que de verdad importa: “y estos dos, ¿a qué se dedican?”

Es normal que estén tristes y por eso, M&CSaatchi, una de las agencias creativas más grandes del mundo, les regala una valla con calaveras y águilas, sin entender demasiado bien que la tristeza de los dos hermanos sigue acampada en sus ojos porque no dejan de ver pasar a un mundo que se transforma en posibles clientes a seducir.

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Ojo al paquete.

Envejecer es hacer ruido

El ruido es la primera alarma que se activa cuando comenzamos a envejecer. Y lo hace de manera absolutamente natural. Te agachas a atarte los zapatos, a recoger un trozo de galleta que ha circulado desde la comisura de tus labios hasta la mesa de la cocina para después precipitarse sin remedio contra el suelo, y de tu boca sale un pequeño ruido, asignémosle el impronunciable vocablo “ahhhhssshmmm”, que dicta el comienzo de una nueva etapa en tu vida.

Y llegan esos pequeños tirones en el gemelo cuando quieres cruzar la calle con el semáforo en rojo, y enciendes la radio además de activar la alarma y cerrar la puerta con doble vuelta cuando se ausentas unos minutos de casa para bajar a por el pan y te acechan pensamientos, generalmente cuando se encienden las farolas de las calles, en los que te invade el pánico a estar solo y, si esto es hacerse mayor, ¿por qué tanta prisa por cumplir años cuando uno tiene 12 y es poseedor de huesos flexibles, pelo invicto e ilusiones inagotables? ¿Por qué?

Por otro lado, la edad (entendida como más de 37, edad para nada escogida al azar) conlleva ciertos pasatiempos: te enamoras platónicamente de alguien por la calle cada semana y de pronto la ciudad en la que vives es un obstáculo demasiado grande porque sabes que nunca más volveréis a veros, te miras en el espejo y la flacidez de la carne no supone inconveniente alguno y aceptas que tu cabeza, orejas y pies te emparentan directamente con un Mister Potato cuya invisibilidad se hace más que evidente al entrar en los bares de Malasaña.

La cuestión es que, más allá de estos detalles, hay algo común en todos nosotros y no es más que la posibilidad de reunir a tus amigos, esos que comparten muchas de tus fobias, filias y aprecio por los shemales, y decirles en alto encaramado encima del sofá:

Chicos, tengo un secreto.

¿Qué secreto, qué secreto? (unísono de personas maduras)

Pues que puedo volar…

Y agitando las alas, poco a poco, tendrás la capacidad de abandonar la tierra de la misma forma que un niño lo haría.

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Yung Beef, la soportable levedad de ser diferente siendo lo mismo

Lo reconozco. He escuchado (mientras pintaba una estantería de gris metalizado) el último disco de Yung Beef, representante patrio de la España más quinqui que, por cuestiones de la fibra óptica, no deja de ser un reflejo (repleto de impostura) de la realidad marginal global que podemos encontrar en un suburbio de East St. Louis (Illinois, USA), La Perla (San Juan,Puerto Rico) o El Raval (Barcelona, España). Y es que parece ser, reconozco que solo he estado en Compton (Los Ángeles, California) y me llevé un par de zapatillas colgadas en lo alto de un cable eléctrico, que en todos estos barrios lo que realmente preocupa es follar, pillar drogas, chingar otra vez, fuckear un culo, comer un par de pizzas, vivir deprisa, pillar otra vez, la guita, the dough, los mangos, la biyuya y follar una vez más antes de dormir, que es exactamente lo mismo que le preocupa a Amancio Ortega, Trump o Luis Fonsi, tres ejemplos de la pandemia blink blink más extendida y que definen el ritmo de rotación de la tierra a la velocidad marcada por las frutas de las tragaperras y las canciones ligeras.

Pues eso, lo que decía, he escuchado el disco y me ha gustado. De alguna manera he pillado (por primera vez en mi vida) qué es lo que ocurre cuando lo más chungo, underground, ¿guáguá?, choni, eso que no tiene un nombre que lo defina con exactitud pero que surge en aquellos lugares en los que la vida se entiende como mera supervivencia, es abrazado por la sociedad en su sentido más amplío y pasa de la favela, the crip y el chavolo a las fiestas de la Moraleja, los programas-vómito como OT y los telediarios de Telecincobeefdeffffff-e1499823728670.jpg

Y el problema es que nada está a salvo y toda expresión dominada por la rabia, los escupitajos, las cadenurris y la tinta monocroma bajo la piel, acaba convertida en un cartel tamaño “un edificio de 15 plantas en la Gran Vía” con la imagen de un chico que parece el hijo del Vaquilla pero que abraza un gato esfinge y por lo tanto es cool. De marginado a ídolo, como Jesucristo pero con el deje macarra de Yung Beef.

El signo de los tiempos en un mundo que flota.

La peligrosa humanización de los animales

Como siempre, en momentos de alto voltaje dialéctico encaminado a cambiar determinados patrones sociales o conductas profundamente enraizadas en nuestra sociedad y disfrazadas bajo el útil paraguas de la palabra “cultura” (esa caja de Pandora repleta de monstruos abisales y sirenas recién salidas de un cuadro de Klimt) sucede que derrapamos, la pelota de golf pasa justo por encima del hoyo y acabamos muy lejos del objetivo principal: acomodar la lucha a los límites del propio entorno en el que vivimos.

Y es que comienza a ser muy recurrente la utilización de ciertas palabras o expresiones, o simplemente deberíamos entenderlas como una petición de socorro, que no corresponden al ámbito de los animales, o si lo hacen, se emplean con odio, mala hostia o directamente sin ninguna reflexión previa. Estos son algunos de los titulares (reales):

  • HOLOCAUSTO ANIMAL, CERDOS SACRIFICADOS PARA EL CONSUMO HUMANO.
  • TORERO, ASESINO. TE DESEAMOS LA MUERTE.
  • MI PASTOR ALEMÁN NIKO, NOS HA DEJADO ESTA MAÑANA. ERA LA PERSONA MÁS IMPORTANTE DE MI VIDA. ERA MI HIJO.
  • EXTERMINEMOS A LOS PESCADORES Y CAZADORES.
  • REBAJAS: ANORAKS A 20 EUROS PARA TU PERRO.

Vaya por delante que uno no tiene ninguna simpatía por las jodidas corridas, de hecho son de lo más macabro que se puede presenciar legalmente a día de hoy, me alimento predominantemente de verduras que rehogo con un chorrito de aceite de jamón ibérico y los perros, los peces y los canarios me parecen muy simpáticos siempre que no estén en un zoo o en un apartamento de mi propiedad, pero existe una clara tendencia a acordar un status antropomórfico a todo lo relacionado con los animales apelando siempre a hechos o conductas esencialmente humanas.

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Esta cuestión, que puede ser considerada un acierto en el momento presente porque da visibilidad al problema de fondo (proteger a los animales), puede llegar a ser contraproducente cuando se tope con la realidad de las cosas, algo que no tiene relación alguna ni con los intereses económicos de las empresas cárnicas ni ganaderas, ni con los sentimientos de amor hacia los gatos esfinge ni con las maravillosas metáforas del exterminio judío en un contexto porcino, sino más bien con la insoportable necesidad del hombre de sentirse mejor, más humano, menos raro, aplicando el principio de igualdad y olvidándose de que ésta, no exige un tratamiento idéntico sino una misma consideración.

Y yo me pregunto, así para pasarme el hoyo y caer directo al agua: ¿no asignamos a nuestros perros, gatos, loros, peces Ángel, hamsters y mascotas un cierto tipo de sufrimiento necesario al someterlos a reglas de convivencia humanas?

Rueda pelota, rueda.

 

 

El restaurante #1 de Trip Advisor en Londres no existe

Solo necesitas un teléfono de pago, una web en la que mostrar chalotas rebozadas a la crema y sazonadas con perejil construidas con pastillas para desatascar el baño y un toque de miel del Día, y buscar una fórmula nueva para conquistar a los comilones en busca de la nueva tendencia: en lugar de un menú cerrado ofrece estados de ánimo con nombres motivadores tipo lujuria, amor, contemplación… y tu nuevo restaurante será aceptado y verificado por la gran familia Trip Advisor. La risas de fondo corresponden a  Oobah Butler, periodista de pelo decolorado que se ganaba sus primeros sueldos escribiendo críticas falsas (muy positivas y previo pago) de restaurantes de Londres y que tuvo la genial idea de montar el No-restaurante más recomendado de la ciudad en el cobertizo en el que vivía: una cabaña de 30 metros cuadrados al fondo de un jardín salvaje repleto de colchones y zarzas sin moras.

Los pasos a seguir después fueron muy sencillos: pidió a los amigos que comentaran la no-experiencia en la famosa web y en un plazo de siete meses, The Shed at Dulwich pasó del puesto 18.190 al 1. Entre tanto Oobah, que seguía descojonándose a pesar de tener que descolgar el teléfono varias docenas de veces al día e informar a los clientes más avant garde del mundo que el restaurante estaba lleno, seguía con su plan, rechazando los servicios de representantes, añadiendo pétalos de flor a los platos que compraba en la sección de congelados del Tesco a una libra la unidad, preguntando por el número de seguidores en Instagram a mails de  influencers ansiosos de estar en el lugar en el que todos querían estar y preparando la inauguración. Más risas.

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El final de esta historia es el mismo que el de las grandes mentiras: había que llegar hasta el final y  abrir, durante un día, el restaurante que había sido capaz de crear en la mente de todos mediante palabras, fotos trucadas y un marcado acento del sur de Londres. ¿Lo mejor de todo? Tras realizar la experiencia con varios clientes elegidos en función de su posición social, algunos de ellos volvieron a reservar.