Steve Albini, mi amigo invisible. Ha sido de repente, mientras yo dormía. Para la mayoría, su nombre no significará nada. Steve produjo, entre otros, a Nirvana, a Pixies y a PJ Harvey. Su trabajo —también invisible— cambiaba la vida de la gente. Y es que el sonido es tan importante como las canciones. Sin sonido no existirían Where is my mind?, Pennyroyal Tea o Rid of me, nos quedaría el mismo hueco que deja ahora su muerte. Pensadlo. ¿Nos gustan las canciones porque nos gusta cómo suenan o nos gustan las canciones porque nos hacen sentir bien? En ambos casos, la respuesta es la misma: Steve Albini. Lleva a un grupo de músicos a un estudio, captura con micrófonos lo que son, sin mierdas ni filtros, atrapa la forma y el color del ruido. De pronto, tienes un amigo para siempre. Y hoy está muerto.
Steve era mi amigo porque Steve era tiempo, espacio y sonido. La música también. Al escuchar música, el tiempo sucede de otra forma, pasa mejor, convierte tu mundo en un lugar menos extraño. Entonces, el espacio se deforma, regresas a esa habitación de adolescente, con la música muy alta. Ahora eres más viejo y, sin embargo, sientes un impacto familiar. Todo es sonido y el sonido nunca es feo, Steve era invisible estando vivo y esa habitación se apaga. Qué extraño. Nos deja un silencio entre las manos, el único silencio que perdura.
Lo primero que hice esta mañana fue escuchar sus discos. Steve no quería figurar y su música seguirá presente. Me pregunto si se sentirá un poco raro allá donde esté ahora. Quizás hable con Kurt de los parásitos de las compañías discográficas, de lo ridícula que les parece la escena electrónica y de la necesidad de concentrarse en las canciones en lugar de los peinados. O quizás esté callado. Quién sabe. Algo se muere en el alma cuando un amigo invisible se va. Será porque lo esencial nunca se ve. Nos quedamos con la duda y otra ausencia.
