Nuestra zona de interés

El mundo es un lugar cruel. Por eso lo convertimos en un jardín. Cada uno el suyo. En ese jardín podemos cultivar petunias y azaleas, levantar un invernadero para comer fresas cuando cae la nieve. Y un perro deja huellas a la entrada. En el jardín, el viento mece las copas de los árboles con un aire cargado de ceniza. Este lugar nos sirve para ignorar el otro lado, allí donde la oscuridad camufla el muro. El muro delimita los horrores que no queremos ver, pero que oímos. Gritos, órdenes. Un disparo. Solamente los valientes se aventuran a enterrar manzanas para los hambrientos. En la oscuridad, confundimos la fruta con las piedras. Sobre la hierba, los demás nos interesan cuando se interesan por nosotros.

Cuesta menos vivir con los ojos y los oídos cerrados. Nadie es culpable por ello, tampoco inocente. La mayoría se limita a cumplir órdenes. Los de abajo hacen lo que pueden, los de arriba son gente invisible. Una tarde, los de arriba deciden que abandones tu zona de interés, tienen grandes planes para ti. Al subir las escaleras rumbo a su despacho, el jardín se te hace pequeño, el mundo cabe en la palma de tu mano. En el jardín, una mujer se echa la siesta al sol, un niño juega sabiendo que algo terrible sucede al otro lado. Y tú pierdes el interés. O más bien te lo arrebatan. Entonces caes en la cuenta de que, a pesar de no querer oír ni mirar, tu cuerpo enferma. La enfermedad se manifiesta con un vómito.

Todos necesitamos volver al jardín, cada vez más pequeño, cada día más seco. En su perímetro se revela quiénes somos, seres humanos, cobardes, interesados, capaces de amar incondicionalmente, mientras, muy cerca, se cometen los peores crímenes. Nos interesa una parcela reducida de las cosas porque aquel que quiere cambiar el mundo termina mal, probablemente solo. Anochece, aquí y en el otro lado. Nadie distingue el color de las flores, ni el invernadero ni las huellas del perro. Alguien enciende una luz. Y, de pronto, a través de la mirilla, todos podemos ver la oscuridad.

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