Sobre la vida cara

Uno se hace mayor cuando se da cuenta de que todo el mundo se droga y el queso es carísimo. También cuando el pudor desaparece. Por esa razón, los adultos imparten clases magistrales sobre la pérdida de valor de su dinero, que también es el dinero de los bancos. Entrar en cualquier club de Malasaña cuesta 25 euros, una cantidad que convierte el ocio en un impuesto revolucionario. Porque, ¿cuál es el precio de las cosas que nos gustan? Y lo que es más difícil, ¿cuál es el coste en el que incurrimos por un gramo de dopamina? Reviso mi consumo a lo largo de los años de esta vida cara.

Cuando nací, una casa de 100 metros costaba un millón de pesetas. Llegó el euro y madre me dijo en la cocina: «Hijo, el café de las Tres BBB ahora vale el doble». A mí me gustaba el Colacao, así que marché al colegio tan contento. De niño, la guitarra de mis sueños costaba miles de dólares, la ropa que me gustaba no era, precisamente, de segunda mano y la salud y la educación eran un negocio en ciernes, como las armas, pero disparando contra los derechos fundamentales. Nací en un mundo de ciencia inflación donde la vida del pobre valía poco o nada y que, al mismo tiempo, era mucho más caro que el mundo de la abuela y el abuelo. En definitiva, si creces nunca te saldrán las cuentas.

Tengo mis dudas sobre la percepción de los adolescentes y el precio de hacer lo que les gusta. Al fin y al cabo, la realidad de las pantallas está incluida en la tarifa, se ciñen a lo que conocen, una sociedad donde las botellas de aceite van candadas y corear las canciones de Taylor Swift equivale al suelo medio de un trabajador en Argelia. Viejos y niños pagamos un precio que ignora en muchos casos el valor de la cosa misma. Lo dijo Pavese antes de ingerir un bote de somníferos: «Todo es lujo; empezando por estar en el mundo». La vida siempre sale cara. Y aún más la muerte.

Ilustración: David Shrigley

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