Cuando te dejan en visto

Que te dejen en visto es una de las mayores traiciones de nuestro tiempo. Antes existía el látigo, mirar hacia otro lado o el garrote vil. Ahora —nos pasamos la vida queriendo ser reconocidos— aparecen dos rayitas y un «paso de ti» pasivo-agresivo. Te leyeron, pero algo se cruzó en el camino del otro, el curro o la falta de interés, y te quedas hecho un ovillo de angustia que termina por afectar el sueño y la autoestima. ¿Necesitará más tiempo para pensar la respuesta? ¿Me estaré volviendo loco al convertir la falta de palabras en el centro de mi mundo? Todo a la vez. Dejándonos en visto nos hacen invisibles.

«Puede que esté mal de memoria», pensamos. Habrá tenido algún percance en los dedos o con la batería. Las guerras de ahora se libran en Gaza y en el móvil, sirven para dejarnos en visto durante minutos, horas, fantasmas. Y duele. Nada se puede hacer para que cambie. Excepto cagarla, esperar una respuesta que no llega, asumir que las cosas se acaban sin voces ni peleas, sin un adiós o una marca de labios en el espejo. Nada peor que insistir para demostrar la pérdida. Eso y el estridular de los grillos, ¡auuu! A eso suena el silencio para los que no desconectan la verificación de lectura del WhatsApp.

Al detenernos un segundo, solo uno, caemos en la cuenta. A veces, la gente necesita recogerse, pasar del tema y dedicarse a responder otros mensajes, aunque nosotros no se lo haríamos ni a un perro. Así, un no se convierte en un (…), la peor forma de terminar sin terminar nada. ¿Y? ¿Me has dejado en visto? Aprender a dejar ir se nos complica sin señales de vida, aquí y al otro lado. Lo mejor: tomarse la molestia y contestar cuando la herida es un picor y lo peor quedó atrás. Me lo hicieron hace poco. La persona regresaba a mi vida veinte años después y, a pesar de todo. seguía desaparecida de la faz de esta Tierra plana con poca batería.

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