En el ascensor

Cualquier ascensor nos vale. Apretamos la flecha, esperamos, se abren las puertas y entra nuestra peor versión. Todo lo que viene ahora depende del trayecto. Si uno está solo todo bien; en grupo suceden muchas cosas, casi todas raras. La primera es ser conscientes del cambio de perspectiva por culpa de un espacio iluminado como un velatorio, un poco a la contra si sube, con todo a favor sin va bajando. Cuando el habitáculo se mueve construimos un muro, y nuestro cuerpo se pone rígido, ¡uy, qué nervios! Si no, ¿qué sentido tiene que el ocupante se prepare para salir si todavía faltan ocho pisos? La mirada fija en el suelo flotante o en un móvil sin cobertura. Hay una huella en el espejo. Cuánta ansiedad en el medio de transporte más seguro.

El cobarde tose muy bajito. El valiente saluda con mucho aire. Somos tres personas en una caja made in Alemania. Comienza el baile. Formamos un triángulo equilátero. Con la entrada del cuarto cada uno va a su esquina, como hacen los perros y el buen bebedor de cerveza. Si entra un quinto con su hija de la mano me entran ganas de tirarme un pedo, pero uno asqueroso, una acción que debería estar penada con la cárcel. Siempre me contengo y siento que mi bienestar —producido por estar cerca de un desconocido— se traduce en malestar ajeno. Unidos por la falta de control, así viajamos. En este tránsito desaparece la izquierda y la derecha: todos somos barcos de arroz a la deriva.

Me gustan los ascensores porque dentro de ellos somos seres extraños, también para nuestras parejas. Las guerras se declaran por culpa de un metro de ancho por uno y medio de fondo, sobre todo si alguien pasa de ducharse o acaba de llegar a la ciudad con la idea de disfrutar de calles vacías y aparcamiento gratuito. Quizás por esa razón queremos conquistar otros planetas, para conseguir, lejos de aquí, nuestro lugar en el mundo. Admitámoslo, jamás podremos vivir plenamente sin normalizar un trayecto en ascensor, el único espacio que lo encierra todo. Y por fin se abren las puertas.

Ilustración: Egel Islekel

4 comentarios en “En el ascensor

  1. Hola, Javier.

    La verdad es que el ascensor es un elemento genial para un relato de terror. Al menos para mí. Siempre me ha sido un lugar incómodo, ahora mucho más desde que he descubierto «cierta» claustrofobia. Demasiada gente dentro de un espacio tan limitado. Y eso, sin pensar en que pueda estropearse.

    Ahora, con la CALÓ, no te digo ná.

    Como mi cuerpo lo necesita, y en Cádiz no hay pisos demasiado altos, mejor la escalera. 😜

    El Diablo nos salve de que no se abran las puertas. 🤦🏻‍♂️🫣

    Un Abrazo.

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  2. Todavía recuerdo las sensaciones que me produjo el usar uno de estos artilugios, a mí, un adolescente de pueblo cuando fui a estudiar a una ciudad media. Ese movimiento invisible que se adivinaba a través de las puestas cerradas. Ese pensar en que ocurriría si se rompía la sirga que intuías que sujetaba la cabina. Después de muchos años usándolos, esas sensaciones extrañas ya se habían diluido. Gracias por recordármelas. Un cordial saludo.

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