Los hombres perdidos

Me fascinan los hombres perdidos. Son todos iguales, mismo perfil con otra cara. Llamémosles Nacho, Miguel, Manu, Iker… Comparten la fea costumbre de creer entender el mundo mejor que sus habitantes, los otros, esos necios, como si a partir de los cuarenta vieran cosas. Todos ellos se han encargado de destruir su imagen pública en el momento en el que la mayoría de los hombres comienza a tener, por fin, un propósito, una familia, algo más que el autosabotaje entendido como pérdida. Lo llaman crisis, pero en realidad no hay rastro de desafío o evolución. Solamente pena.

Tendrá que ver con la falta de ilusiones y una incapacidad manifiesta para vivir sin ponerse, mantenerse lejos de la cirugía estética u olvidarse de los sueños de la pandilla del colegio. Está claro que lo que necesitan no es atención, más bien metabolizar el alcohol y la falta de colágeno, aceptar el hecho de que las cosas cambian y, tarde o temprano, desaparecemos (mucho antes de morirnos). Entender la palabra ternura, eso necesitan, una ternura nunca desligada de la dureza, la ternura de un loco dormido. «Pavimentar todo de violetas», decía Nicanor Parra.

Frente a estos hombres perdidos, surgen otros encontrados. Estos tienen nombre y apellidos, nunca intercambiables, hombres que sienten antes de hablar, que mejoran el estado de las cosas, que nunca restan o por lo menos empatan, que se equivocan mejor, que asumen sus responsabilidades, las que sean, sin señalar a los cuñados. Javier Bardem, Bob Pop, Iñaki Gabilondo, Juan José Millás… Los escuchas hablar y entiendes algo muy importante: la empatía está íntimamente relacionada con el coeficiente intelectual. Cuando estos hombres encontrados ven un hombre perdido le tienden la mano. Una verdad compleja frente a una simple mentira. Y el mundo presta más atención a lo segundo.

Ilustración: David Shrigley

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