Algunos vicios son virtudes llevadas al exceso. El chocolate negro, las bambas de crema, los manolitos, los alfajores, las palmeras, la tarta de la abuela, de limón o de zanahoria, los miguelitos, los éclairs, el ponche segoviano o el roscón de reyes son mi droga. El cuerpo y la mente del adicto salivan al pensar en un obrador lleno de hombres enharinados, al pasar por delante de una gasolinera, al terminar el segundo plato y enfrentarse al dilema: o raja de melón insípido o arroz con leche. Imposible librarse de su llamada. Ven, cómeme, gordi. Hay tartas de cumpleaños en los escaparates, el frío produce cajas de Ferrero Rocher, aspiro a una vida llena de dopamina. Cuando no consumo, me duele la cabeza y todo es una mierda. Yo, un adicto al azúcar.
Me alimento a base de legumbres de bote y verduras frescas, modero los torreznos, nada de pan, limito la cerveza a dos o tres cada dos o tres días, hace años que borré el número de la camella, corro deprisa, monto en bicicleta para evitar ser arrollado por un Uber, aspiro el humo de los fumadores en la calle. La moderación representa la amenaza de morir de un cáncer propio o ajeno. Sin embargo, si me tocan el azúcar mato. Mi primer chute fue a los cuatro años. A ese chicle de frambuesa le siguieron cientos de regalices, gominolas, piruletas y un drácula en el parque. Me inicié en el mundo de los azucarillos más tarde. El daño al cerebro estaba hecho. Ahora estoy desenganchándome. Cuesta.
Por fin entiendo el mono del tabaco y el alcohol, ese gesto del cachas al saltarse una sesión de entrenamiento, la ansiedad de la jefa ante la perspectiva de un día libre o en familia. ¿Cómo es posible que un pastel represente la felicidad? Por cada adicción hay un problema, por cada infarto una falta de rigor. Mientras tanto, voy reduciendo la dosis con la certeza de que si pasara algo malo me comería una torrija, si todo fuera bien pediría un gofre, y si no pasara nada lo celebraría con un rollo de canela para que pasara algo. Buenos, dulces y diabéticos días.

Ilustración: Alex Colville
Yo,,, al café Oh que dias intensos aquellos que me tomaba 6. Ya estoy herido de muerte (2 o 3) y luego cambio al té. Un abrazo
Juan
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Juan, tómate un bollito con esos 3 cafés. Hay que intentar matarse con alegría. Abrazo enorme
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