La primera vez que me despidieron fue hace veinte años. Había terminado la carrera y necesitaba dinero para mudarme a Nashville con una novia americana. Encontré trabajo a las afueras de Segovia, en una tienda de deportes, algo fácil y mal remunerado. A las dos semanas, Isabel, la encargada, me citó en su oficina. Me dijo que no contaban más conmigo, que muchas gracias por todo y que lo sentía. Yo le pregunté si podía hacer algo para remediarlo. Aludió a la empresa. Me levanté de la silla y di las gracias en voz baja. Salí de la tienda y apoyé la espalda en la pared de aquel centro comercial. Era verano. Senti rabia y vergüenza, también un impulso desconocido hacia delante. Hace poco me despidieron otra vez. El impulso ha vuelto.
Muchos jefes se llenan la boca con las palabras familia o equipo. A veces, casi nunca, puedes llegar a creer en ello. Pasamos muchas horas en una misma habitación, en una furgoneta, se comparten bocadillos fríos, cigarros y anhelos, sueldos que no nos representan. El trabajo es un medio para hacer amigos en torno a una causa ajena que, de una forma un poco extraña, lleva nuestro sello. Cuando nos despiden el sello se derrite, te entran ganas de estrujar cabezas o naranjas, de arrancar flores y volverlas a plantar en otro mundo. «No me lo merezco», te repites. Y, sin embargo, siempre te mereces algo mejor.
Yo nunca he podido despedir a nadie. Sí que me he despedido de gente buena y conozco a algunos que dijeron adiós al trabajo de sus sueños para despertarse más felices. En estos casos, conviene relativizar y tener en mente a todos aquellos que mantienen un trabajo que no les gusta porque les aterroriza la idea de perderlo. Lo hacen por sus hijos o por un coche o por una casa que será toda suya cuando hayan muerto. Un despido implica el fin de la seguridad y el inicio de algo sin concretar, que está en el aire y el barro, nunca en las estrellas. Es curioso. Nada más perder el trabajo ya tenía otro. Será mejor en otro sitio. Isabel, tiene que serlo.

Ilustración: Giselle Dekel
Muy cierto, Javier.
La primera sensación que te embarga ante un despido es la culpa. Da igual que lo hayas dado todo, que hayas sacrificado tiempo, ilusiones, familia, amigos y hasta esperanzas. Cuando sobras, todo esto da igual.
Por eso, hay que tomarlo como otra prueba más que te empuja a avanzar y te recuerda que la vida no es fácil. No, tú no tienes la culpa de los intereses de la empresa.
Conforme vas envejeciendo se hace más cuesta arriba, pero es lo que hay cuando tienes que trabajar para vivir. Todavía más duro es que, cuando ya has cumplido, de sobra, los cincuenta, te digan que no eres válido para el mercado laboral.
Muchos ánimos para Isabel, seguro que hay un excelente trabajo esperándola.
Abrazo Grande.
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Gracias, querido mío. Isabel está encantada.
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