Cartas a María (I)

Yokohama, 19 de enero de 2025 

Todos los días a la misma hora. La misma ruta. Estación de Shinjuku. Salida Este, siempre menos concurrida. La luz pintada, de cristales, el viento entre el cuello y las muñecas. Al pisar la calle me detengo frente a las escaleras que descienden. Siempre en el mismo lugar, un poco ladeado para evitar molestar a la gente con prisa. Hago una foto, la misma, al árbol de hojas marrones que espera la llegada de la primavera. No es el único. Me sirve para detener el tiempo. Me recuerda que todo pasa siempre. Hasta la distancia pesa. 

Al bajar las escaleras el frío se solidifica. La altura de los edificios detiene cualquier rayo de sol, amplifica el sonido de las ambulancias y ese olor a dulce en el aire. Las aceras limpias, los cuervos reflejándose en los escaparates de cosas y música. Reflejos de gente en silencio, también cuando comen. Por todas partes, gente que trabaja y no se mira, que va en tren y en los pasos de otra gente. Tanta cabeza, tantos cuerpos, el alma hacia dentro, en un lugar inaccesible… ni ellos mismos lo alcanzan. Nadie cuerdo viviría aquí.

Recorro el barrio hacia el norte de casas bajas y jardines grises. Paro en un Seven Eleven a comprar un onigiri y un dulce, siempre los mismos, atún con mayonesa y un bollo de nata. David Lynch ha muerto y nadie habla de ello. El mundo pertenece a los que sienten indiferencia, que es la peor forma de pena. Eso veo aquí, por todas partes. Se hace de noche en la escuela. Vuelvo a casa. La misma ruta. Los mismos trenes que gimen. La calefacción en el asiento. Miro cada detalle, busco el orden. Mañana veré el arbol de nuevo, ese que me lleva a ti. Me duermo contento, un hábito de soledad. Lo mismo de siempre en otra lengua.

Tuyo.

Javier

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