Follar en Japón

Miradlos. ¿A que son adorables? Silenciosos, no huelen a nada y esperan su turno. Todos querríamos uno, aunque fuera un rato. Pues bien, la población japonesa viene disminuyendo por decimotercer año consecutivo desde 2011. Razón aquí: se folla poco o nada. Porque el sexo comienza con una mirada, antes de ponerse cachondos, un beso, luego la lengua y el resto de posturas. Eso hace la mayoría. Las parejas japonesas caminan juntas de manera un poco torpe, a veces comparten un helado o un sueño, sorben los fideos como en natación sincronizada, se escriben mensajes, hacen planes, pero no demuestran lo mejor de estar enamorados: el afecto. Bueno, puede que lo hagan, pero no se ve. 

Ya lo suponía. Ahora pregunto a algunos españoles con los que estudio. Lo confirman, nada, complicadísimo. Ellas, nativas, les piden garantías, un futuro y un trabajo, quizás que se duchen varías veces para compernsar otra epidermis. Ellos son un poco sádicos, besan igual que comen dangos, una especie de mochi en un pincho moruno, un poco robóticos, forzados por el exceso de trabajo y la falta de tiempo para contarles cosas a los amigos. Al final lo más sencillo es recurrir a una industria del sexo del tamaño de España. Hay de todo, robots, muñecas, bañeras con final feliz, uniformes, anguilas, celdas con servilletas ilimitadas y una pantalla. Cualquier cosa con tal de evitar el contacto. 

Los vi salir de un hotel del amor de Kabukicho, de esos por horas y una cámara para grabarlo todo si quieres. Una chica y un chico despeinados. Japoneses los dos. A las once y media de la mañana. Ella cogió un taxi mirando el móvil y él sonreía muchísimo caminando en dirección contraría. Venían de follar, eso se huele. Un logro. Los primeros que veía desde que llegué. Así que me quedé pensando en cómo se puede arrinconar el sexo hasta asimilarlo a comprar en Amazon. Luego están los costes de no utilizar condón, las mátriculas del niño, la ropa inservible después de cada temporada. Quizás sea la negativa de muchas mujeres a ponerse la epidural durante el parto. No sé, son majísmos los niños japoneses. Aquí se extinguen.

ilustración: Carlitos Givaja

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