Cartas a María (II)

Sigo con los rituales: me despiertan los cuervos del parque, corro un rato hasta sudar por la cabeza, levanto troncos y observo cómo algunos vecinos me miran como si estuviera poseído, lo estoy, una ducha fría, mi cara en el espejo, de pelo bien, será el agua, como a las diez y media de la mañana, siempre, a las once y media cojo el tren entre un silencio de gente que no huele y que, de vez en cuando, se queda dormida por culpa de ser como los demás. Aquí nadie comparte la verdad de la vida que es, a fin de cuentas, sus desgracias. 

Te escribo esta carta para decirte que mejoro y la tristeza del principio ーha pasado casi un mesーse disipa para dejar paso a la certeza de estar al margen, un paria conduciendo en dirección contraria ante la más absoluta indiferencia. No solo sucede a este lado. Ya te lo conté por teléfono. Le escribí un mensaje cariñoso, hasta bonito, con sus mayúsculas después de los puntos y sus tildes, ánimos para la presentación. Me respondió a los pocos días con un muchas gracias y un abrazo. Me pareció horrible. 

Ahora que veo todo con distancia y cierto orgullo soy capaz de entender que una respuesta así es el peor de los desprecios. Pero lo es porque yo esperaba algo distinto, quizás un poco más trabajado, que me dejara en visto por lo menos. Y se tomó la molestia de escribirme. Tres palabras. Nada tiene que ver Dios en esto. Creamos nuestro propio mundo, también sus motivos de alegría. Por esa razón olvidaré muy pronto este episodio mientras lleno la casa de tus postales, de tu cuerpo invisible entrando en la cocina, de esa forma de alimentarte colocando la comida sobre pequeños trozos de pan. Es real. Por eso lo sueño cada vez que tengo hambre.

Tuyo 

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