El buen samaritano marrano

He encontrado mi lugar en el mundo. No es un país, tampoco una ciudad. Se llama sentō o baño público y cuesta dos euros y medio con champú y toalla. Ahí vas a relajarte, los chicos con los chicos, las chicas con sus hijas, agua caliente, templada y fría en bañeras, entre desconocidos, normalmente viejos, muchas veces jóvenes flacos con piernas de gladiador, con su neceser de aseo en una palangana, de cuclillas frente a un espejo,  casi siempre sobrios. Pues bien, la última vez Hiroshi (nombre inventado) estaba pedo. Veintipocos años, temblaba por culpa del alcohol en vena. Se cayó de perfil, muy raro Tuve que ayudarlo ante la inacción de los presentes. Así me convertí en el buen samaritano marrano. 

El bien es necesario, también delante de gente desnuda y muy limpia. Cogí a Hiroshi de la mano, le dije que no se preocupara, ven, siéntate en el banco, majo. Fui a buscar una botella de agua, para los electrolitos o como se llame eso que te baja cuando mezclas whisky, varias copas y agua a cuarenta y cuatro grados. La bomba de Hiroshima fue así, pero con acento americano. Regresé lo más rápido posible. El chico temblaba en aquel banco bajo una luz blanca y poco favorecedora. Tranquilo, todo irá bien. Entonces me fijé en su polla. 

Los hombres hacemos esas cosas, lo medimos todo de cintura para abajo, obviamos la cabeza a pesar de la importancia de la altura. Era una polla ridícula, como de polluelo en un nido frondoso, un pegote de la genética que se ensaña con las cosas importantes. Abrí la botella, se la puse en los labios sin dejar de mirar aquella cola en apartheid, mas ancha que larga, un instrumento para el orín y poco más. El chico me dio las gracias en inglés, yo le respondí en su lengua sin dejar de mirarle los huevos negros, el pelo púbico muy negro, sus ingles de adulto imberbe y ya formado. Me di cuenta de que el bien me interesa menos que la guarrería. Ya lo dijo Cristo: «Anda entonces y haz tú lo mismo». Eso hago.

Ilustración: desconocido

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