Me hipnotiza la música y la sucesión de fotogramas improbables, luminosos y profundamente oscuros, sus personajes, el mundo convertido en hormigón y una cruz de luz. Desde There will be blood no veía una película tan cruda y al mismo tiempo tan hermosa. Hay similitudes entre ambas: un hijo de puta o dos, la ambiciòn y el dolor que conlleva, dificultad al caminar, paisajes de América, poco sexo, la mirada de los hombres que construyen y destruyen lo que nadie puede imaginar. El cine sirve para creer un poco en el ser humano.
Llevaba tres meses siendo incapaz de mirar una pantalla. Demasiado estudio, demasiadas interrupciones por culpa de la vida diaria convetida en un descubrimiento. Y aparecen Adrien Brody y una nariz como el apagavelas de la catedral, los ojos del que necesita chutarse para aguantar la ausencia, la humillación, el odio como forma de limpieza. Todo es brutal, propio de los animales y el que crea para perdonarse. Quiero construir una casa de mármol de Carrara y regarla cada mañana con una botella de agua, olerla, recordar que fui feliz durante las tres horas que dura esta película.
The Brutalist no termina con los títulos de crédito. Deja un rastro amargo en la memoria. Repaso algunas escenas, los acentos en inglés, la necesidad de levantar edificios que vean morir a la persona que primero los dibuja y luego los olvida, la arquitectura que protege de la lluvia y el viento y también mata, las casas como máquinas de vivir o un estuche de felicidad encontrada y perdida. El cine es un arte colaborativo, el día a día se construye con barro y paciencia. Todo es geometría, un poco mentira y sueños.
