Me habría gustado conocer a Pepe Mujica. No solo de viejo, también de niño. Habríamos ido a jugar al parque, trepado a un árbol y, desde las ramas, charlado de hormigas, de hombres y de un mundo del tamaño de un grano de arena en la inmensidad del cosmos. A los dos nos llamarían jóvenes locos o comunistas. Ahora, Pepe no es más que un recuerdo o una aspiración, aunque a él —creo yo— no le habría gustado ser ni lo uno ni lo otro. Se murió como predijo, en voz baja, sabiendo que se vive del porvenir, nunca de lo logrado. Nadie habla de mí estando vivo. Somos menos que las hormigas, Pepe.
Hacía falta alguien sobrio y humilde, un señor que huía de querer explicar las cosas. Se viene de la nada, se va contra ella y en medio nos quedan las charlas con amigos y un poquito más. Los sueños… ¡nada de sueños!, pelearlos para convertirlos en colchones que no le valen a nadie más que a nuestra espalda. Porque nadie llega y todos vamos llegando a algo siempre por concretar, un gato, una casa con flores o que nos dejen tranquilos. Al escribir sobre ello caigo en la cuenta: nada de lo proclamado por Pepe está de moda. Y nunca lo estará. ¡Qué maravilla!
Quizás Pepe estaba loco por querer cambiar el mundo. Al intentarlo, le dio vueltas, como haría de niño con una peonza y sin rastro de mí en las copas de los árboles. El idealismo parece peligroso en la distancia. Al acercarnos, da miedo, nos da a entender que a base de insistencia y tiempo la montaña sigue siendo una montaña, pero en ella surgen grietas y salientes por los que meter las manos y los pies. Pepe hizo de su vida un sayo y nos dio esperanza para, por lo menos, intentarlo. Por esa razón quiero recordarlo de niño, cuando todo lo que estaba por venir era posible, todo obstáculos.

¿pasado turbio como tupamaro?
Me gustaMe gusta
Todos tenemos un pasado. El problema es el futuro, querido Allanamiento, el futuro…
Me gustaMe gusta