El cáncer

El cáncer ha dejado de ser esa palabra que se pronunciaba en voz baja, como si al nombrarlo lo invocáramos. Está por todas partes: en el pulmón, en el colon de un compañero de trabajo, en el cuerpo incinerado de mi padre. En pocos años pasó de enfermedad rara a asunto cotidiano, parte indispensable del inventario de cualquier familia. Por desgracia, todos estamos a su alcance, entra en casa, en un cuerpo, sin pedir permiso, invitado incómodo, inevitable.

Me sorprende ver la manera que tenemos de dirigirnos a él. Se le teme, «moriré joven, de un cáncer», se le insulta, «puto cáncer», lo disfrazamos de metáforas bélicas y desafortunadas: «lucha», «batalla», «ganarle la partida», formas de exteriorizar algo que nace dentro y se extiende con una naturalidad perversa. ¿Ves la humedad de las paredes? Así mata, así muchos le sobreviven.

A pesar de abonar nuestro árbol genealógico nunca deja de sorprender. Cada diagnóstico cuestiona la importancia de las cosas. Quizás sea esa la mayor crueldad de una célula que se divide destruyendo el tejido a su alrededor, comportamiento humano donde los haya, patología de lo microscópico. Los enfermos se aferran a la vida, reciben el amor de los suyos en su forma más pura, que consiste en cuidar sin esperar nada a cambio, dar un paseo bajo el sol del otoño, prometerle que, pase lo que pase, no están solos. Aunque al final lo estén.

Ilustración: desconocido

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