En el Bernabéu, las declaraciones de Díaz Ayuso sonarían a exabrupto, a ida de olla de alguien ido, una ocurrencia lanzada al aire digna del hoolingan que pide otro cubata y agita el hielo de un vaso vacío (símil del cráneo de la Presidenta). Pero sucede en Madrid, en la Asamblea, rodeada de señoros que sonríen y hasta le aplauden. ¿Cómo alguien que parece incapaz de hilar dos ideas sensatas puede convertirse en referente de la política nacional? No se trata de lo que dice, sino de lo que representa. Isabel, la terrorista del cemento emocional.
Ella tira de deje madrileño, aspira la ese, le suena una jota, se le mueve el pelo hacia la derecha y verbaliza una imagen grotesca, de mala persona elegida por una amplia mayoría. Escupo literalmente: «Ya se han dado el baño. A partir de ahora, subvenciones para chiringuitos, para el teatro, para el cine…». Porque según algunos, es la única que se atreve a decir las cosas como son, aunque no lo sean. Tampoco explica nada, los datos para los perdedores y los zurdos. Aquí importa la chispa y el titular incendiario. Ayuso gana siempre porque ¿quién puede frenarla? Quizás la muerte. Y lo dudo.
Frente a su mala hostia, los argumentos hacen lo mismo que la flotilla rumbo a Gaza, le rozan ese cutis terso. La izquierda hiperventila, busca en el chat GPT una respuesta, intenta corregirla con cifras y letras, Rufián está en la peluquería, ¡tiempo!, y ella se refuerza en su condición de outsider con opciones para dominar Madrid (el mundo). Su aparente torpeza en el discurso le hace parecer auténtica. Así, ella sola (también Trump), lidera con esa rebeldía de despacho tan chusca, y en un momento en el que la política se confunde con la guerra, sus mamarrachadas ganan elecciones.

A quien a estas alturas sigue desesperado cada vez que Ayuso abre la boca le espera el Apocalipsis, porque el pendulazo que ya se viene va a ser de órdago…jajaja
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