Octubre, González, 1973

Hay discos que suenan a una conversación con el pasado. Pues bien, «1973» es uno de ellos (con matices). Porque aquí, González, Quique, canta sobre un mundo que se difumina y todavía se intuye en los periódicos de los bares y las imprentas, en el hueco dejado por las cabinas telefónicas y un cielo sin cobertura. ¿Qué fue de la furia en el paisaje, de los coleccionistas, de Kris Kristofferson? Quizás la nostalgia termina por corroerlo todo y, sin embargo, cada vez más viejos, encontramos un hueco para el asombro, como el que vuelve al barrio después de muchos años y escucha la voz de madre gritando su nombre desde el balcón.

En este disco, el tiempo se dobla, existe un rato fuera de las pantallas, con las guitarras un poco de Los Ángeles, un poco de Son Servera de Toni Brunet y la voz de Quique marcando el camino de cristales rotos. Se trata de música a contracorriente, precisamente porque podría considerarse «de esa de toda la vida», un satélite perdido sobre nuestras cabezas, la estrella más brillante al sur del valle.

Luego —o antes que todo—, las letras, con sus tigres de papel, sus camiones avanzando lentamente por la autopista, una brizna de yerba, pérdidas de tiempo y memoria de película velada. Nada de invitaciones a volver atrás, sino más bien a aceptar que lo que fuimos sigue vivo en las canciones. Y una pregunta sencilla: ¿cómo podemos seguir siendo humanos en 2025? Puede que sea demasiado tarde. De serlo, siempre nos quedará Quique González.

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