Esos jóvenes viejos

Resulta desconcertante ver cómo una parte de los jóvenes de hoy —véase aquellos que nacieron con un móvil— están volviendo a las plazas de toros y los conciertos cristianos, a votar a la extrema derecha y celebrar la tradición como una forma de rebeldía. Lo que antes implicaba cuestionar lo establecido, esa playa bajo los adoquines, ahora defiende lo de siempre. Del punk a la misa, de la revolución a la nostalgia. Y el futuro es un lugar tan horrible que el lado oscuro de la esperanza se encuentra en el pasado (todo negro).

No todo es ideología. Hay estética e identidad, una forma de estar vivos a la contra, con todas sus mierdas y las ganas intactas, chicos y chicas que se aferran a la solidez aparente de una bandera, a la ganadería de Juan Pedro Domecq o los Hakuna. Si no perteneces a un grupo no existes, te limitas a representar un corazón y un pulgar, barcos de arroz a la deriva entre millones de pantallas. Así recuperan lo viejo porque lo viejo nunca cambia, y en ese gesto, en principio inaudito, hay una forma de ternura.

Quizás siempre fue así, pero ahora lo vemos por streaming o en un hashtag, jóvenes con maneras de gente muerta y enterrada, estudiantes conservadores que hablan con propiedad de un futuro que ya no solamente no existe, sino que se repite a peor, hijos pequeños de un tiempo sin alternativas que desean, por encima de todo, creer en algo, lo que sea, pero algo que se mantenga en pie. Quizás el problema no sea ser joven, sino hacerse viejo tan deprisa.

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