Desde «El mal querer», cada vez que Rosalía saca algo se activa una coreografía social. Por un lado, sus detractores, acusándola de pastiche, pfff; por otro, los integristas del «lo ha vuelto a hacer», siempre a la búsqueda de un significado oculto en cada fotograma. En medio, la sensación de asistir a un entusiasmo forzado en el que la emoción no surge del arte, sino de la expectativa de sentir algo. En cualquier caso, «Berghain» es desde ya el lubricante que el mecanismo de la industria necesita para funcionar sin resistencia alguna.
Aquí se trata de crear necesidades y remover el pasado con las formas de un 2025 que ha dejado de revisar la historia. La idea del arte con mayúsculas, de la pureza en medio del ruido, nos reconcilia con el consumo, nos lleva a sentir que participar en la cultura popular es un acto espiritual y no una simple transacción y Rosalía su diosa indiscutible. Recordatorio: la genialidad puede ser una forma más de obediencia emocional.
Las reacciones se manifiestan de manera sincronizada, vienen de serie y se replican desde todos los frentes: visual, melódico, metanarrativo… El algoritmo se camufla entre tanto artificio y el juicio se convierte en un momento de asombro cuantificable. Mientras otros escriben música para rendirle cuentas a una necesidad interna, Rosalía añade la expectativa del impacto. Y sí, claro que es sincera y talentosa, sin embargo esa sinceridad está estructurada por los códigos del sistema que los propaga. Quizás el silencio sea el único asombro verdadero que nos quede. «Seine Liebe ist nicht meine Liebe».
