Ser mala persona es una forma de estar mal en el mundo, a veces lejos de la violencia, el robo o la mentira, otras en los silencios y la manera de mirar a alguien como si fuera transparente, como si sus sentimientos fueran una simple anécdota. La mala persona —todos conocemos a alguna— es la que aprende a moverse entre la cortesía y la indiferencia, midiendo el gesto y la omisión, con la certeza de quien sabe que la empatía es una herramienta opcional. Su fuerza reside en la capacidad de desdibujar la línea entre lo que está bien y lo que está permitido… hasta que nadie recuerda exactamente cuándo comenzó a doler.
Mazón ha actuado como si la política fuera un tablero y él, el único jugador con derecho a desaparecer. Unas horas, un almuerzo de trabajo… mientras, el agua lo arrasaba todo, también a él estando guarecido. Después de la tragedia ha preferido quedarse, resistir siendo un muerto con más vida que las 237 víctimas que no hicieron nada malo para ahogarse. Mazón ha humillado sin tocar a nadie, con un silencio de estrategia electoral, de una precisión casi poética y al mismo tiempo profundamente violenta: Mazón ha sido malo por negarse a ser bueno.
Esta maldad cotidiana y cutre representa la perversidad sin máscaras de monstruo, llena de naturalidad e ineficacia, de rutina y aparato partidista. ¿Qué nos convierte en malas personas? No debería ser un hecho aislado, sino un cúmulo de decisiones, hábitos y actitudes que afectan a otros, priorizar sistemáticamente nuestros intereses por encima del bienestar ajeno, lastimar y golpear repetidas veces, una y otra vez, insistir. Pues bien, Mazón es una mala persona por todo lo contrario, una mala persona que ni siquiera estuvo allí.
