Los inicios de las parejas tienen algo de catástrofe luminosa: la sierra del sexo 24/7, la torpeza feliz de unos dientes sobre otros dientes nuevos, los olores como razón para volver a desnudarse. Las noches se estiran junto a una ventana donde lo único que importa es esa sensación de que el futuro, la nada, se ha disuelto y solo queda un presente que palpita, caliente, que insiste. En esos primeros días, el amor no es una promesa ni un plan, mas bien un animal lejos de casa, perdido ante la inmensidad del cosmos.
En la Tierra, las mañanas y los desayunos lejos del rutinazo, pan de ayer, café de hace tres días, risas contra el cansancio y los dolores. Hay una inocencia en esos comienzos que no vuelve, no porque la relación se desgaste, sino porque es imposible repetir la aspereza de las primeras veces, recordar quiénes éramos cuando nadie nos había enseñado la pedagogía de la convivencia, gente sola que quiere morirse acompañada, gente que tropieza y sigue andando.
Y sin embargo, lo más curioso de esos inicios es que cualquier tiempo pasado nunca fue mejor, quizás más intenso porque conocemos los detalles y pertenece a un territorio que la estabilidad no puede —ni debe— replicar. Todas las parejas miran atrás como quien consulta un mapa antiguo, no para volver al origen, sino para recordar que allí se encontraba lo mejor de cada uno antes de las discusiones y las agendas, mucho antes de que el apego aprendiera a sostenerse sin tanta luz. En la madurez se aprecia, con una mezcla de gratitud y decepción, que los inicios son un estallido lejos del paraíso y que el verdadero amor es lo que viene después, cuando la llamarada inicial aprende a quedarse y se queda prendida, tal vez para siempre.

Ilustración: Alex Colville