Hay artistas que no hablan: se revelan. No componen discos: edifican templos. Cada gesto se vuelve ceremonia y cada palabra suena a tratado de estética espiritual. A veces, da la impresión de que lo que menos importa es la música, porque lo esencial es sostener la idea de que están conectados a una vibración superior, a un linaje secreto de místicas, santas, filósofas y arquitectas de lux y de ladrillo. Lo curioso es que, cuanto más se insiste en ese brillo teresiano, más se nota el hilo fantasma, la necesidad desesperada de que el público crea que detrás de cada melodía hay un dogma, un púlpito, una décima y una undécima puerta.
En esa construcción, la artista deja de ser humana y se vuelve alegoría de sí misma. Habla de procesos creativos como quien relata un retiro monástico: aislamiento, escribir tumbada, sacrificio, lecturas que parecen escogidas para una nota de prensa. Todo es enorme, catedralicio, infinito: grabaciones por medio planeta, tírenle magnolias, tumbas, muerte, versos en lenguas que apenas puede pronunciar, metáforas religiosas con olor a rueda quemada. Es la vieja estrategia del aura, aquella de rodearse de símbolos tan densos que nadie se atreva a preguntar si hay algo de verdad entre tanto humus.
El problema no es la ambición —tan necesaria—, más bien la grandilocuencia para camuflar el hecho de que un disco casi siempre es un disco, no una epifanía, que la espiritualidad puede ser un motor, también un decorado muy rentable, que la solemnidad y la clausura, usadas sin pudor o con pudor de escaparate, se convierten en una forma sofisticada de marketing, y que, quizás, debajo de todas esas capas de hábito y posreligión, hay una artista muy consciente de que hoy la gloria no se alcanza sonando a clásico en Spotify, sino pareciendo diferente. Y en eso, desde luego, la Rosalía es imbatible.

Eso es el karma, por haberle hecho un feo a Madonna en su día, la cual ya se topó con la iglesia, pero sin tener que enfrentarse al rollito del marco mental antinacionalista: los americanos en eso, van a una.
El sacrilegio del castellano. ¿Pues cómo tendrían que ponerse los descendientes de los mexicas? ¿No sería más sacrilegio el 12 de octubre? Deberían estar muy tlayolitlacolli (ofendidos).
Lo mejor es que nos borren del mapa.
But at the end of the day… no hay publicidad mala. Algo saldrá, con ayuda del humus.
¿Servirán ‘hummus’ en los monasterios como parte del menú del día?
(¿Conoces M, de Ayumi Hamasaki? Me ha dado por abrir el relicario… :D)
He metido cinco lenguas (más una). No está mal.
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Te faltan 7. Ayumi Hamakasi, cantante. No la conozco pero la estoy escuchando por curiosidad… Muchos temas en tu comentario, muchos. Voy por partes y días
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Hombre, para un momentín a esas horas… ¡Demasiado! Y sí, muchos temas. A tu ritmo.
El remix de Above & Beyond es bastante famoso. (Uf, Ayu fue parte importante de mi historia… lejana)
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Cuenta
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Es mucho más interesante lo de ahora. O lo de mañana.
Tirando de liturgia… No soy digna de que entres en mi blog, pero un comentario tuyo bastará para sanarme. (Y podría haber puesto un «me gusta», pero eso sería demasiado fácil).
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Pónmelo, anda…
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Jajajajaja, qué arte.
Mmmm, el grado de dificultad para conseguir algo depende de tantos factores y escalas. No podemos escapar de él, es inherente a la mayoría de los procesos (¿hay algo que no se pueda calificar como difícil o fácil?), y resulta bastante arbitrario y personal.
También me pregunto: ¿es «fácil» el componente del binomio más favorable siempre?
¿Hubiera sido más fácil optar por los profilácticos como excusa, estímulo (o leitmotiv) para este comentario?
Y ya que estamos, a lo tonto, mira dónde has ido a poner tu primer «me gusta» 😛
Continuará…
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Es todo un tema. Y no me refiero al de los profilácticos…
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