Sobre perder la paciencia

Esta mañana, he perdido la paciencia. No importa con quién. Sentí el corazón en las costillas, las palabras hechas un flujo de aire, y el espacio que me rodeaba —una habitación llena de luz— convertido en temblores. Sï, el hombre en ese espacio era yo, también alguien al que casi nunca veo, o intuyo o quiero cerca, un humano con el que comparto piel pero no entrañas. La discusión terminó en el tono del fin de la llamada, el mismo de cualquier encefalograma cuando el corazón deja de latir. Al perder la paciencia somos la peor versión viva de nosotros.

Tras ver al tigre brillar en mi cabeza, recuperé ese impulso ligero que me caracteriza, un poco adolescente, gato, mi pensamientos diluidos en varios escenarios de noche, musica y palabras. El enfado fue reemplazado por una respiración de alguien de sesenta y cinco kilos, y la persona a la que odiaba recuperaba su cuerpo, una cara, la edad en la que nada puede cambiarte porque has vivido mucho y aún te queda. Perder la paciencia implica un grito, cabrearse nos enseña a localizar nuestros límites e ignorarlos, solamente perdonando encontramos un sentido a todo esto. ¡Ay, la paciencia!

En lugar de insistir en mis razones —esas razones de mierda—, le he dicho a la persona en cuestión que estoy aquí para ayudar —dudé en mandarle a la mierda y borrar su número—, y de paso he recuperado mis constantes vitales: el estómago en el lugar que le corresponde, entre setenta y setenta y cinco pulsaciones por minuto, dejar de esperar que algo suceda, un poco de orden en una vida que cambia en un segundo. La paciencia lo limpia todo y quiero mantenerla, aunque todavía arda antes de respirar, aunque haya días en los que el mundo me empuje en dirección contraria.

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