No hace falta ser ningún genio apocalíptico para afirmar que todo va a ir a peor y acostarse con un pequeño derrumbe, otro marrón, la enésima decepción del catálogo del siglo. Y es difícil el contraargumento pues el día a día, un cúmulo de recuerdos y falta de orden, parece diseñado para agotarnos: que si los alquileres, la política y la mugre, las redes, el ruido y la polarización… Uno se levanta con ganas de comerse el mundo y, al hundir la tostada en el vaso, siente que el mundo se desborda.
Quizás lo peor sea la falta de épica. Nada de tragedias griegas, solo ansiedad, cuentas que no cuadran, relaciones que se rompen por la falta de curiosidad. El deterioro, el de la casa y nuestra cara, nunca llega como un rayo, sino como una gotera, y nos revolvemos con un arsenal ridículo: otro cigarrito, el Zara online, «aquí, preparándome para la maratón», las clases de cerámica, un par de mensajes de ánimo y la nota mental de que mañana será distinto sabiendo que es mentira. En todo caso, mañana será otro día como mucho.
Por otra parte, hasta el más torpe sabe que algo hay que hacer con el tiempo que nos toca. Las cosas irán a peor, aunque puede que lo hagan tan lentamente que nadie se dé cuenta. Mientras, la vida seguirá siendo absurda, a veces francamente mediocre, y aun así, hay una tarea mínima que da sentido a todo: defender nuestro terreno, ser decentes e incluso buena gente, tener mucha paciencia con los familiares, amigos y desconocidos, cuidar de quien podamos, una planta, un carlino, dejar de empeorar lo que ya está mal o da asco. Las cosas pueden ser humanas, finitas, decepcionantes, sí, pero intentemos —como decía Vonnegut con una sonrisa triste— mantener la posición con dignidad.

Ilustración: Andrey Kasay