Últimamente, apenas escucho decir que algo está bien, sin más. Ahora todo es el «mejor disco de la historia», «la película definitiva», «el libro que cambiará tu vida», un delirio hiperbólico que, más que entusiasmo o ganas, parece ansiedad o estreñimiento. Y uno se sienta a escuchar una canción o en un cine y piensa: ¿por qué hay miles, que digo miles, millones de personas, canonizando esta obra? ¿Estaré sordo o ciego o calvo? Joder, ¿qué me estoy perdiendo? Entonces caigo en la cuenta: tenemos poco tiempo para vivir así que empleamos el tiempo en exagerar. Quizás sea la única forma de soportar esta era tan rápida, la mejor manera de arder antes de quemarnos.
Esta hipérbole funciona como una especie de dieta emocional: no alimenta, pero entretiene. A falta de épica —la hípica es cosa de ricos—, creamos nuestra propia odisea doméstica en las redes para lanzarnos a escribir el titular mucho antes de que termine la última canción o aparezcan los títulos de crédito. Decir «me ha gustado» sabe a poco; decir «es una obra maestra» da ganas de pertenecer a algo. La culpa es del algoritmo y su empeño en enterrar lo tibio: sin no se grita, entonces no existe. Así que se exagera, todo es enorme, lo que se crea se magnifica y se destruye.
Lo peor es que la hipérbole ha vaciado de sentido la idea de excepcional, siempre escaso, antes y ahora. Ya no creemos en lo sublime porque lo sublime aparece cada quince minutos con la forma de un tráiler, un vídeo con la Sínfónica de Londres y una plancha o una hamburguesa. Lo extraordinario se ha vuelto estadística. Y sin embargo, me pregunto si con tantas novedades insólitas no habrá también un cansancio nuevo, una sospecha creciente de que tanta grandeza de saldo nos está dejando sin conversación. Tal vez toque recuperar el espacio del “está bien”, del “es correcto”, del “he pasado un buen rato antes de dormir”. No sé, una revolución íntima, aquello de llamar a las cosas por su nombre. A lo mejor, cuando dejemos de gritar, podremos volver a escuchar, ver o sentir algo verdadero.

Ilustración: Giselle Dekel
Yendo un poco más allá: ¿es que acaso lo que tenemos que comunicar es tan importante? Vive, siente, atragántate, y hazlo en silencio. Seguramente te sorprendas con lo que te escucharás decirte a ti mismo.
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Yo tengo cosas importantísimas que decir,,,
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