El reservado terminaba en una sombra cercada por el brillo de una mesa sin esquinas y una luz de halo. Se supone que las parejas comen lo que quieren en los restaurantes (deberían ser el último lugar en el que esconderse), pero en El Ventorro comen lo que les propone el chef Alfredo, platos de cuchara y voces que rezuman orgullo de sobremesa. Aquel 29 de octubre, el barro se llevó Paiporta, Picaña o Masanasa por delante. Eran las seis de tarde y la pareja que nunca estuvo en el reservado no había pedido el postre.
Seguían tonteando, riéndose flojo, como quien acaricia la desgracia con una mano y pide otra ronda. Había una crueldad involuntaria —o tal vez demasiado voluntaria— en sus movimientos y la forma en que ignoraban los móviles (apagados o en silencio), las llamadas perdidas, los mensajes acumulándose en el buzón de voz. Cada vez que uno de los dos miraba la pantalla iluminada, lo hacía para detener el brillo de sus obligaciones: que esperen; ¿dónde está el incendio?; dan tormenta. Era el momento para las confidencias y el roce de sus rodillas por debajo de la mesa. Ellos dos solos pudieron detener el mundo.
«Dejad a los del reservado e iros a casa», dijo el chef Alfredo a sus empleados. Y la pareja se quedó en silencio. La lluvia, su rumor sobre los ventanales. Era casi de noche: tarde para una comida, pronto para la cena, muy tarde para abandonar un restaurante, tardísimo para salvar a las víctimas de la riada. Las horas, la vida. La pareja decidió salir del reservado dejando sobre la mesa dos servilletas convertidas en un naufragio, migas, el importe de la cuenta dentro de una caja de madera.
