He escrito un libro

He escrito un libro. Esta frase suena a logro o a medalla, a los dos, también a catarsis, cima, ¡vamos, hostias!, y debería remover el aire. Pero no. Escribir un libro es lanzar una botella a un mar lleno de plástico con un mensaje dentro: somos demasiados. Solamente en 2024 se publicaron 89.347 obras en España. Ni el mejor lector en diagonal podría leerlos en toda una vida. En cuanto a las ventas, dan un poco igual: para la gran mayoría se trata de una cifra que fluctúa entre la estadística y la resignación.

He escrito un libro sobre David Foster Wallace. repito. Comunicarlo es otra cosa. Los escaparates están copados por las grandes editoriales y, en general, potencian los libros con algún premio otorgado a dedo o un mayor apoyo mediático. El ecosistema editorial vive del eco, amplifica aquello que ya suena, dejando al resto de escritores invisibles (nada que ver con escritores pequeños) con su libro dentro de una caja de cartón, huérfano de lectores hartos de tanta novedad. Al otro lado de la reverberación, el boca a oreja, la única manera de transformar la mortaja de páginas en migas, una historia sobre la mesilla de noche de un extraño en el mejor desvelo sin contar el cine.

Escribir nunca fue un problema. Escribimos millones. Algunos lo hacen bien, otros muy bien, la mayoría escribe como puede o como piensa; el problema es ser leído. Y que te lean más o menos nunca te hace mejor escritor. En todo caso, si vendes muchos libros puedes decir que eres futbolista o un privilegiado. En cuanto a los demás, escritores pequeños o invisibles, aspiramos a un lector, con uno solo basta. Uno que abra el libro y se quede un rato antes de apagar la luz. Ese milagro mínimo ya es toda la literatura posible.

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