Resulta que el 8 de diciembre es festivo, un día envuelto en un halo dislocado que mezcla lo sagrado y la resaca. La Inmaculada Concepción, a ver, esa bula que nadie entiende pero todos celebramos. Proclamada en 1854, sostiene que la Virgen María está libre del pecado original desde el momento en que fue concebida, quedando, por tanto, inhabilitada para concebir a su propio hijo. Así, la ciencia sufre una epifanía y España transforma la imposibilidad en puente. ¡Jamás el feligrés estuvo tan cerca de Dios; jamás el infiel estuvo tan cerca de una casa rural lejos de Madrid!
Si profundizamos (perdón) en el asunto, aquí no hay ni rastro ni estela del Altísimo (más allá de la invención del color rojo en el calendario). Se trata de un acto humano que anticipa la gracia divina en previsión de la redención de Cristo, un misterio en el que la madre es redimida por su hijo antes incluso de su propio nacimiento. Cuestión de gracia, claro, pero hay demasiadas incógnitas y una barbaridad muy del siglo XXI: el hecho de que la mujer solamente sea apta para la maternidad «corrigiéndola» mediante un milagro. Aj.
Sin entrar en consideraciones filosóficas, antropológicas u ornitológicas, el 8 de diciembre debería invitar a hacer una reflexión: la fiesta une; el significado divide. De esta forma, muchos hacen cola para pillar sitio en misa mientras otros se rasgan los leotardos ante el fraude intelectual de la propuesta. Quizás el verdadero misterio no se encuentre en esta fábula, sino en cómo un dogma religioso se cuela en nuestra vida disfrazado de folclore, sin admitir preguntas que son, en realidad, perfectamente inmaculadas en su concepción.

Ilustración: Bartolomé Esteban Murillo