Me merezco el Gordo de Navidad

Me merezco el Gordo de Navidad. Ni mis hermanas, ni tú, ni la madre de Alfonso, que compra varios décimos en las principales administraciones de lotería de Segovia, en la Avenida Vía Roma 32, en la calle Gobernador Fernández Jiménez 5 —su preferida—, en la calle José Zorrilla 42, en la Lastrilla y la Granja de San Ildefonso, incluso en la Cervecería Los Quintos —aprovecha para pedirse una copita de Jerez—, yo. Me merezco el premio por una cuestión de justicia dietética, Javier Vidal, ejemplo vivo de la pérdida como estilo de vida, con una experiencia demostrable en juegos de azar y después palmar.

La lógica y la estadística deberían inclinarse mi favor, por una vez, si tampoco pido tanto. Reconozcámoslo: lo merezco más que nadie, sueño mejor. Con ese dinero —de 400.000 para arriba— construiría con precisión un mundo más humano, menos salvaje, nada de parques solares, coches deportivos o casas con suelos de mármol y un dogo, un plan vital y vial que se aleje de cualquier plan financieramente viable, que sirva para generar momentos felices que se perderán como lágrimas en una lluvia de billetes. Nadie mejor que yo como destino de un dinero por decreto y por costumbre, también por castigo. Navidad sinónimo de Gordo; suerte comparte cinco letras con muerte.

Este razonamiento, estas palabras que nadie pidió, se estrellan contra el hecho de que nunca he comprado ni compraré un décimo de Navidad. Si lo hiciera tendría que lidiar con la dentera de exigir beneficios sin aportar nada a cambio; perdería la libertad de ser un pobre desgraciado con lo justo para vivir y un poco más, alguien que, mientras todo un país —tú, la madre de Alfonso, la mía— tiembla, observa la escena desde la cama con una serenidad sin precio, casi beata, como el que renuncia a la esperanza por superflua. Porque al final —y esto es así durante todo el año— no hay nada más corrupto que el deseo de una vida mejor.



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