Hay gente a la que le gusta el frío. Lo dice así, fríamente, con los vasos sanguíneos contraídos y una convicción que inquieta, como quien confiesa que solo fuma cuando sale. El frío es repelente: te encoge de hombros, te mete la nariz dentro del anorak regalo de tu madre, te obliga a caminar en posición cuadrúpeda, te empuja hacia dentro de las casas, hacia un mundo de capas y puertas cerradas, de manos ateridas que ya no saben despedirse. El frío, cuando es frío cabrón, ordena, corrige. Y uno corre a Colombia para combatirlo.
Pensábamos que el frío era una cosa de antes, un trilobite mal conservado de otros inviernos, y ahora regresa cuando nadie se lo ha pedido, como regresan ciertas ideas o ciertos miedos que creíamos sepultados por el (buen) tiempo. Mejor un poco de calor, leve o moderado, el suficiente para vivir sin dramas y evitar los pantalones cortos y esas camisetas sin hombreras que convierten a quien las lleva en culpable, en alguien que parece pedir perdón por existir. El calor, cuando está en su punto, permite la tregua que la actualidad nos niega, la posibilidad de quedarse un rato más. Por favor, sol, quédate a dormir.
Los seguidores del frío, en cambio, son otra cosa. Kamikazes. Gente rara. Un poco dislocada. Personas que confunden la incomodidad con el carácter y la resistencia con una forma de superioridad moral. Presumen de no sentirlo, ¡ni que el cuerpo pudiera dejar de ser un cuerpo a voluntad!, un rato, una estación que va la última por algo. Hay en los amantes del corazón polar algo de desafío inútil, de épica mal entendida, hípica con perros de trineo. El frío no hace mejores a las personas, solo las vuelve más solitarias y más solas. Y aun así, lo celebran, con la una rigidez convertida en una forma legítima de estar en un mundo de nieve.

Al fin una defensa razonable de quienes disfrutamos del calor reconfortante del sol, sin que ello signifique tener ganas de derretirse bajo más de 40° C.
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¡Había que decirlo, joder!
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Yo soy de los tuyos. Aquí en el norte hay gentes que disfrutan fumando sin tabaco y dejando huella sobre el níveo manto, quizás pensando que alguien deseado va a seguir sus rastros. ¡Dame luz, oh señor, y líbrame de los cielos plomizos!…si atormentaban a los galos, quien soy yo para desdecirlos.
Abrazo Javier, un gusto leerte.
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