leer es una forma de desaparecer

El ruido

Qué difícil es alejarse del ruido. Está en las calles, en la gente, en nuestras sienes. Uno intenta protegerse, meditar, contar hasta tres, comprar algodones, convertirlos en bolas adaptadas a la concha y el canal auditivo, compactas, un poco desmadejadas, y ahí está. Somos y estamos en el ruido, tú, yo, el mundo, ese hombre que no para de decir estupideces, otro más, allí, hasta en la salud y las vías del tren, en ese lugar a salvo de nosotros mismos. El ruido, presente como nuestro flujo sanguíneo y la tiña.

Da igual moverse o cambiar de carril. La latitud cambia, o la velocidad, el mismo ruido de gritos, de mentiras, de mala gente, de tumbas, de intereses, de teléfonos, de grietas y de miedo y de cisternas. Cómo me gustaría que me llamaran en ningún idioma, en ninguna lengua, sin movimiento de boca o de alientos, bajito, imperceptible y por detrás del rumor del mar, ¡que me dejen! Pero siempre hay ruido. Por eso cierro las ventanas, con la esperanza de que mirando el fin de la ciudad habrá un rumor de algo parecido a descansar.

Sí, tiene que haber una manera de esquivar el ruido, aprender a no responder y asumir que el mundo seguirá latiendo ante la renuncia de escucharlo. Me lo imagino. Un perro ladra. Me lo sigo imaginando. Una moto acelera. Ya no imagino. El sol pasa. También mis dedos ignoran esta necesidad de calma. Cada palabra aviva el ruido. Y mientras, descalzo, me alejo sabiendo que lo único que cabe en este espacio es una tregua, cerrar los ojos en mitad de la próxima frase. Al no decir nada, lo demás queda en…

Ilustración: Simon Bailly


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