El problema de El Xokas es el lugar que ocupa. Un experto en World of Warcraft que opina sobre política, sociedad, periodismo, autónomos, tú pide, desde una plataforma descomunal y con una rotundidad tan salvaje que la complejidad se convierte en una molestia prescindible. Su discurso, aliado natural de la obviedad, representa la simplificación de la simplificación de la simplificación, o sea, la reducción de lo humano —y hasta de lo divino— a consignas fácilmente digeribles. Va de frente. Sentencia. Habla alto, casi grita. La duda, pa tu puta madre. Y en ese gesto —tan cómodo como rentable— convierte la realidad en un decorado de pantalla plana, apto para todos los públicos.
Pero lo verdaderamente inquietante no es el emisor, sino la audiencia. «Así se habla», «hacen falta más como él», «las cosas como son», repiten miles —qué digo miles— millones de voces agradecidas por ver sus intuiciones confirmadas en Prime Time. Uf. ¿Lo escuchas? Es el alivio. Por fin alguien que aplica el discurso binario al multiverso, con sus buenos y sus malos, con sus vencedores y sus losers. Una fantasía infantil aplicada a un mundo adulto que, poco a poco, adopta las formas del adolescente perpetuo. «A mí no me engañan», sentencia El Xokas.
Spoiler, Joaquín: el mundo no funciona así. Ni es una película ni un directo de Twitch. Y lo que necesita, precisamente, no es más hipérbole ni más gurús de la obviedad con micrófono abierto 24/7, sino justo lo contrario: voluntad para escuchar, calma para entender, análisis crítico para esquivar la trampa, y una cierta resignación para aceptar que muchas preguntas no tienen respuesta rápida. La complejidad —eso de lo que nunca hablas— no es un defecto del mundo: es su condición natural. Reducirla puede ser entretenido, incluso reconfortante, pero nunca nos ha hecho más lúcidos. Solo más ruidosos.


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