Porque las cosas cierran. Por eso pensamos que siempre estarán ahí, como un padre o un perro. El Palentino, Freiduría Gallinejas, el Café Central, Tipos Infames… La secuencia se repite en un ciclo sin fin y con principio: apertura, brindis, horas gastadas, muerte y renuncia de una época, de una parte de nuestra antigua vida. Con resistencia. Porque, por suerte, nosotros seguimos un poco más viejos, en una ciudad que continúa sin nosotros, que nos hizo creer —aunque fuera durante unos instantes— que éramos reyes. Un padre, un perro. La monarquía sigue intacta.
Reconozcámoslo: esos lugares suspendidos, direcciones o coordenadas, eran simplemente bares o librerías, recipientes donde estar a salvo un rato. Allí conocimos a gente interesante o idiota, a autores que nunca llegamos a leer; en fin, pasamos bien el tiempo haciendo nada, que es exactamente salir. Al cerrarse —o al obligarlos a cerrar— perdemos la coartada de ser como nos gustaba ser —o como recordamos haber sido—. Se nos niega la posibilidad de abrir la puerta del tiempo hacia atrás. La versión de nosotros mismos que habitó esos locales queda enterrada por derribo.
Sin embargo, el cierre, el fin sin continuación posible, es la ley secreta de todo lo que importa. Cierran los bares, las librerías y las salas de conciertos; cierran los cuerpos, las épocas y los veranos. Y eso nos indigna y nos apena a partes iguales porque revela que nada nos fue prometido para siempre. Ya nadie nos espera en la barra ni en la mesa del fondo. Adiós. Nos queda la sensación de ser testigos de un expolio vital, como si con cada persiana bajada nos quedáramos un poco más fuera del mundo, mirando el cristal donde aún se refleja, borroso, el rostro de lo que una vez fuimos y aún somos.


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